Estructura y movimiento: el pasado que no termina de pasar

En El Sha o La desmesura del poder, Ryszard Kapuscinski escribe alrededor de la revolución islámica en Irán: “Toda revolución consiste en un combate entre dos fuerzas: estructura y movimiento. El movimiento ataca a la estructura, lucha por destruirla, mientras la estructura, al defenderse, pugna por aplastar al movimiento. (...) la estructura se caracteriza por su inercia, por su resistencia y por una asombrosa capacidad para sobrevivir casi instintiva. (...) Ya parece que ha caído, y, sin embargo, no tarda en volver a ponerse en pie. El movimiento, que no conoce estas cualidades de la estructura, gasta muchísimo tiempo en intentar derrumbarla; luego se debilita y, al final, fracasa.”

José Javier Gálvez

julio 6, 2025 - Actualizado julio 5, 2025

Imagen de las manifestaciones de 2015 en Guatemala. Foto: Wikipedia

En 2023, como en 2015, el movimiento guatemalteco le mostró los dientes a la estructura. Una rebelión popular (diversa, dispersa, pero profundamente legítima) se alzó contra el Ministerio Público, y más específicamente, contra el orden mafioso que encarna Consuelo Porras. Fue una rebelión democrática, civil, sin armas ni dogmas. Y, sin embargo, no logró derribar nada. La estructura sigue en pie, intacta, adaptada. Peor aún: ha aprendido a sobrevivir bajo asedio, con una mezcla de cinismo y represión como golpe vindicativo.

Pero, ¿qué era lo que enfrentábamos? No solo a una fiscal general. Enfrentábamos una estructura. Y como tal, no está diseñada para caer, sino para sobrevivir. Esa estructura no solo incluye al MP: se extiende a la Corte de Constitucionalidad, a la Corte Suprema de Justicia, a gremios que operan como castas, a partidos reciclados con nombres nuevos. Es una maquinaria que opera bajo un estado de excepción legalizado.

Kapuściński apunta con brutal precisión: el movimiento se agota porque no entiende que la estructura no necesita vencer, solo necesita durar. La rebelión de 2023 tuvo una claridad admirable: quería fuera a Consuelo Porras. Punto. En eso fue unánime, valiente, incluso hermosa. Pero esa misma claridad fue su límite. El anhelo justo se convierte en obstinación, y al no lograr su objetivo, se disuelve.

Hace algunos años ya que Edelberto Torres Rivas diagnosticó una herida abierta en Centroamérica: revoluciones sin cambios revolucionarios. El título de su libro no es una paradoja: es una autopsia. Lo que él describe no es solo el fracaso militar o electoral de las insurgencias, sino algo más profundo: la imposibilidad de fundar una nueva sociedad tras la caída de viejos regímenes. “Democracias” donde el orden oligárquico se recompone, el Estado se adelgaza, y la ciudadanía se reduce a voto y frustración.

La promesa democrática en Guatemala ha sido, casi invariablemente, un juego de espejos. Se nos entrega el voto, pero no el poder; se nos convoca a las urnas, pero no a las decisiones. Se nos permite cambiar de caras, pero no de reglas. Martín Hopenhayn escribe sobre ciudadanos mutilados por una modernización sin democracia. Yo diría que aquí la mutilación va más lejos: se nos entrena para la impotencia política, se nos concede el derecho a expresarnos, pero no a alterar el orden.

Insisto, en esta generación ya lo vimos en 2015. La indignación por el caso La Línea sacó a miles a la calle, forzó renuncias, hizo temblar al sistema. Parecía que, por fin, el movimiento podía más que la estructura. Pero la estructura esperó. Se reorganizó. Usó la crisis como reciclaje, no como ruptura. Hoy, muchos de los que marchamos entonces sentimos que el gesto fue histórico, pero no fundacional.

Las formas del poder sobrevivieron. Como advierte Giorgio Agamben, el poder contemporáneo no necesita gobernar con violencia si puede hacerlo desde el vacío de legalidad. Lo que hay en Guatemala no es ausencia de ley, sino un sistema que usa la ley como pantalla. Las cortes, el MP, las élites: todos actúan con aparente legalidad, pero sin legitimidad, como un aparato que imita el Estado para proteger intereses ajenos a la ciudadanía.

Las revoluciones centroamericanas rara vez lograron más. Cambiaron gobiernos, reemplazaron élites, pero dejaron intactas las formas de dominación. Hopenhayn señaló que los movimientos fracasaron no solo por la represión, sino porque no transformaron la relación entre Estado y pueblo. En lugar de ciudadanía, ofrecieron obediencia organizada.

Una revolución verdadera funda libertad. Aquí no estamos fundando nada. El espacio público se diluye en ruido, la imaginación política se apaga. Tony Judt apuntó que el drama moderno es desear una ética política sin utopías. Nosotros lo vivimos como una espera sin horizonte, una política sin lenguaje.

Desobedecer sigue siendo necesario. Pero no basta con gritar, ni con ocupar plazas. Beatriz Sarlo recordaba que la democracia es sostener el desacuerdo sin destruirnos. La pregunta es si podremos construir algo desde el cansancio, desde la fragmentación, desde este presente que parece atrapado en sí mismo.

Hoy somos más quienes queremos fuera a Consuelo Porras. Pero no somos movimiento. Y tal vez eso esté bien, si en lugar de otra efervescencia agotada, podemos construir algo más difícil y más duradero: una estructura democrática que, esta vez, no nazca para traicionarse.

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