En la anterior entrega del viernes 29 https://epinvestiga.com/opinion/provocatio-las-doce-y-todo-sereno/ mencioné varios rasgos contradictorios de lo que llamamos Guatemala en los ámbitos: político, social y cultural.
Se aborrece la política, pero se espera con ansias las alegres elecciones. Las dos preguntas provocadoras fueron: ¿Qué es lo que hace aceptable –o cuando menos digerible– una democracia tan imperfecta? ¿Cuáles son los factores críticos que podrían explicar este esperpento político-electoral?
Las primeras dos respuestas se encaminaron a la desatención de la política por una enseñanza sistémica y perversa acerca de lo sucio de la misma y, en consecuencia, el ciudadano de bien debe apartarse de la misma, lo que conduce, claro, a que los mismos de siempre manipulen a su antojo los destinos del país. Así mismo, a que las grandes mayorías se concentren en el día a día de su supervivencia, lo cual no permite el espacio de reflexión crítica que tanto se necesita. Pero también hay otros factores que explican el fenómeno referido:
- Existen mecanismos pavlovianos, instalados endémica y epidémicamente, cuya activación deviene sencilla e inmediata: el miedo, la ignorancia, el racismo, la discriminación, la misoginia, el sexismo, la homofobia, el clientelismo y el patrimonialismo (entre otros). Cada crisis requiere de la activación de estos “botones”, según intensidad y complejidad. De estos mecanismos, el más importante es el miedo. El anticomunismo visceral depende de este insumo y facilita la fabricación de “combos” o silogismos primitivos, como estos: Si no es de derecha, seguro es izquierdista, comunista o filo comunista; seguro es ateo y gay/lesbiana también.
- La venta de una democracia formal “cuantitativa” ha hecho que la población vea en el número creciente de partidos y binomios, una muestra esperanzadora de más democracia y no las variantes de un mismo proyecto.
- La elaboración de narrativas satanizantes que describen destinos fatales, le venden a una masa ignorante y asustada, la idea que aún con la imperfección del sistema, no se ha sucumbido a una cubanización o venezuelización.
- La justificación de que la precariedad de los perfiles de quienes participan en política, se debe a la no participación de los buenos; ergo, la oferta es mala, pero es lo que hay y sobre eso debe escogerse. El sempiterno mecanismo del “menos malo” sigue funcionando a la perfección. Para muestra, el gobierno actual.
- Un factor determinante lo constituye la invisibilidad de las élites como responsables del descalabro. Las masas no entienden qué es el sistema y cómo funciona; por lo que, la culpa, se la endilgan a una “clase política” que precisamente fue creada y financiada por las élites que siguen en las penumbras, cuando no en el más oscuro anonimato. Ergo: el problema se reduce a escoger personas “buenas”.
- La corrupción se ve como una causa y no un efecto. Desprovista de su concatenación histórica elitaria y su carácter estructural, la corrupción deviene en un asunto moral que navega en el talante de cada persona, y la solución, entonces, se limita a colocar personas probas en los puestos de la Administración pública. El relato exitoso de que la cooptación del Estado descansa en el crimen organizado y la burocracia corrupta (civiles y militares), invisibiliza la responsabilidad original y fundante de las élites económicas ultra conservadoras.
- Las élites han sido exitosas también al esconder la naturaleza real del proceso electoral. Lo que es, en realidad, la forma periódica de dirimir las desavenencias interelitarias, lo venden como una fiesta cívica, donde todos están representados y todos ganan.
- Finalmente, la tapa al pomo la sella el discurso de darle el beneficio de la duda a quien resultó electo, sin que las masas adviertan el engaño de que solo se vota, pero no se elige, pues este ejercicio ya lo planearon otros, desde hace décadas.
La democracia republicana en su versión tropical, tiene vida para rato. Los remiendos nunca sobran y seguro habrá más reformas a la Ley Electoral y de Partidos y Políticos –LEPP– y otras normativas conexas. Los cambios gatopardistas seguirán su curso, mientras el origen de todos los males: El sistema, se mantendrá incólume y estructuralmente sin novedades. El movimiento social, ahora devenido en oenegismo asistido, seguirá “jugando el juego que todos jugamos”.
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*José Alfredo Calderón E. es historiador, analista político y profesor universitario.
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