Pensar la maldad de este mundo

Jorge Mario Rodríguez

octubre 12, 2026 - Actualizado octubre 11, 2026
Jorge Mario Rodríguez

Uno de los temas que acaparan con mayor intensidad la atención mundial es el agravamiento de las crisis, cuyas consecuencias son tan devastadoras que ya se denominan “existenciales”. Aunque siempre existe la tendencia a buscar factores estructurales para explicar problemáticas como las del cambio climático o la corrupción sistémica (p. ej., los nuevos escenarios geopolíticos), debemos considerar también que el caos global carece de un horizonte de salida. De hecho, parece imposible dar sentido a las cerradas precariedades que vivimos —un hecho que se manifiesta en el rango epidémico de la depresión.

Esta situación empeora con el retorno de creencias que parecían sepultadas por el avance de la racionalidad humana. Los sectores de poder vuelven a asumir la creencia en la desigualdad natural de los seres humanos, en las jerarquías raciales y sexuales, en la absoluta irresponsabilidad del poder, en la inutilidad de la democracia y en la necesidad de acelerar el fin del mundo. Más de algún lector puede arquear las cejas con escepticismo, pero, lamentablemente, estas ideas están en la mente de aquellos que ahora dominan el mundo.

Una consideración histórica quizás aclare un poco más mis consideraciones. Hace menos de un siglo, el mundo se vio envuelto en una conflagración que surgió de creencias en un nacionalismo agresivo basado en las concepciones racistas más descabelladas. Superada esa época, con un saldo de sufrimiento inimaginable, se pensó que con la muerte de Hitler y Mussolini se había extinguido el fascismo. Sin embargo, algunos vigías, como el filósofo alemán Theodor W. Adorno, observaban el eclipse de esos profetas del odio advertían la posibilidad de que regresaran nuevas formas de fascismo. En una famosa conferencia de 1959, Adorno identificó algunas de estas manifestaciones que se intensifican en el mundo contemporáneo. Es decir, los problemas sociales en los que hierve el caldero del fascismo están presentes aún en día.

Recuerdo que Adorno tematizaba esa “frialdad burguesa”, que hace tan difícil la empatía con quienes sufren, adquiere nuevas formas en el reduccionismo emocional de las redes sociales. Pero al hablar de la falta de empatía ante el dolor ajeno, nos adentramos en el terreno de la ética. Ya no podemos negar que vivimos una crisis ética de alcance global, una que atraviesa todas las esferas de la vida humana. Esta reflexión sobre la moral nunca será una ocupación ociosa ni mucho menos ingenua; ella da forma a toda relación humana, estableciendo los parámetros razonables de toda interacción social.

Desde hace tiempo se ha observado un debilitamiento de las dimensiones valorativas de la vida humana, que corre en paralelo con la crisis autoritaria que vive el mundo. Este es un tópico cada vez más urgente que, sin embargo, se ve mermado por la poca familiaridad que las personas tienen con un área de la vida que se ha nutrido de la reflexión a lo largo de miles de años. De hecho, muchas personas no logran distinguir entre la ética y la moral y no quieren ni siquiera considerar que sus creencias morales pueden someterse al análisis crítico. Claro, muy pocos gustan de la argumentación, especialmente en una época en la que hasta la capacidad de comprensión lectora se ha reducido de manera catastrófica.

Y aquí se puede dar otra vuelta de tuerca para comprender que el problema ético también guarda relación con el de la maldad. Muchas personas consideran este término innecesariamente teológico. Pero proceder de este modo impide comprender algunas de las reflexiones más importantes que surgieron de las barbaries del fascismo. Volteemos la moneda del bien y visualicemos el escudo del mal… y ya no podemos seguir con esos cientificismos ingenuos que niegan la vigencia de esta categoría.

Creo que la profundidad de la comprensión de que estamos en una situación de prevalencia de la maldad debe llevarnos a comprometernos más allá de lo que se requiere en la frialdad moral esbozada por Adorno. No se trata de no portarse mal; es asunto de hacer lo posible por construir un mundo nuevo, de no permitir que funcionen los engranajes de este mundo que nos tritura —aun cuando la descerebrada derecha nacional se asuste. Para tal efecto, es necesario pensar en los caminos y no concentrarse en lo que dominan los sectores críticos, especialmente en Guatemala: pelear por los liderazgos, aun cuando se carezca de una visión política fructífera.

Es importante que los jóvenes y la sociedad en general tomen conciencia de los riesgos que conlleva la vida sin reflexión. Pero también la educación ayuda a reflexionar en los escenarios que ofrece el futuro y, para tal efecto, es necesario considerar criterios éticos que dependen de las respuestas a las preguntas de largo aliento que debemos resolver. El problema de no pensar éticamente es ese cúmulo de acciones alocadas que moldea este ambiente tóxico y debilita la actividad del presente. Si queremos hacer algo que nos permita concebir un mundo mejor, tenemos que luchar por usar el pensamiento y no por actuar ciegamente.

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