Recibiste la noticia que te habían aceptado en la universidad. Estabas en la lista de admitidos junto a otros nombres. Algunos de ellos se harían tus amigos, tus compas. Lograste ingresar después de presentarte varias veces. Tu alegría no podía ser mayor. Te admitieron a la carrera que habías elegido, aunque mantenías la incertidumbre ante tu decisión. A ello te dedicarías los próximos años, primero siendo estudiante… después profesional. Dudabas, más no se opacó tu entusiasmo de saber que ya eras parte de una institución universitaria. Sabías que cambiaría tu vida, tu cotidianidad. No habría más formaciones como en el colegio, ni llamados de atención por llevar mal el uniforme o no tomar la debida distancia en la fila. La llegada a clases sería según el horario; diferente para cada programa y para cada grupo. El timbre no marcaría el avance del día. Desaparecería el “descanso” o “recreo” de todos a igual hora. No estarías necesariamente con los mismos compañeros en todas las asignaturas.
También aprendiste que los encuentros eran en espacios abiertos y sedes distintas; lugares por los que te moverías guiado por dinámicas académicas e interés personal. Hoy un concierto, mañana clase electiva, martes de conferencia, una presentación de teatro y luego reunión con el colectivo estudiantil. Jueves cine foro. Después de la última clase, imperdible sentarse en el corredor, la esquina, el parque… lugares donde la vida universitaria se extiende. Te sentías dueño de tu tiempo, de tus agendas… de tus cosas.
Tus relaciones cambiaron. Salías de casa sin más explicaciones que las que caben al decir “voy para la U”; declaración de independencia que de niño añoraste… salir sin aclarar dónde estarás. En casa sabían que irías en la U, un lugar que son muchos a la vez. El sentido de amistad fue creciendo con tu edad; conociste de manera profunda la palabra compañero. Te relacionaste con universitarios de otras ciudades, otros pueblos, otras realidades. Así supiste qué es estar solo en la ciudad, depender de una mesada, ahorrar para el mes o cocinar juntos. Un “vivir solo” que es un saberse acompañar. En medio de la precariedad conociste la solidaridad entre compas y el sentirte más cerca de las realidades del país.
Al compartir el almuerzo se reía, se bromeaba. Entre clases y tiempos se planeaba la rumba, el deporte y, por supuesto… se vivía el amor. Tu sentido de realidad se expandió. Ya no era solo la realidad de tu familia, ahora era la de tus amigos/as, pero también la de otros/as. Las asambleas estudiantiles, las reivindicaciones sociales y los derechos humanos empezaron a hacer parte de tus días. Viviste el sentido de lucha de manera colectiva: ir a la marcha, llevar la camiseta, hacer la pancarta, caminar la pobreza, sentir el despojo… el grito expresado con rabia, pero con la fuerza de la esperanza.
Viviste lo que significa ser estudiante –ente que te moviliza a estudiar. Estabas implicado en las clases. Estudias en casa, en la biblioteca, en las mesas de la cafetería o en algún pasillo de la Facultad. Aprendes a enfocar la atención. Consultas, indagas, escribes y te expones ante los demás. Comienzas a tomar posición, a debatir y defender tus ideas, a estar de acuerdo o no estarlo, y a dejar conversaciones abiertas para próximos encuentros. En cada semestre encuentras más razón-sazón entre lo que escogiste estudiar y la transformación de la sociedad. Tu juventud palpitaba con tus estudios.
Aprendiste que es primordial hacer crítica de los temas que te dan. Disciernes sobre lo recibido. Los profesores reconocen tu osadía y arrojo; dicen que les instas a ser coherentes, incluso por fuera de sus clases y asesorías. Mencionas que algunos te inspiran, otros no; se limitan a dictar manuales de la asignatura en función de las preguntas que harán en el parcial. Eso te incomoda, te mueve a actuar. Cotejas lo exigido con la evaluado, dando a pensar que solo tiene sentido en tanto proximidad y pertinencia con la realidad de las comunidades. Piensas entonces que toda verdad supone una justicia y que ser estudiante, además que prepararse para ejercer una carrera, es luchar para que así sea.
Te vinculas a una realidad que es apertura al conocimiento y a otros horizontes de sentido. En este propósito vas con tus compas, quienes comparten contigo un sentir de compromiso social. Te asumes heredero de un legado de reivindicaciones que trasciende fronteras y tiempos. Por eso son también tus compas los estudiantes argentinos que en 1918 protestaron frente al dogmatismo e ideología universitaria. Movimiento de Córdoba que encendió la movilización estudiantil en Latinoamérica y que bien conociste a través de sus voces que aún resuenan: “Habíamos salvado valerosamente todos los obstáculos creados por la estupidez y la opresión. Irrumpíamos a la vida universitaria encendidos por inquietudes totalizadoras. Un sentimiento de caducidad de todo lo “hecho” y una necesidad jocunda de hacer y rehacer, de crear, nos dominaba. Era la nuestra una generación iconoclasta y ambiciosa. Y alegre. Sin grilletes. Limpia de sombríos rencores. Dispuesta a buscar los entronques profundos, y a identificarse consigo misma” (Deodoro Roca, 2017, p. 90). Su historia te inspiró. No estabas solo. Ahora… eres uno de ellos, los que no vieron la aurora de la profesión. La eternidad te alumbró temprano en medio de tus búsquedas y marchas colectivas.

Dijiste un 8 de junio “voy para la U” y no volviste más. Te fuiste a marchar… a caminar la U en voces de resistencia. La represión detuvo el andar de tus pasos, pero no el aliento de tus ideales. Tu grado fue póstumo. Meses después tus padres recibirían el diploma de profesional, aunque saben –como sabemos todos–, que sigues y seguirás siendo estudiante mientras la vida universitaria pulse. No te fuiste antes de tiempo… te fuiste en tu tiempo, ilusionado por los sueños del mañana, apasionado por las reivindicaciones del presente. Vas en la marcha haciendo soñar a otros, siendo lo que eres: un joven no conforme con lo dado sin más, con los profesores de manual, con una sociedad desigual. Defendiste con argumentos tus ideas, hiciste de la impertinencia parte de tu formación. La universidad fue tu universo de realización y no solo tránsito a una vida laboral. A ti nuestro homenaje. Portas el eterno orgullo de ser llamado estudiante.
Referencias:
Roca Deodoro.(2017).Obra Reunida. Universidad Nacional de Córdoba.
*Luis Guillermo Jaramillo Echeverri es Profesor en la Universidad del Cauca, Colombia
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