La guerra contra la empatía: el antihumanismo y el tecnofascismo del siglo XXI

Marco Fonseca

junio 21, 2025 - Actualizado junio 19, 2025
Marco Fonseca

En los últimos años, un creciente coro de voces conservadoras ha cuestionado lo que mucha gente ha considerado durante mucho tiempo una virtud moral: la empatía. Afirmaciones como “la debilidad fundamental de la civilización occidental es la empatía”, expresada por Elon Musk, ya no son comentarios marginales, sino que se han convertido en parte central de una campaña ideológica más amplia. Según esta perspectiva, preocuparse demasiado por los demás, en particular por los grupos marginados y subalternos, los migrantes o los pobres, amenaza la cohesión y la supervivencia de la propia civilización. Este cambio no es meramente retórico; refleja una corriente filosófica y política más profunda que desplaza la solidaridad humana por el miedo, la sospecha y el darwinismo social. La crítica de la empatía forma parte de lo que puede entenderse, siguiendo a pensadores como Erich Fromm y Herbert Marcuse, como la arquitectura emocional e ideológica de un nuevo tipo de fascismo adaptado al siglo XXI: un tecnofascismo sin uniformes, pero con una economía afectiva bien desarrollada de crueldad, instrumentalismo y resentimiento.

Para comprender esta cosmovisión emergente, debemos rastrear su genealogía intelectual. La crítica de la empatía puede ubicarse en corrientes de la filosofía occidental fundamentalmente antihumanistas. Friedrich Nietzsche es citado a menudo como una influencia importante, aunque también hay quienes lo rescatan como un pensador de la vitalidad y de la vida misma (Deleuze). Pero en obras como La genealogía de la moral y Más allá del bien y del mal, lo cierto es que Nietzsche critica duramente la moral de la compasión, que asocia con la moral cristiana de esclavos, una moral que eleva la debilidad, la compasión y el sufrimiento a ideales morales. Nietzsche valora la fuerza, la vitalidad y la voluntad de poder, y su retórica ha sido un referente para muchas filosofías reaccionarias, fascistas y elitistas desde entonces.

Aunque la obra de Nietzsche es compleja y está abierta a una interpretación progresista, ciertas apropiaciones conservadoras de su crítica de la compasión se han consolidado como dogma ideológico. La compasión, argumentan, debilita a los individuos/as y a las sociedades; atenúa la necesaria competitividad; hace a las personas susceptibles a la manipulación de los débiles, quienes utilizan pretensiones morales para obtener recursos o estatus. Esta lectura de Nietzsche ha inspirado a una larga lista de pensadores que vinculan la empatía con el declive de la civilización, desde la celebración del egoísmo de Ayn Rand hasta el más reciente rechazo de la extrema derecha a la “señalización de virtud” y la “concienciación”. En esta cosmovisión, la empatía no es un bien moral, sino una forma de autotraición.

Erich Fromm, psicoanalista y teórico social que escribe a la sombra del fascismo y la guerra, ofrece una poderosa contranarrativa. En El Miedo a la Libertad y La Anatomía de la Destructividad Humana, Fromm explora cómo las estructuras de personalidad autoritarias surgen de condiciones sociales y psicológicas específicas. Para parafrasear a Fromm en su trabajo La Anatomía de la Destructividad Humana, la destructividad es el resultado de la vida no vivida, la consecuencia de no haber llegado a cierta etapa, más allá del narcisismo y la indiferencia.

Estas estructuras se caracterizan por una preferencia por la jerarquía, la sumisión al poder y la agresión hacia los grupos ajenos. Lo más relevante aquí es el concepto de necrofilia de Fromm – el amor por la muerte, el control y el orden tecno-mecánico – en contraposición a la biofilia, el amor por la vida, el crecimiento y la conexión. La empatía, en el esquema de Fromm, pertenece al ámbito de la biofilia. Es una facultad que surge de la capacidad de reconocerse en el otro/la otra y afirmar su humanidad.

Lo que Fromm observa en el auge del fascismo del siglo XX no es simplemente autoritarismo político, sino una economía moral y emocional arraigada en el miedo, la soledad y la supresión de los vínculos afectivos. Sobre la cuestión del miedo a la conexión y la libertad, Fromm escribe en su trabajo El miedo a la libertad: “El individuo deja de ser él mismo; adopta por completo el tipo de personalidad que le ofrecen los patrones culturales; y así se convierte exactamente en lo que los demás son y en lo que esperan que sea. La discrepancia entre el “yo” y el mundo desaparece, y con ella el miedo consciente a la soledad, la impotencia y la duda.” (p. 183) El amor, para parafrasear El arte de amar, es una fuerza activa en la humanidad, una fuerza que rompe los muros que lo separan de sus semejantes, que lo/la une a los demás.

El miedo a la libertad, como la describe Fromm, es también una huida de la vulnerabilidad, el cuidado y el amor. El nuevo autoritarismo que diagnostica ya en sus días se caracteriza no solo por la obediencia y la crueldad, sino por un desprecio activo por la empatía y la solidaridad. Cuidar es ser débil; dominar es sentirse seguro. La crítica conservadora de la empatía actual se hace eco de esta patología con una fidelidad escalofriante.

Herbert Marcuse, miembro de la Escuela de Frankfurt y uno de los teóricos marxistas más influyentes del siglo XX, complementa las ideas de Fromm con una crítica política más explícita. En El Hombre Unidimensional y La Dimensión Estética, Marcuse analiza cómo el capitalismo tardío suprime la conciencia oposicionista y rupturista mediante la integración del deseo en los sistemas hegemonizantes de consumo y control. Sobre la labor de desublimación represiva y la manipulación emocional, Marcuse escribe en El Hombre Unidimensional: “El rango de satisfacción socialmente permisible y deseable se ha ampliado constantemente. Sin embargo, este progreso no ha ido acompañado de un debilitamiento correspondiente de los controles sociales sobre las pulsiones instintivas. Al contrario, se han vuelto más eficientes, más racionales y más productivas.” (p. 105). En el capitalismo tardío, agrega, la vida emocional se hegemoniza: “Las personas se reconocen en sus mercancías; encuentran su alma en su automóvil, su equipo de música, su casa de dos plantas, sus electrodomésticos.” (p. 39) Pero esto también resulta gratificante para los/as individuos manejados. Ahora, una sociedad sin oposición es una sociedad sin crítica. Y Marcuse también nos advierte que cuando las contradicciones sociales se vuelven demasiado intensas como para ser absorbidas o sublimadas, cuando la crítica se vuelve activa, como está ocurriendo en el momento histórico presente, el sistema puede recurrir a la represión directa, lo que él llama la reactivación del potencial fascista.

Para Marcuse, el peligro reside en la movilización de emociones negativas (miedo, resentimiento, envidia y revancha) por parte del populismo autoritario. Toda forma de fascismo prospera no reprimiendo a las masas, sino activándolas mediante identificaciones irracionales y cargadas de afecto desublimante. En el siglo XXI, estas identificaciones se median cada vez más a través de plataformas digitales, ecosistemas mediáticos de derecha y una cultura basada en memes y posverdad. Aquí, la empatía se ridiculiza y la crueldad se convierte en una demostración de fuerza. El vínculo social se reconstituye no a través de la solidaridad o la empatía, sino a través de odios compartidos e identidades excluyentes. El concepto de Marcuse de desublimación represiva, la liberación de impulsos básicos que refuerzan la dominación en lugar de la liberación ayuda a explicar el funcionamiento del tecnofascismo contemporáneo. El rechazo de la empatía es, pues, una forma de desublimación represiva: permite a las personas actuar por impulsos de miedo, dominación, resentimiento y revancha (contra migrantes, minorías sexuales, mujeres progresistas, pueblos indígenas, ambientalistas, académicos, periodistas, etc.), mientras se imaginan como realistas lúcidos. La “conciencia” y la “corrección política”, lo que despectivamente llaman “woke”, son ridiculizadas no solo por sus objetivos políticos, sino también por su tono afectivo y solidario, ya que exigen que las personas se preocupen, escuchen y reconozcan el daño.

¿Por qué la empatía es tan amenazante para los ideólogos conservadores y fascistas? Porque socava la lógica jerárquica que estructura su cosmovisión. La empatía visibiliza el poder; plantea preguntas que desestabilizan el privilegio: ¿Cómo es vivir sin acceso a la atención médica? ¿Qué se siente al ser detenido por la policía por el color de la piel? ¿Qué le sucede a un niño separado de sus padres en un muro fronterizo? ¿Cómo es vivir en una comunidad indígena bajo el asedio de empresas extractivas y aguas contaminadas? ¿Qué significa ser mujer en un mundo de depredadores sexuales? Estas preguntas no tienen respuestas fáciles y no permiten mantener la distancia ni la superioridad. Nos interpelan.

Además, la empatía es una práctica de la imaginación. Requiere ver más allá del interés o la experiencia inmediata, personal y estrictamente financiera. Fromm y Marcuse argumentan que la imaginación es una facultad subversiva que abre la posibilidad de diferentes acuerdos, diferentes relaciones y diferentes mundos. El lema del Foro Social Mundial, “Otro mundo es posible”, se basa precisamente en esta capacidad de empatía, solidaridad y hospitalidad imaginativa. Sugiere que las estructuras existentes no son inmutables y que la solidaridad, más allá de las diferencias, puede generar alternativas a la explotación, la violencia y la ruina ecológica.

El fascismo clásico, el anarcocapitalismo, el neoliberalismo y el tecnofascismo del siglo XXI, en cambio, insisten en que no hay otro mundo posible excepto el de una restauración total. Este fascismo funciona mediante la exclusión de la imaginación, la supresión de la empatía y el cultivo del entumecimiento afectivo. Su proyecto político es normalizar la deshumanización, no solo a través de las políticas, sino también a través del estado de ánimo, del tono y de la erosión cotidiana del cuidado.

No basta, pues, con contrarrestar el tecnofascismo de hoy con hechos, políticas o programas. El terreno es afectivo. Como ha argumentado Wendy Brown, el neoliberalismo ha vaciado el lenguaje moral de la izquierda, reemplazándolo por jerga técnica y racionalidad gerencial. Así es como preparó el camino para la venida de Trump y el tecnofascismo. Hoy la derecha se ha apoderado de la imaginación emocional mediante el espectáculo, el miedo y la promesa de un poder restaurado. El rechazo a la empatía no es meramente una postura intelectual; es un estado de ánimo, una postura moral y filosófica (“individualismo metodológico”), una forma de estar en el mundo.

Para enfrentar el tecnofascismo del siglo XXI, debemos reivindicar la empatía no como sentimentalismo, sino como una facultad política radical, como una insurgencia moral y ecológica. Como insiste Fromm, el amor y el cuidado no son estados pasivos, sino fuerzas activas. Requieren valentía, estructura y compromiso. La empatía, cuando se politiza, se convierte en la base de la solidaridad. Resiste la lógica de lo descartable. Afirma la dignidad irreductible del otro/a y del planeta. Esto no significa ignorar la complejidad ni avalar un sentimiento acrítico. Significa fundamentar la crítica en el cuidado y construir política no solo a través de la resistencia, sino también de la relacionalidad y la articulación. La alternativa al tecnofascismo no es el centrismo ni el liberalismo, sino una política arraigada en la conexión, la reparación y la imaginación de nuevas formas de vida.

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