El autor del libro cuyo título encabeza este artículo fue el historiador, escritor y periodista español Fernando Díaz Plaja (Barcelona 1918-Uruguay 2012), bastante desconocido en España a pesar de ser un pensador de “derechas”, pero que se caracteriza por retratar con sencillez y humor aspectos antropológicos críticos de España, tomando como base su agudo conocimiento de la historia y de la literatura españolas. Impartió clases de español y literatura en universidades de Estados Unidos, Italia, Bali, Brasil y Alemania, y hablaba corrientemente siete idiomas. En 1966 se hizo famoso en el mundo iberoamericano por su obra intitulada El español y los siete pecados capitales, que leí entonces con entusiasmo debido a mi cercanía con el mundo español. Vivió sus últimos años en Uruguay retirado en una casa de ancianos y es difícil encontrar reediciones de su vasta producción literaria.
Como desde hace ya tres años mi vida me ha hecho descubrir con sorpresa que muchas de las experiencias y observaciones cotidianas que hago en España me remiten a ese libro de juventud, decidí hoy transcribir para deleite de mis lectores algunos párrafos del capítulo que trata –entre otros temas vinculados a la soberbia española– con la cultura intelectual que prácticamente pervive sin cambio alguno desde hace ya siglos en este país, y que seguramente seguirá perviviendo por los siglos de los siglos, a no ser que los españoles sean un día capaces de alejarse lo suficiente de sí mismos para verse con un poco de objetividad y entender así que su manera de ser y de reaccionar ante muchas situaciones no es la única, ni la más adecuada, ni la más eficaz posible.
“Cuando en Francia, Inglaterra, Italia no se comprende bien lo que otro ha dicho se dice: ¿Perdón? Es decir, me excuso por no haberle oído bien. El español cree siempre que de esa incomprensión tiene la culpa el otro y dice: ¿Qué? Es decir, exprésese mejor, hombre, si quiere que se le entienda».
“Normalmente creemos mucho más interesante lo que decimos nosotros que lo que afirman los demás, y la frase “el diálogo es un monólogo intercalado” ha nacido evidentemente en España. Cuando dos individuos empiezan aquí una conversación no intentan intercambiar ideas, sino afirmar las propias todo el tiempo que le permita el otro. Si alguien comete el error de interrumpirse para respirar, el interlocutor aprovecha la ocasión para arrancar con su párrafo. En otros países cuando intentan hablar dos al mismo tiempo, dicen: “perdón” y esperan; en España dicen “perdón” también, pero es sólo para seguir ambos simultáneamente. Nadie se convence por las razones del contrario, pero, en cambio, reafirma las suyas con el calor de su improvisación. Discutir permite acabar sabiendo más de lo que uno sabía porque lo ha ido descubriendo a medida que buscaba apoyo a su tesis. “El pensamiento español nace en el momento en que se manifiesta. Mientras que el inglés piensa al actuar, el español piensa mientras habla.” (Salvador de Madariaga, Ingleses, franceses y españoles).
“No es raro oír en España a un señor vociferando “¡Te lo digo yo!”, ante la duda de alguien, frase con que parece querer anular todas las posibilidades de error. No se trata casi nunca de un dictamen profesional (un ingeniero ante un puente, un médico explicando una operación a los profanos), sino de un juicio sobre temas generales de los cuales ambos interlocutores pueden saber lo mismo o nada: “¡Te lo digo yo!” Cuando el español discute, no admite pruebas superiores a su razonamiento.
“Además de hablar mucho, el español habla muy alto. Llega un momento que emplea el mismo tono de voz que el usado en otros países para disputarse, lo que provoca no pocos malentendidos cuando hay extranjeros que presencian esas discusiones (experiencia que muchos latinoamericanos hemos vivido en España con frecuencia pensando que se van a dar en la madre, y al final no pasa nada de nada). Y por la misma razón, al español no le gusta escuchar, suele desconcentrarse, está pensando en lo que va a replicar, se aburre, no escucha.
“En cuanto al diapasón con que los españoles hablan, obedece a las mismas razones de egolatría. Entre esperar a que terminen los que están discutiendo junto a uno o comunicar nuestra valiosa idea a alguien que parece dispuesto a escucharla al otro extremo de la sala, la elección es fácil. Se sube un poco la voz. Este experimento, repetido tres o cuatro veces, basta a llenar el espacio de ruido. Si alguien está atento a la radio o la televisión en el mismo momento, no ruega a los interlocutores que le permitan escuchar el programa porque sabe que sería inútil. Se limita a elevar el tono del altavoz.”
Hablando de las dificultades de los españoles para escuchar y para intentar meterse en las zapatillas de su interlocutor, afirma Fernando Díaz Plaja: “No encontré jamás a un empleado que me dijera: “Tenía o tiene usted razón”, después de haberle yo explicado algún problema que él suponía tener perfectamente bajo control. Y es que el español tiene poca consideración y respeto hacia el que se supone que sabe más que él, y es incapaz de aceptar que él pueda estar equivocado. El señalarle un error a un español que está contando algo sirve más para irritarle que para corregirle, y para que luego te acuse de ser un pedante.”
“Y es que el temor al ridículo está firme, duramente enraizado en la personalidad española y preside la mayoría de sus reacciones. Muchos actos no se cometen por su intrínseco valor, sino por el que la sociedad ha de darles. Lo grave no es que algo sea malo, sino que así lo considere el vecino, y aun lo malo no es tan grave como lo risible. La mera posibilidad de la burla ajena lanza al español a la violencia. Automáticamente se deduce que la ofensa es mayor si pública, es decir, si Juan sabe que Pedro conoce sus flaquezas y entiende que además Pedro sabe de este conocimiento de Juan. “Pues muerte aquí te daré porque no sepas que sé que sabes flaquezas mías” (La vida es sueño, I,3.)…dice Segismundo a la aterrada Rosaura, que ha oído el monólogo en que se lamentaba de su suerte. Lo que dirán es mucho más grave que lo que ha ocurrido. Cuando un español se entera de que su mujer le engaña, no se angustia tanto por la confianza traicionada como porque se siente inerte, como desnudo ante el mundo que le rodea. Le han arrebatado su Dignidad, el lujoso vestido con que los españoles tapan sus defectos y manchas.”
Etcétera, etcétera. El problema con este simpático libro de Fernando Díaz Plaja es que resulta prácticamente inencontrable, pues se hicieron cuatro ediciones y ni una más. Yo lo he buscado sin éxito por todas partes, supongo que ha de estar olvidado en alguna biblioteca. Mi ejemplar lo guardo como una santa reliquia.
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