Contra todo pronóstico

Marcos Melchor Palencia

octubre 11, 2025 - Actualizado octubre 10, 2025
Marcos Melchor Palencia

La guerra en Gaza se ha paralizado —de nuevo—, y esta vez con la firma política de Netanyahu detrás de un acuerdo que su propio gabinete aprobó como «primera fase» de un plan más amplio. La noticia ofrece alivio y, a su vez, genera exigencia: Israel y Hamás han pactado la primera fase de un alto el fuego que entra en vigor en los próximos días, con retirada parcial de tropas israelíes, aumento masivo de ayuda humanitaria y un canje escalonado de rehenes por prisioneros.

Es un cese de hostilidades largamente esperado tras dos años de violencia que comenzaron el 7 de octubre de 2023 con una masacre y secuestros que marcaron a Israel de forma indeleble. El presunto acuerdo prevé que, en las próximas 72 horas, Hamás libere a 20 rehenes; a cambio, Israel excarcelará a 250 presos de larga condena y a otros 1,700 detenidos durante la guerra, además de permitir la entrada diaria de cientos de camiones de auxilio. Que esos puntos se cumplan puntualmente es, hoy, la primera definición de humanidad posible.

Los asesinatos y secuestros del 7 de octubre no fueron simple «resistencia»; fueron, y siempre, serán terrorismo. Ese hecho —moral y jurídico— fija el marco de cualquier decisión responsable: primero, recuperar a cada rehén; segundo, impedir que la estructura que perpetró la matanza recupere capacidad de fuego; tercero, restaurar la disuasión para que no vuelva a ocurrir. Hasta el día de hoy, nada es negociable. Una sociedad puede discutir métodos, plazos y prioridades, pero no su deber primario de proteger la vida de sus ciudadanos ni su derecho inalienable de toda nación a existir y defenderse frente al terror.

Israel mantiene la advertencia de reanudar operaciones si el calendario se incumple; Hamás, por su lado, proclama que recibió «garantías» internacionales de que «la guerra terminó». Las dos frases describen un mismo punto ciego: la paz no es un titular. Es un régimen de verificación. Si en 72 horas no hay liberaciones, si los listados no se cumplen, si la retirada parcial se congela o si se usa la pausa para rearmarse, el acuerdo se malogrará con el costo humano de siempre. Por eso, el primer mandato cívico en esta fase es la transparencia radical: «quién hace qué, cuándo y ante quién».

La dimensión humanitaria es ineludible, aceptémoslo. Dos años de guerra han dejado a Gaza en niveles de devastación que una sola columna no puede abarcar. Que la tregua habilite 500 o 600 camiones diarios no es un gesto: es un salvavidas. Defender primero la vida judía y aliviar el sufrimiento civil en Gaza, un deber derivado de esa misma humanidad, —hasta donde firmemente creo— son obligaciones simultáneas en cualquier ética que merezca ese nombre.

Hoy conviene recordar tres brújulas. La primera es la de las víctimas: «liberar a los rehenes no es un capítulo del acuerdo; es su cláusula moral». Si esa liberación se teatraliza, todo, todo lo demás es papel mojado. La segunda es la de la memoria: esto no absuelve los crímenes del 7 de octubre ni los de cualquier actor que haya atacado civiles»; el Estado de derecho —en Israel y fuera— deberá seguir su curso. La tercera es la de la responsabilidad democrática: «la fortaleza de un país se mide por su capacidad de defenderse dentro de límites y de corregirse cuando esos límites se erosionan». Israel tiene la oportunidad —y la obligación— de mostrar que su promesa de seguridad es compatible con el respeto a la vida civil y con la contención del extremismo.

El «alto el fuego» no es «fin del conflicto», entendámoslo de una vez. La tregua ofrece un respiro para rescatar a los vivos, honrar a los muertos y reconstruir lo destruido; es una ventana para imaginar un final donde el monopolio de la fuerza no esté en manos de una milicia y donde los niños no aprendan que el enemigo es su destino. Liberen a los rehenes. Protejan a los civiles. Auxilien, sin someterse al chantaje moral de quienes justifican el terror, a quienes sufren. Y vigilen, con disciplina y memoria, que la tregua no se convierta en una pausa para el odio.

Porque solo cuando la justicia prevalece sobre el miedo, el alto el fuego deja de ser silencio: se vuelve afirmación de vida, de nación y de propósito.

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