El mundo necesita una tribuna

Lamentablemente, ocho décadas produjeron un desgaste natural de la ONU. Esto no se puede atribuir a algo especifico. Una serie de elementos pueden ser evidentes. Una burocracia, no pocas veces, excesiva, cara y lenta.

Rafael Paiz Conde

septiembre 27, 2026 - Actualizado septiembre 26, 2026

Desde la tribuna de mármol verde de la Naciones Unidas, hace cuarenta años en las postrimerías de la Guerra Fría, Ronald Reagan se dirigió a la Asamblea General de ese Organismo. Su mensaje traspasó los muros de la sede neoyorquina y llegó a todos los rincones de la tierra. Como el mismo dijo antes, en ese salón iba a hablar a los líderes de casi todos los países del mundo sobre diplomacia y paz. Por eso, le llamó el “Salón de la Esperanza”.

Ese podio en el pasado sirvió de pulpito para que los grandes líderes del planeta, sin importar su ideología, pontificaran sus dogmas. De esta cuenta, nombres como los de Thatcher, Castro, Kennedy, Reagan, Arafat, Gadafi, Netanyahu, Rabin, Jrushchov, Mandela, Macron, Juan Pablo II o Francisco I tienen en común haberlo compartido. Lo relevante de ello no es saber si convencieron o no al auditorio. Lo importante, es que todos creían que ese era el escenario incontestable para dirigirse al mundo y ser tomados en cuenta.

Esta semana, al igual que todos los años en el mes de septiembre desde 1946, se abrieron los debates de la Asamblea General de la ONU. Comenzaron así, los grandes discursos. El mismo lugar, la misma tribuna, los mismos protocolos, pero algo ha cambiado. La atención mundial ya no está allí. Las sillas vacías se imponen en los cuadros de las transmisiones. Hoy lo realmente importante no se discute allí. Nuevos conclaves han adquirido ese protagonismo. Inevitablemente surge una pregunta: ¿Qué pasó para que este desplazamiento ocurriera?

Las Naciones Unidas, fueron concebidas por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial. No para sustituir o ceder su poder, sino para crear un foro donde las ideas de todos los Estados pudieran expresarse y hacerse escuchar. Donde la diplomacia tuviera un papel protagónico previo a recurrir a la opción bélica. Corea y Suez fueron los ejemplos tempraneros donde la organización evidencio sus limitaciones y carencias. El inicio de una larga lista de casos similares cuyo factor común fue el enfrentamiento de los intereses de las grandes potencias. Sin embargo, a pesar de ello, si logró éxito como mecanismo de institucionalización del juego del poder.

Este sistema multilateral pese a sus dificultades funcionó. La aparición, de un foro universalista, donde se pudieran intercambiar posturas muchas veces antagónicas, fue un respiro para la humanidad. De hecho, el establecimiento de agendas mínimas y acuerdos comunes que pudieran ayudar a enfrentar los grandes desafíos internacionales inspiró a, que, con el tiempo, se crearan nuevos espacios similares más pequeños. estos paradójicamente fueron más eficientes y paulatinamente fueron ganándole protagonismo. Algunos de los más importantes son: la OTAN, el G7, el G20, la Unión Europea, los BRICS, el foro de Davos e incluso el Board of Peace impulsado por el presidente Trump.

La gran diferencia entre estos últimos y las Naciones Unidas radica en la forma de ingreso. Mientras una no discrimina para aceptar a sus miembros, los demás tienen una membresía más selectiva. Ya que deciden entre ellos a quién aceptan como su par. Dejando por un lado ese espíritu universalista, aparentemente igualitario, al menos en el papel. El mundo de clubes donde se decide entre sus asociados lo que afecta a la mayoría puede ser cómodo para ellos, pero no lo es para quienes no forman parte.  

Lamentablemente, ocho décadas produjeron un desgaste natural de la ONU. Esto no se puede atribuir a algo especifico. Una serie de elementos pueden ser evidentes. Una burocracia, no pocas veces, excesiva, cara y lenta. La percepción de muchos miembros que solo los cinco estados con derecho a veto son los que en realidad deciden. Quizás, fue su poca capacidad de adaptarse a un mundo muy diferente al de su fundación. Incluso, las presiones, no solo económicas, de algunos países. Lo que es un hecho es que foros alternativos le fueron robando el protagonismo. 

En este contexto, la Asamblea General de las Naciones Unidas, se apresta a elegir al sucesor de, su Secretario General. Esto deberá definirse antes de fin de año. De momento no se sabe quién será el electo. Es previsible, que dentro de los grandes desafíos que tendrá durante su mandato será el de liderar una reforma profunda de la organización.

Los valores fundacionales siguen estando vigentes. El reto más importante será recuperarles su sitial histórico y con ello el de toda la Organización. Esto no es fácil, por el contrario, es muy difícil. Ya que hay muchos intereses en juego. El mundo ha cambiado su configuración. En estos tiempos de incertidumbre, gran parte de su estabilidad depende de volver a identificar puntos de encuentro comunes a todos.

Es por eso, que el éxito de estas reformas es vital. Porque, en un escenario tan volátil como el actual donde, cada vez más, los estados están recurriendo a la violencia, a la intervención directa y las relaciones de poder entre ellos. Es imperativo recuperar un foro serio y con credibilidad, donde las voces sean escuchadas nuevamente con atención y lleguen a todos.

Mas preciso que repetir que el multilateralismo fracasó, es indicar que se fragmentó. Al hacerlo se multiplicó en varios centros que por especificidad fueron ganándole terreno protagónico a la ONU. El reto para el nuevo Secretario General es lograr que los discursos de los líderes sean escuchados sin lugares vacíos. Que los llenos sean de nuevo absolutos, no por cumplir con un compromiso diplomático, sino por realizarse en la primera tribuna del orbe. Donde su histórico podio de mármol verde vuelva a ser el “punto de apoyo” para que los grandes dirigentes muevan al mundo. Que nuevamente sea ese “Salón de Esperanza donde se encuentren la mayoría de los líderes del planeta”. El mundo lo necesita.   

Nueva Guatemala de la Asunción, 27 de septiembre del 2026

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