Experimentamos un proceso profundo de reconfiguración del Orden Mundial. La búsqueda del hegemón, si bien es una constante a lo largo de los siglos, está ahora determinada por los movimientos bruscos, inesperados; jugando con un menú alejado de las fórmulas tradicionales. Esos giros, con ingredientes que no están en la caja de las herramientas acostumbradas, marcan un devenir donde sobresale la incertidumbre como lo único garantizado.
Los cambios generados tras la finalización de la II Guerra Mundial, y después, tras la caída del muro de Berlín, fueron sucesos determinantes, cuyas implicaciones se expresan aún en la actualidad. Ambos ejemplos se caracterizaron por la deriva de sucesos producto de dos grandes alteraciones que modificaron el escenario. En ambos, el factor bélico, así como la creación de bloques de naciones contrapuestos en sus motivaciones e intereses, fueron determinantes.
El asunto ahora se mueve en otras dimensiones. Las guerras son medios, no fines que forman parte de un menú donde las opciones son variadas, incluyendo el uso de recursos como los aranceles, como medidas que se mueven entre lo real y la creación de temores asumiendo un rol de juego de dominó que se expande con rapidez.
La idea original que consideraba que el orden mundial era un arreglo pactado entre potencias dominantes resultantes de los dos eventos indicados que definía el papel cada una de ellas habría de desempeñar, ha quedado en el olvido. El supuesto era que ese pacto modelaría un conjunto de principios, leyes e instituciones internacionales que establecerían los criterios y las relaciones que tendrían los actores en la escena global, tanto los primarios, los secundarios, así como los peones, como Guatemala. Como producto del “orden mundial” se produciría un equilibrio básico que permitiría la coexistencia, por supuesto, no alejada de tensiones y factores de riesgo, pero que, en todo momento, el equilibrio, aun cuando fuese por momentos frágil, se mantendría como imperativo.
Ahora, tal parece que el objetivo no consiste en buscar los equilibrios, sino precisamente en lo contrario; la inestabilidad como regla, y no como excepción. Claro, tiempo después, los mismos generadores de los conflictos saltan a la palestra como los ungidos de la falsa “paz”. Algo similar ocurre como el marco de normas y convenciones, pilares de la supuesta “convivencia”, que no es más que un escenario engañoso, donde los apretones de manos y muchos acuerdos son más falsos que las monedas de tres centavos. En ese clima, las reglas del juego que primaron durante décadas pasan momentos complicados en la actualidad: multilateralismo, cooperación, resolución pacífica de los conflictos, respeto al derecho internacional. El factor determinante es la erosión sistémica y acelerada.
Queda en evidencia la vigencia del planteamiento de Makoto Itoh, quien, con relación al concepto de orden mundial, precisa que no dura mucho, pues «La historia avanza muy rápido, de manera que se torna obsoleta en sólo unos cuantos meses“.
Las constantes volatilidades, los cambios abruptos, la ausencia de direccionalidad dan paso, en forma sumamente peligrosa, al robustecimiento de diversas formas autoritarias, que, aunque no son nuevas, se nutren del desbarajuste por la que transita el escenario global. Para muestra lo que pasa en El Salvador con el nombramiento de una capitana como ministra de educación; nada más simbólico del retroceso civilizatorio.
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