Hoy es un buen día para recordar lo esencial de Muso. Han pasado quince años desde que Don Manuel “Muso” Ayau dejara físicamente este mundo. Y, aunque algunas de sus ideas ya no estén de moda en el mundo, incluso para guatemaltecos que dicen ser sus seguidores, la claridad de su pensamiento se hace más necesaria que nunca. Sobre todo, en una época, en donde hay personas confunden la defensa de la libertad con lealtades ciegas hacia los caudillos de turno y sus medidas populistas. Es vital recordar lo que Muso decía: “Que pase adelante quien ame la libertad por encima de la tradición y crea que la batalla de las ideas es la única vía para transformar nuestra realidad”. (Alvarez, G. 2019. Cómo hablar con un Conservador).
Muchos de quienes hoy se arropan con banderas liberales celebran posturas contrarias a esos principios—como las políticas nacionalistas e intervencionistas de Trump en E.U.A.. A ellos, las palabras de Muso les hablan fuerte y claro, aunque a veces parezcan ignorarlas: la defensa de la libertad no admite atajos ni contradicciones.
Por ejemplo, Ayau sostenía que en Latinoamérica prevaleció históricamente un sistema mercantilista (basado en privilegios, proteccionismo y manipulación estatal de la economía) que muchos erróneamente llamaron “capitalismo”, a diferencia del auténtico capitalismo liberal que propugna mercados libres. Ayau recalcaba la “imperativa” necesidad de distinguir entre el verdadero capitalismo y esos “falsos sistemas capitalistas, o sea los mercantilistas disfrazados de capitalistas”, especialmente si se quería eliminar la pobreza en nuestros países (Tópicos de Actualidad, Año:38, Junio 1996; No.818) En otras palabras, no se debe llamar “libre mercado” a un sistema donde el Estado otorga privilegios o controla el comercio a favor de grupos particulares. Aunque tales medidas se justifican en nombre de recobrar mejores tiempos o recuperar glorias perdidas.
Muso fue un guardián férreo de la verdadera libertad, un defensor incansable del libre mercado frente al disfraz del mercantilismo: “En Estados Unidos, el federalismo significó la descentralización del poder y el libre comercio entre los estados de la Unión Americana y el resultado fue el mercado común más grande y duradero de la historia moderna. En contraste, el mercantilismo floreció en América Latina bajo la errónea designación de capitalismo” . Esa advertencia es hoy un faro para no perder el rumbo en tiempos en que se elevan discursos que, aunque acompañados de la defensa de intereses empresariales, de la grandeza nacional o la protección contra dañinas ideologías de izquierda, abrazan la intervención estatal y el proteccionismo que Muso combatió con la razón. Muchos de quienes hoy rinden pleitecía a figuras globales que encarnan este tipo de discurso, Ayau los hubiera criticado fuertemente: la manipulación arancelaria, las guerras comerciales y los nacionalismos económicos promueven los privilegios y debilitan el mercado libre.
En lo relativo al manejo de las finanzas públicas existe una confusión similar. En tiempos donde líderes de derecha e izquierda incurren en déficits masivos y aumento del gasto público, Muso recordaría que todo gasto del gobierno, al final, lo paga la sociedad: no existe dinero público “gratis”, ni almuerzos gratuitos financiados por deuda indefinida. Tal como se lee en el Manual del Estudiante, texto que Lucy Martinez-Montt, recordada decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la UFM, preparó como acompañamiento al El Proceso Económico, de Ayau: “en última instancia, la sociedad paga la totalidad del gasto público, sea éste financiado con la recaudación fiscal presente, con deuda pública que hipoteca la recaudación futura, o con dinero nuevo” Así, cualquier promesa de ampliación del gasto público, por más que se mercadee como algo “bonito” o “deseable” tiene un costo que no puede esconderse. El gasto irresponsable y la deuda masiva no solo afectan a la economía; sino que erosionan la confianza en las instituciones y alejan el desarrollo.
A cien años de su nacimiento y quince años de su partida, es un deber renovar el compromiso con esas ideas claras, coherentes y valientes que él dejó. La verdadera libertad, la que Muso defendió con pasión, exige claridad, rigor y sobre todo valentía para resistir doctrinas incontestables, que no admiten discusión; que no se defienden con argumentos ni se someten a contrastación con la evidencia. Doctrinas que exigen fe, lealtad y obediencia, y en las cuales no existe la mínima posibilidad de debate intelectual —base del pensamiento liberal, científico y democrático.
La libertad que pregonaba Muso se basa en una recta razón, en una ley natural en la cual la sociedad está organizada alrededor de leyes justas para todos (y no de decretos antojadizos de los líderes de turno) y que permiten la mayor felicidad para la mayoría (y no la expresión de los gustos arbitrarios del tirano de turno). Esta libertad se expresa en normas económicas, sociales y políticas que permiten una discusión pública abierta y en la cual la verdad se busca tanto por la competencia de ideas como por la evaluación de sus resultados. Es la forma más eficaz de evitar que la dignidad de las personas sea consumida por las tradiciones, miedos o la tiranía de la mayoría. A cien años de su nacimiento, honrar a Muso exige menos ceremonia y más coherencia intelectual.
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