La falta de confianza en el relevo generacional es un fenómeno cada vez más palpable. Dicha desconfianza podría explicarse por la percepción de que ciertos jóvenes venden su ética por intereses personales, o por las acciones cuestionables de legisladores jóvenes, que han demostrado una incapacidad para representar adecuadamente los intereses de la juventud que afirman defender.
La sociedad necesita líderes con un profundo sentido de compromiso, servicio, honestidad y transparencia. Estos líderes no deben buscar un cargo público por la ostentación de ser servidor público, sino por la responsabilidad inherente al mismo, lo que implica una preparación rigurosa para asumir el poder. La reputación negativa que se ha creado en torno al desempeño de los jóvenes en la política se debe a las acciones de quienes, en la práctica no han logrado representar a la juventud. No obstante, es crucial evitar la generalización. Esta visión simplista y desacreditadora ignora a un grupo de jóvenes que sí posee la capacidad, la convicción y los valores necesarios para ser elegidos y ocupar con éxito cargos de poder.
Es imprescindible dejar atrás el precepto de; “a mayor edad, mayor capacidad”. Esta idea se ha vuelto insostenible por varias razones, la principal es que la política del país ha estado dominada por adultos, incluso de la tercera edad, durante décadas. Si los resultados de su gestión hubieran sido positivos, no nos encontraríamos en las precarias condiciones actuales. Por ello, es erróneo asumir que la edad es un indicador fiable de experiencia, conocimiento o sabiduría, como a menudo se nos quiere hacer creer.
La décima legislatura, es un ejemplo palpable de las deficiencias de la clase política actual. Las acciones de sus miembros evidencian una marcada ausencia de valores y ética, así como una falta de compromiso con el desarrollo del país. Sus estrategias parecen estar orientadas más hacia actos ilegales que hacia el bienestar de la nación. Por lo tanto, se hace indispensable apostar por un relevo generacional que ofrezca un verdadero aporte a la economía, cultura y política de nuestro país.
En el mes dedicado a la juventud, es crucial reconocer a los jóvenes como agentes de cambio capaces de impulsar el progreso del país. Este reconocimiento debe ir más allá de las promesas incumplidas y centrarse en una genuina defensa de los intereses nacionales. Es hora de abandonar el discurso vacío que nos tilda como “el futuro”, en realidad la juventud es el presente y es la fuerza que impulsará el desarrollo que nuestra nación necesita.
Es momento de dejar atrás los sectarismos y elitismos que han frenado nuestro avance. La verdadera solución para Guatemala es la unidad, el trabajo conjunto entre políticos de todas las edades. No se trata de fomentar un relevo generacional que fomente divisiones, sino de fusionar ideas y los talentos de jóvenes y adultos para alcanzar un fin común. El pueblo guatemalteco clama por resultados, cuando se combinan la experiencia y la visión de las nuevas generaciones, podemos lograr la prosperidad que nuestro país necesita. La convicción y el servicio deben ser más importantes que la edad, Guatemala exige más cooperación entre sus propios ciudadanos.
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