Si realmente usted, mi muy estimado lector, no se nutre de la corrupción, no vive de ésta, no la practica y de corazón desea un mejor país, considero que su persona estará de acuerdo con este artículo.
En todo proceso de transformación, es natural que surjan dudas, críticas y diferencias. Pero lo que no debemos permitir es que la desesperación nos gane y robe esa energía necesaria para seguir trabajando por ese cambio positivo para Guatemala.
Aunque canse, lo reitero: la desinformación provoca un daño terrible y las narrativas que se incrustan son tan destructivas, convirtiéndose en el combustible que consume lo que buenamente y con el esfuerzo de muchos, se ha comenzado a construir.
Es innegable que nuestro país atraviesa una etapa política aún frágil, pero de momento sigue siendo esperanzadora. Y sí, aunque esto sea irreal para muchos, considero que los que sí se centran en buscar la información correcta y entender la situación de forma individualizada y no de manera general, apartados de las manipulaciones y las ideologías, lograrán percibir dichos cambios.
Por supuesto que hay cosas que han empeorado, pero intentaré explicarlo con esta analogía. Para el tratamiento de diversas enfermedades se recomiendan determinados medicamentos que pueden tener efectos colaterales o adversos, intensificar ciertos síntomas y afectar otras áreas del cuerpo y, por ende, de la salud. Esto puede ocurrir mientras el medicamento se adecúa a la persona o se logra la dosis necesaria.
En conclusión, en muchas ocasiones la remoción de ciertos padecimientos negativos, necesitan de medidas que desajustan los estados o los procesos y se perciba todo lo contrario a una mejoría.
Pero tras el paso del tiempo y para llegar a ver esa transformación, es necesario seguir tomando el medicamento que aparenta hacer más daño pero que a la larga, sí está curando y poco a poco los buenos resultados vayan permeando.
Actualmente, lo mismo sucede en muchos sentidos en esta compleja situación que atraviesa el país.
No se trata de pintar un panorama ideal, pues estamos claros que existen errores, retos y grandes desafíos. Pero basta con confirmar que existe la voluntad política de seguir adelante, para seguir tomando el medicamento.
Falta mucho por hacer y eso está claro, pero nunca empezar a trabajar por el bien y seguir apapachando la corrupción, porque a muchos nutre y conviene, eso sí resultaría letal.
Esos corruptos y parásitos de la impunidad son los que atacan todo esfuerzo que se haga y determinados a confundir a los desinformados, destruyen cuento puedan, enfocándose en esos efectos colaterales, que prácticamente todo proceso de resolución tiene. Los que alegan y a los que todo les molesta siguen atacando, porque es mucho lo que tienen por perder, inclusive su libertad.
Pero seamos objetivos, es mucho con saber que, desde hace tiempo, no vemos rostros nuevos en las cúpulas de poder y muchas de ellas con principios, convicciones no ligadas a la corrupción o al crimen organizado y con una genuina voluntad de servir. Eso, de por sí sólo, ya marca una diferencia sustancial respecto a los años en que la política ha estado secuestrada por mafias, clientelismo y pactos oscuros.
Hoy, la amenaza no sólo viene de quienes quieren sostener ese sistema corrupto y vivir de éste, sino también de quienes, desde la frustración o la impaciencia, caen en el juego de deslegitimar sistemáticamente cada paso que este gobierno da.
Criticar lo que está mal es necesario, pero destruir indiscriminadamente lo que apenas comienza a tomar forma, es irresponsable. ¡Seamos críticos, muy objetivos y, sobre todo, proactivos!
Plegarse a las narrativas divisionistas y partidistas, muchas veces orquestadas desde las mismas estructuras corruptas del presente y del pasado, es abrirles la puerta a los candidatos de siempre, a esos que hoy esperan agazapados y muy prestos y dispuestos a presentarse una vez más como opción.
Los cambios reales y permanentes no se logran rápido. Todo conlleva un proceso de implementación y se nutre de trabajo continuo, esfuerzo permanente, una fuerte participación ciudadana y por, sobre todo, se defiende con consciencia, inteligencia y coherencia.
Necesitamos madurez política para distinguir entre un proceso que necesita tiempo para consolidarse y un retroceso que sólo nos condenaría a la permanente impunidad y el cinismo.
La mejor campaña es el trabajo que se realiza y en eso debemos concentrarnos, tanto pueblo como gobernantes.
No es momento de pensar en partidismos, ni en las reestructuraciones de partidos políticos, sino en la construcción de este país. Ahora es momento de gobernar, con sentido común y basados en un proyecto de nación.
La forma más sensata de consolidar una verdadera democracia es permitiendo que quienes sí han demostrado un genuino compromiso para con el país, tengan la oportunidad de continuar trabajando por éste.
Esto podrá ser viable, única y exclusivamente, si ese trabajo está apoyado por la ciudadanía y su sustento sea nuestra Guatemala y no un slogan, un nombre, una imagen o un color.
A las voces de los jóvenes conscientes, a los sectores activos y con propósito, a esa ciudadanía que sí lucha por una mejor Guatemala, les pedimos: ¡No repitamos errores!
Evitemos desperdiciar una oportunidad y sigamos dando pasos, recordando que existen personajes que sólo se encuentran al acecho de las fallas y que nunca estarán a favor de la enmienda, de la honradez y de la construcción. Poner orden es responsabilidad de todos, por lo que nos toca defender nuestro futuro, con esfuerzo conjunto y mucha determinación.
¡Hay mucho por corregir, sí, pero también mucho por perseverar!
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