Festejemos mientras arde

A finales de cada año suelo cerrar con una columna que intente condensar este sentir navideño. Este diciembre no es la excepción.

Marcos Melchor Palencia

diciembre 13, 2025 - Actualizado diciembre 12, 2025
Marcos Melchor Palencia

Estimado lector, ha llegado diciembre. Otro diciembre en el trópico. El mes en el que la publicidad anuncia paz, amor y unidad familiar, y las redes sociales se llenan de fotos de luces navideñas y sets navideños. Pero fuera de las vitrinas y las playlists festivas, el país late con un pulso diferente: uno un poco más crudo, más duro, mucho más real. Decir que Guatemala está encendida no es una metáfora poética: es una constatación diaria de cifras, eventos y testimonios que duelen. Porque mientras algunas familias preparan el recuerdo del año en una postal brillante —debo aceptarlo, alguna que otra vez también lo hice—, Guatemala vive bajo una presión que no se apaga con villancicos ni aguardiente.

En los primeros diez meses, la violencia homicida se mantuvo elevada. Según registros oficiales cruzados con análisis independientes, hasta octubre se contabilizaron 2,630 homicidios, superando los 2,403 del mismo periodo de 2024. Aunque en septiembre y octubre se observó una ligera reducción, el total sigue siendo alarmante y no admite celebraciones exultantes.

Y esos números son más que estadísticas: son vidas que dejan un hueco en las familias guatemaltecas. Un país donde incluso las zonas antes consideradas seguras ya no lo son, y donde la violencia no respeta clases sociales ni cercanías geográficas, como lo demuestran los reportes de homicidios en diferentes sectores de la ciudad capital.

Por si faltara añadir más ceniza a este diciembre caliente, hace apenas días una emboscada protagonizada por el Cartel de Sinaloa dejó muertos y heridos en Huehuetenango y San Marcos —un signo claro de que las dinámicas del crimen organizado trascienden fronteras y nos ponen en el ojo de guerras que no son nuestras, pero que igual nos atraviesan. Porque, al final —pongámonos poéticos—, yo estoy en guerra contigo, y mi vecino también. Todos contra todos, y conmigo, yo también.

Si la vida cotidiana ya resulta insuficientemente complicada, organismos internacionales también han encendido luces de alarma. La Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) advirtió la semana pasada sobre una crisis institucional que pone en riesgo la gobernabilidad en Guatemala, señalando cómo la persecución judicial a operadores de justicia, periodistas y líderes sociales está socavando el Estado de derecho.

El derecho humano a expresarse, a disentir y a buscar justicia debería ser tan natural como querer celebrar la Navidad en paz. Sin embargo, la realidad muestra que hablamos de garantías que han sido erosionadas, y eso —más que las Luces Campero— es lo que mantiene a muchos guatemaltecos inquietos en estas fechas.

No niego que hay momentos de luz. Se festeja, se canta, se baila. Y es justo: celebramos para no morir en el intento, para sostener la esperanza. Pero esa misma esperanza clama por coherencia. Porque un país que baila mientras sus instituciones se tambalean y su gente vive con miedo, es un país que está celebrando en un decorado que apenas disimula el fragor real de su crisis. Algo así como Venezuela y su eterna navidad.

La Navidad es, más bien, un espejismo: eso somos si creemos que unas luces de colores, tamales y canciones del Buki pueden ocultar la violencia, el ataque a las libertades y la fragilidad institucional. Si celebramos sin cuestionar, sin exigir, admitimos que la parranda pesa más que la justicia y que el estruendo de los cohetes vale más que el derecho a vivir sin miedo. En estos días oscuros de diciembre confieso que deseo paz, pero una paz sustantiva, no decorativa. Una paz que nos permita celebrar, sí… pero también construir.

Porque hasta ahora, mientras el país arde, la Navidad está en la vitrina.

Así cierro, como el año pasado. Le deseo felices fiestas —y, si usted celebra Hanukkah, lo celebro junto a usted, ¡Janucá Sameaj!—.

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