Un adiós a Francisco

Jorge Mario Rodríguez

abril 24, 2025 - Actualizado abril 23, 2025
Jorge Mario Rodríguez

El papa Francisco abandonó la dimensión física el lunes pasado, pero sabemos que en la dimensión del espíritu nunca existe un adiós definitivo. Sabíamos del penoso declive de su fuerza corporal, pero también de su esfuerzo por participar en las actividades propias de su cargo.  Y esperábamos que su presencia siguiera recordando lo que significa ser cristiano en una época que ha perdido los referentes de sentido espiritual.

Por consiguiente, decimos adiós y, sin embargo, sabemos que un ser humano como Jorge Mario Bergoglio jamás se irá. Su palabra movió los goznes de la Iglesia Católica para que entrara ese espíritu que permite comprender las carencias valorativas de nuestra época. La labor de Francisco ha mostrado que la crisis actual no puede desvincularse de la conciencia más profunda de nuestra humanidad.

El argentino Jorge Mario Bergoglio puso el dedo en la inmensa llaga producida por la obsesión neoliberal con el lucro. Denunció la deriva tecnológica y el consumismo, así como la crisis ambiental que aprieta el mundo sobre una humanidad distraída. La doctrina expuesta en sus encíclicas demostraba que el amor abre un orden valorativo que va más allá de los incentivos para enriquecerse aun cuando el mundo no soporta más destrucción.

Jorge Mario Bergoglio hizo posible la mundialización de la fe católica que se vive en América Latina, ese continente en que, como lo han recordado los teólogos de la liberación, la gente se muere antes de tiempo. Esta experiencia hunde sus raíces en la experiencia de opresión que, inaugurada en el tiempo de la invasión europea, se ha consolidado en una centenaria injusticia estructural que se consolida por la indiferencia, el conformismo y el fatalismo. Francisco renueva la herencia de pensadores como fray Bartolomé de las Casas, el clérigo que llegó a pensar que Dios lloraba ante el inenarrable sufrimiento de los pueblos indígenas. El catolicismo crítico latinoamericano defiende la idea de que la acción cristiana se realiza en el mundo.

Ya la elección de su nombre papal expresaba el amor de Bergoglio por el milagro de la vida en comunidad universal. Recordaba al Poverello de Asís, cuya espiritualidad respondía a la crisis de la iglesia que en el siglo XIII se debatía en la decadencia espiritual. De este “santo del amor fraterno, de la sencillez y de la alegría”, como lo llama en su encíclica Fratelli Tutti deriva ese amor cósmico que llevó a San Francisco a hermanarse con el Universo. San Francisco, como lo decía el Papa Bergoglio, “se sentía hermano del sol, del mar y del viento, se sabía todavía más unido a los que eran de su propia carne.” Este pequeño sintagma denota la forma en que el amor universal predicado por el santo de Asís es, en realidad, una apelación al sentimiento de hermandad cósmica que requiere el mundo contemporáneo para superar la crisis que se deriva de reducir a objeto de explotación lo que constituye el contexto vital en el que acontece el milagro de la vida.

Las contribuciones de Francisco son múltiples y siempre asumen una crítica a la sociedad nihilista que pierde de vista el mismo sentido de la vida en sociedad. Él lo hizo con su ejemplo, rechazando el boato que rodea a una institución tan antigua e influyente como la Iglesia Católica. En los últimos meses, destaca su llamada a los obispos norteamericanos para que no apoyaran las medidas en contra de la migración que está adoptando la administración de Donald Trump. En esta carta recuerda que Cristo y su familia también fueron migrantes, refugiados y que la “dignidad infinita y trascendente”, atributo de todo ser humano, supera cualquier regulación jurídica que pueda establecerse. En esta carta, el Papa Francisco apela a la conciencia “correctamente formada”, la cual no puede permanecer callada ante el descarado atropello a la dignidad humana que se está normalizando en esta época.

No debería extrañar que algunas personas se lamenten de que las reformas planteadas por Francisco no hayan alcanzado un nivel más radical. Sin embargo, la Iglesia Católica presenta ahora una faz fresca para aquellos que privilegian los alcances espirituales en una época dominada por el nihilismo. De la misma manera, en estos tiempos de exacerbado conservadurismo la tarea del papa Francisco no podía estar exentas de las controversias que suelen polarizar a las comunidades y sociedades. Queda ahora la obligación de profundizar el legado de un papa verdaderamente revolucionario y defender su legado de la reacción de un dogmatismo religioso que quiere alejarse del mundo en el que se debe realizar la justicia verdadera.

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