Para algunos, el intento de entender una crisis política a través de un lente ético es un esfuerzo que peca de ingenuidad. Para explicar esta posición, suele recurrirse a la tesis de Maquiavelo (1469-1527) sobre la separación entre la moral y la política. Sin embargo, transcurridos varios siglos de historia, dicha tesis despierta más dudas que convicciones. La ética es una dimensión inescapable de la vida humana, como lo es también la política, y si bien la complejidad de la vida social no siempre se alinea con los imperativos éticos, como lo vio el mismo Max Weber, también es cierto que, si se omite el aspecto valorativo de la vida humana, no se podrá entender nunca la crisis política que actualmente vivimos.
He reflexionado sobre este tema a partir de la situación ignominiosa que se vive en la Universidad de San Carlos. Creo haber identificado algunas claves normativas de este problema. Y es que el poder de Walter Mazariegos se desarrolla a través de un esquema social con varios tonos de lo que se llama la zona gris, ese ámbito de ambigüedad moral en el que nos ubicamos todos. Este personaje y su círculo cercano se nutren tanto del temor de los miembros de la comunidad universitaria como de los intereses ilegítimos de una clase política que hace el trabajo sucio de la oligarquía. El desempeño de estos grupos se beneficia de una sociedad que ha perdido toda capacidad de reflexión.
Las reflexiones sobre la maldad humana permiten comprender este juego de grises. Immanuel Kant (1724-1804) y Hannah Arendt (1906-1975) hablan del mal radical: Kant lo hace para explicar la raíz de la conducta inmoral y Arendt para entender la deshumanización del totalitarismo de tiempos de Hitler. No está de más recordar que el pensamiento de Maquiavelo fue muy anterior a las reflexiones de estos pensadores. Esta es una de las razones por las que siempre es conveniente tomar a Maquiavelo con un grano de sal.
Ahora bien, Kant explicaba las tendencias inmorales del ser humano por un hecho innato: la tendencia a ignorar el imperativo moral cuando entra en conflicto con nuestro interés y amor propio. Kant se refería a lo radical en términos de raíz, no en términos de deshumanización, como después lo haría Arendt. Para nuestro análisis, un punto crucial es que Kant sostenía que la inmoralidad de las personas se manifiesta de diversas maneras. No es lo mismo una persona que no tiene la fortaleza necesaria para cumplir con la moral que otra que se engaña a sí misma para determinar como moral lo que simplemente le conviene. El caso más serio es el de quien trastoca toda la escala de valores, es decir, el perverso.
Es claro que Mazariegos y su círculo de operadores, junto con personajes políticos y miembros de las clicas corrupta que pululan en las instituciones, son auténticos modelos de perversidad. En la ética los hechos dicen más que las palabras, puesto que los imperativos morales se refieren a la acción, no al decir. Por ello, es tan fácil saber quiénes nunca estarán capacitados para el trabajo político el cual demanda poner los intereses personales detrás de los valores que permiten una vida colectiva valiosa. Se puede aducir que esto casi nunca sucede y que hasta el proyecto más luminoso tiene sus profundas sombras. Pero esto no obsta para que no luchemos por un orden justo. El mismo Kant sabía que no somos ángeles y que nada bueno podía hacerse con la “madera torcida” de la humanidad. En todo caso, desde un nivel lógico se sabe que, si las cosas son así, no tienen que ser así. Estamos en el terreno de los valores y los principios y comprender este punto explica por qué no es una pérdida de tiempo hablar de la moral política.
Sin embargo, en el contexto social de mayor amplitud, se puede hablar de otro tipo de actitud inmoral: me refiero a aquellos que no reflexionan. Como se sabe, Arendt se refirió a este fenómeno como una expresión de la “banalidad del mal”, esa forma de actuar moralmente deficiente que no se aplica a los perversos sino a aquellas personas incapaces de reflexionar. Y aunque las cavilaciones de Arendt apuntaban a la actitud de un tipo nada inocente como Adolf Eichman —burócrata a cargo del transporte de los judíos a los campos de concentración— lo cierto es que el punto nodal era la falta de reflexión. Hay gente que dice lo que dicen otros, que siguen lo aceptado, las órdenes, las costumbres y con tal actitud viven una vida grisácea.
En esta época de influencers y estupidez algorítmica, hay muchas personas que no saben ni les interesa saber cómo su falta de interés está cortando sus posibilidades de futuro. A estos individuos es da igual que haya o no universidad; al final, no existe una conciencia política que busque un futuro compartido que todos deberíamos anticipar. Muchas veces es la simple ignorancia, la cual es funcional para la preservación del sistema de injusticia. Esto me ha hecho pensar que el imperativo de nuestra época es reflexionar: solo la voluntad de pensar nos sacará de ese marasmo que ahora nos atrapa.
El problema, pues, es que vivimos el desastre moral de nuestra sociedad actuando no siempre de manera perversa, pero sin voluntad suficiente para cambiar el sistema. La pregunta es: ¿hasta dónde vamos a estar dispuestos a vivir en medio de la podredumbre política? Lo irracional no está dispuesto a durar porque depende de la precariedad extrema. Este simple hecho me hace pensar que el desgobierno de Mazariegos no durará mucho más; el nivel de descontento es considerable. ¿Estaremos dispuestos a cumplir con nuestra cuota de responsabilidad? Precisamente, el ejercicio de la reflexión nos ayudará a identificar nuestra forma de contribuir al bienestar general.
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