Woke y la conciencia crítica

Sylvia Castellanos-Flynn

junio 4, 2026 - Actualizado junio 3, 2026
Sylvia Castellanos-Flynn

Todas las sociedades atraviesan épocas trascendentales ante el deterioro social y moral de nuestra humanidad. La desigualdad, el genocidio, las guerras y las migraciones son un claro ejemplo de ello. El sufrimiento es relevante cuando la amenaza es colectiva.  Cuando el sufrimiento es individual, la indiferencia colectiva prevalece. Y quienes no son indiferentes a este sufrimiento, están tan cómodos con sus privilegios que no hacen absolutamente nada al respecto; es como padecer de parálisis moral, mientras que otros se benefician de estructuras políticas y económicas que concentran el poder y la riqueza.

Todos tenemos un rol en nuestra sociedad y, por ende, una responsabilidad colectiva para el bien de esta; sin embargo, al estar inmersos en el consumismo y el productivismo se pierda lo que es más importante, el pensar críticamente, y al no hacerlo, se debilita la capacidad colectiva para cuestionar el sistema. Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, filósofos y sociólogos de la teoría crítica, sostienen que la sociedad moderna no solo se organiza política y económicamente, sino también mediante la producción del consenso cultural.

En este marco se sitúa el caso de los Scottsboro Boys de Alabama, donde nueve jóvenes negros fueron juzgados injustamente por violación en 1931. Este suceso puso en alerta a la comunidad sobre la segregación racial y la violencia estructural.  La canción “Stay Woke”, dedicada a estos jóvenes, evidencia el racismo estructural y hace un llamado a mantenerse alerta ante el sistema de opresión. En este contexto nace la expresión woke que significa el despertar de la conciencia ante las estructuras de poder que producen injusticias como la desigualdad, la exclusión y la violencia social.

De hecho, la esencia del término woke ha estado presente en los hitos de la lucha por los derechos civiles en los Estados Unidos. En los años 60, líderes como Martin Luther King Jr. y Malcolm X impulsaron la conciencia crítica sobre la desigualdad social.  En California, el Movimiento Black Power fundó el partido Black Panthers para defender a la comunidad afroamericana frente a la brutalidad policial. En 2013 surgió el movimiento Black Lives Matter, que denuncia la violencia estructural en sus nuevas manifestaciones.

Recientemente, en 2026, fuertes movilizaciones como las de No Kings y May Day Strong rechazaron los operativos de ICE, las tendencias autoritarias y el fin de los conflictos bélicos, entre otros.  De esta manera, debe entenderse el término woke en su referencia como un movimiento que surge en los años 30, retoma fuerza en 2017 en defensa de la justicia social, la equidad de género y los derechos LGBTI+; y que ha estado aquí todo este tiempo, bajo la forma de movimientos específicos.

Woke es un llamado a la conciencia crítica y a la acción ante lo que normaliza la injusticia. Implica asumir nuestras raíces, nuestras luchas y la memoria histórica. Esta actitud es fundamental para resistir y comprender formas de desigualdad que parecen inmutables. Sin memoria histórica, las sociedades quedan expuestas a la manipulación económica, cultural y política; en este marco, la injusticia se normaliza porque la indiferencia se vuelve cotidiana. Por esta razón, el término woke asesta a una conciencia histórica que apunta a la acción.

Hablar de woke como una moda o una ideología es una viñeta política de intolerancia y de extremismo conservador que busca desvirtuar el discurso central sobre la desigualdad, la exclusión y la violencia social histórica. Muchos aducen que el wokeismo restringe la presunción de inocencia y el debido proceso, pero no son más que discrepancias que buscan distorsionar lo que realmente importa, que son las injusticias estructurales.

Muchos que denigran el término woke, elogian la lucha contra las injusticias del pasado, mientras intentan reproducir en el presente las mismas injusticias. El despertar de la conciencia está vinculado a la defensa de la dignidad humana y la justicia social, así como a la capacidad de cuestionar lo que se considera inevitable y no a restringir libertades.

Las contradicciones éticas también pueden derivar en incoherencia respecto de los principios morales fundamentales ya que estos pueden verse influenciados por factores políticos o culturales. Por ejemplo, hay discursos que defienden la vida mientras justifican la muerte en determinados contextos, como ocurre con el aborto y la pena capital.

Otro ejemplo es la desigualdad ambiental, en la que las poblaciones vulnerables son las que más la sufren, pero no la sufren quienes generan la contaminación. También hay quienes están a favor de los derechos humanos, pero se oponen a la igualdad de derechos, como ocurre con quienes semuestran homofóbicos hacia el sector LGTBI+.

Estos ejemplos evidencian una contradicción ética porque están influidos por factores culturales y políticos.  Es aquí donde el despertar de la conciencia crítica desempeña un papel fundamental al reconocer las contradicciones históricas, mantener la capacidad de cuestionar incluso las propias ideas y analizar las estructuras sociales que influyen en lo que consideramos aceptable o rechazable.

La violencia de género y el rechazo hacia las poblaciones migrantes son otros ejemplos que deberían comprenderse en el marco de las estructuras históricas.  Porque ambas desigualdades han sido normalizadas, aun cuando la sociedad depende estructuralmente de las mujeres para la reproducción y el sostenimiento social, entre otros, y cuando las naciones dependen de la mano de obra migrante para mantener las economías a flote, mientras se les criminaliza y se les explota.

Los anteriores ejemplos se nutren de dinámicas sociales negativas. Para Horkheimer y Adorno, otra forma de dominación es la pasividad social, la cual constituye una forma de participar en el sistema. Quien no hace nada ante las injusticias es cómplice del sistema. Mientras la indiferencia ante la injusticia persista, las estructuras desiguales seguirán intactas. No olvidemos que la justicia es una construcción colectiva que implica una responsabilidad ética en la participación social.

El movimiento woke incomoda a muchos porque no solo se centra en las desigualdades estructurales, la responsabilidad ética y la memoria histórica, sino también porque ha contribuido a visibilizar formas de discriminación históricamente silenciadas y a impulsar avances en los derechos civiles y en la sensibilidad social ante las injusticias. Sin conciencia crítica, la desigualdad se normaliza y conduce al deterioro moral y colectivo.

La conciencia crítica es, pues, un proceso de reflexión, de memoria histórica y de coherencia moral. El despertar de nuestra conciencia ya es una condición necesaria para comprender y transformar nuestra realidad social decadente. La indiferencia social y moral solo nos llevara a tocar fondo, y esta no debería ser la condición para despertar la conciencia colectiva, porque el peligro puede no solo no llegar a tiempo, sino incluso llegar a ser irreversible.

En conclusión, ser woke no apunta a una condición negativa, sino que hace referencia a que debemos estar atentos para percibir las injusticias de la época y estar prestos para actuar en contra de ellas.

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