Durante décadas, la economía global funcionó bajo un principio rector: la predictibilidad de las reglas. Aunque no siempre se respetó íntegramente este principio, al menos existía una convicción mínima sobre cuál era la mejor forma de proceder. La liberalización comercial, la estabilidad institucional y los tratados multilaterales permitieron que países como Guatemala encontraran márgenes para crecer, aun con sus debilidades estructurales. Pero ese mundo está cambiando rápidamente. Hoy exsite una nueva etapa, marcada por la incertidumbre, la rigidez política y la fragmentación del orden económico internacional. Frente a este escenario, la adaptación no es una opción: es una necesidad.
La reciente decisión de la Junta Monetaria de revisar a la baja la proyección de crecimiento económico no debería alarmar a nadie: una reducción de unas décimas en el pronóstico del PIB entra dentro de los márgenes esperados dadas estas nuevas circunstancias. Sin embargo, el mensaje de fondo sí es significativo: los riesgos están aumentando, tanto desde afuera como desde adentro. Y eso exige respuestas.
Por el lado externo, las tensiones comerciales entre Estados Unidos y China han derivado en medidas proteccionistas que golpean a terceros países, incluso sin ser el blanco directo de esta batalla entre superpotencias. Guatemala, por su estrecha dependencia de las exportaciones al mercado norteamericano y del ingreso de remesas, se encuentra en la línea de fuego de este nuevo orden más volátil. Las remesas han seguido creciendo, pero el fantasma de restricciones migratorias puede alterar los patrones de consumo de cientos de miles de hogares, que —en lugar de destinar esos ingresos al gasto corriente— podrían optar por ahorrar una parte de manera precautoria. Del lado de las exportaciones, Guatemala enfrenta ahora aranceles que no aplican a competidores clave como México, lo que erosiona la competitividad de productos fundamentales para la economía. Estos factores, inevitablemente, están impactando la actividad económica y, si la situación se agrava, seguirán pasando una factura considerable al crecimiento nacional.
Si el contexto externo es difícil, el interno poco hace por mejorar las cosas. La tensión entre el Ejecutivo, el Congreso y el Ministerio Público, sumada a la ausencia de consensos mínimos para afrontar los grandes desafíos nacionales, debilita nuestra capacidad de reacción. En otras palabras: está lloviendo fuerte desde afuera y, en vez de reparar el techo, parece haber una consigna por debilitar aún más la estructura que lo sostiene, aunque eso implique el riesgo de provocar inundaciones.Alguien podría argumentar que nada de esto es nuevo, que, en realidad, es el rasgo más persistente de nuestra práctica política. Si bien nadie pone en duda la validez de ese argumento, lo cierto es que Guatemala ya no vive en el entorno económico relativamente predecible que marcó las últimas décadas.
Lo que hoy enfrenta el país es lo que los estrategas denominan un mundo VUCA: volátil, incierto, complejo y ambiguo. No se trata de una moda conceptual, sino de una descripción bastante precisa del terreno que transitamos. Guatemala, como otros países en desarrollo, no puede controlar la tormenta, pero sí puede decidir cómo navegarla. La adaptación estratégica, instituciones que respondan con agilidad y decisiones bien fundamentadas —más que impulsadas por ideología o cálculos de corto plazo— son las claves para no quedar atrapados entre las tormentas externas y las internas.
La economía guatemalteca ha sido históricamente resiliente. Ha sorteado crisis financieras, pandemias y choques de precios. El país mantiene una inercia de crecimiento modesto, pero constante, alrededor del 3.5%. Sin embargo, esa resiliencia no es infinita. La incertidumbre acumulada puede pasar factura si no se acompaña de señales claras de estabilidad institucional y de rumbo económico. Lo que más afecta la inversión no es la lentitud del crecimiento, sino la falta de confianza en el entorno. Más que alarmarse por una cifra puntual en la proyección de crecimiento, hay que concentrarse en lo que esta revisión revela: la necesidad de fortalecer nuestra capacidad de adaptación, nuestra cohesión política y nuestra claridad estratégica. Porque en un mundo como el actual, adaptarse no es debilidad: es la única forma real de resistir.
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