Si usted utiliza su tarjeta de crédito, tiene una diferencia porque su consumo es mayor que sus ingresos, registrará un déficit comercial con los establecimientos que le vendieron a crédito.
Sería extraño si al día siguiente de hacer esas compras, usted señala a esos establecimientos como culpables de venderle y que le han causado un daño. Su actuación revelaría el nivel de entendimiento sobre economía que aparenta tener el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump.
El déficit comercial no expresa una política comercial, sino un exceso de gasto de los estadounidenses que está por encima de sus ingresos locales, por lo cual han tenido que endeudarse notablemente; esto es, una identidad económica y se enseña en el segundo o tercer día de clases en cualquier Facultad de Economía respetable. Claramente Trump nunca fue a ese segundo o tercer día de clases de economía de alguna respetable Universidad.
Lo que está sucediendo en los Estados Unidos es que su ingreso generado ha sido menor a su consumo, y ahora culpa al mundo por ello. Mientras recibieron bienes y servicios a cambio de papeles o símbolos (dinero) fue ¡un negoción!
Este gasto excesivo se debe a que este país ha tenido un gran crédito a través del gobierno y su enorme déficit fiscal (US$ 2 trillones anualmente). Gran parte de ese endeudamiento –al menos un tercio—se dio en el gobierno de Biden. Los políticos no quieren reducir ese enorme déficit fiscal crónico. Trump culpa al mundo, y ahora los Estados Unidos y el mundo han perdido US$10 trillones en capitales, que no se fueron a ningún lado, se destruyeron. ¿Por qué? Porque el comercio es mutuamente beneficioso y ahora ha disminuido; las empresas valen menos y todos pierden. Trump sigue sin entenderlo, por eso varios de integrantes de su primer círculo le han hecho presión, entre ellos Elon Musk, que también ha registrado pérdidas en sus negocios.
Eso explica porque Trump ha reversado parte de su política arancelaria, dejando casi a todos los socios comerciales con un 10 por ciento de aranceles, excepto China, que no goza del agrado del sistema político estadounidense, pues es una nación grande y exitosa, formidable competidora.
En una guerra comercial Estados Unidos vs. China, probablemente ésta gane, pues solo el 12 por cientos de sus exportaciones van a la primera economía del mundo; sin mayores problemas puede reubicar buena parte de sus exportaciones en el resto del mercado mundial que es –económicamente hablando—tres veces más grande que el estadounidense.
Si esto no tiene sentido, ¿por qué está ocurriendo? El sistema político de los Estados Unidos depende del jefe del Ejecutivo que goza de la facultad de gobernar mediante decretos de emergencia, y mantener un estado de emergencia perpetua, esto desde la segunda guerra mundial. Aunque el Congreso y está envestido de poder, no lo ejerce, específicamente la cámara baja, la cámara de representantes. El presidente ha declarado que el déficit comercial es una emergencia nacional, ignorando o aparentando ignorar que la única forma de equilibrarlo es reduciendo el déficit fiscal y ajustando el consumo de los estadounidenses, que inevitablemente conducirá a una recesión.
Paradójicamente, todas estas maniobras, que parecen tener como fin el evitar esa recesión (por ajuste del consumo), podrán no solo conducir a una recesión mayor (por la incertidumbre general generada por los vaivenes arancelarios), sino por la destrucción en la producción y productividad del sistema económico y las cadenas productivas de los Estados Unidos, que dependen del comercio exterior, o sea, prácticamente toda la industria de ese país. De continuar, la guerra arancelaria será el epitafio de su industria, que depende (prácticamente toda) de insumos y partes fabricadas fuera del país.
Sin duda, este es un caso y dilema que no podría resolverse en los reality shows de hace unas décadas denominados El Aprendiz, circunstancia que esperemos sea captada pronto por Donald Trump.
(*) Esta primera parte de la columna está basada en la conferencia de J. Sachs en el Antalya Democracy Fórum.
*Miguel Gutiérrez es especialista en Política Tributaria de la Universidad de Harvard. Macroeconomista por la Universidad Católica de Chile.
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