Firmar no es casarse: reformas ciudadanas

Marcos Melchor Palencia

junio 20, 2026 - Actualizado junio 19, 2026
Marcos Melchor Palencia

Hay proyectos que nacen con demasiada música de fondo. Mucha bulla. Se presentan como si hubieran descubierto el agua potable en Mixco, la rueda o la decencia pública. Uno aprende, con los años, a desconfiar de todo lo que se anuncia como salvación nacional. Acá, además, la salvación suele venir en manta vinílica, con logo nuevo y fotografía de perfil actualizada.

Poder Ciudadano no es la redención del país. Tampoco tiene por qué serlo. Me parece, más bien, algo bastante más raro y, por eso mismo, más interesante: una propuesta concreta para discutir reglas concretas. No una consigna, ni una indignación de domingo, ni otro ensayo sentimental sobre “recuperar la patria” como los que escribía con 15 años y me sentía un revolucionario. Una propuesta. Eso, en estos tiempos, ya empieza a parecer una excentricidad.

La iniciativa impulsada por Edgar Ortiz y Marjorie von Ahn plantea una reforma constitucional al sistema de justicia. Entre sus puntos centrales están la eliminación de las comisiones de postulación, la reducción del peso político del Congreso en ciertas elecciones judiciales, la renovación escalonada de magistraturas, el fortalecimiento de la carrera judicial y la creación de un modelo más estable para administrar el Organismo Judicial. También incluye educación ciudadana, litigio estratégico y un observatorio constitucional. Dicho así suena técnico, casi aburrido. Pero quizá ahí está su virtud: no pretende resolver Guatemala con una frase bonita, sino meterse en la fontanería del Estado.

Y la fontanería importa. Mucho. Todo termina, tarde o temprano, en una corte. Una elección, una compra pública, un rector, una carretera, un medicamento, un antejuicio, una candidatura, una venganza. El país parece haber delegado su vida política en tribunales que muchas veces no parecen preparados —o no parecen interesados— en cargar con semejante responsabilidad. Cuando la justicia funciona mal, no falla solamente un juzgado: se pudre el mecanismo completo.

Ahora bien, apoyar que una propuesta se discuta no significa convertirse en su empleado emocional. Firmar no es casarse. Leerla no es militar. Estar de acuerdo con buena parte de su diagnóstico no obliga a repetir sus consignas ni a posar con gorra. De hecho, si Poder Ciudadano quiere tomarse en serio su propio nombre, deberá aceptar algo incómodo: la ciudadanía no está para aplaudir, sino para preguntar.

¿Quién administrará esos nuevos mecanismos? ¿Cómo se evitará que el sistema de méritos termine capturado por los mismos de siempre, pero con mejor papelería? ¿Qué contrapesos tendrá un Consejo de la Judicatura y Magistratura? ¿Cómo impedir que una buena arquitectura institucional termine decorada por malos inquilinos? Las reformas constitucionales no fracasan únicamente por falta de ideas; fracasan, muchas veces, porque olvidan que en Guatemala toda puerta nueva encuentra rápido a su cerrajero.

La parte que más me interesa no es la épica de “cambiar Guatemala”, sino la modestia de intentar el cambio de incentivos. Las democracias no se sostienen por buenos deseos, sino por reglas que hagan menos rentable portarse mal. Y nuestro sistema de justicia lleva años demostrando que sus reglas permiten demasiada negociación, demasiada dependencia y demasiada captura. No hace falta ser revolucionario para reconocerlo. Basta con leer las noticias.

El camino es largo, ingrato y lleno de gente con razones muy prácticas para que nada cambie. Pero incluso si no llegara hasta el final, ya habría hecho algo útil: obligarnos a discutir el diseño del poder, no solo los nombres de quienes lo ocupan.

Aun así, la propuesta merece atención. Es saludable que alguien vuelva a colocar sobre la mesa una discusión institucional sin pedirnos, de entrada, fe ciega. También es saludable que el texto esté abierto a comentarios. Permitir observaciones no es poca cosa. Ojalá esa apertura no sea un trámite decorativo, sino una práctica real.

Yo no compraría todavía fuegos artificiales. Pero sí leería la propuesta y lo invito a hacer lo mismo, estimado lector. Sí haría preguntas. Sí apoyaría que llegue al Congreso.

No porque sea perfecta, sino porque el país necesita volver a ensayar mecanismos ciudadanos que no dependan del berrinche, del caudillo o del próximo iluminado.

Muchos éxitos, Poder Ciudadano.

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