Francisco Alejandro Méndez, una amistad a cuatro voces

Más allá del literato que en 2017 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias hubo un hombre que, en algunos aspectos, se parecía al personaje de su creación, Wenceslao Pérez Chanan pero, además, era un autor humilde y un ser humano capaz de tenderle la mano a quienes atravesaban momentos de desánimo.

Ana Lucía Mendizábal

abril 5, 2026 - Actualizado abril 4, 2026

“Escritor guatemalteco de novela negra, criador de Pointer Inglés y Weimaraner. Adorador de insomnios”. Así se definía el propio Francisco Alejandro Méndez Castañeda (1964-2026) en su perfil de Facebook. Su reciente fallecimiento, trajo a la memoria de sus amigos, pasajes vividos con intensidad a la par de un hombre, a quien describen como generoso, divertido y sumamente talentoso.

Algunos de esos colegas, tanto periodistas como escritores, accedieron a compartir con el público de eP Investiga, anécdotas en las que pueden apreciarse rasgos del escritor que en 2017 se alzó con el máximo premio nacional a las letras.

Los relatos que comparten Álvaro Sánchez, Gabriel Arana, Javier Payeras y Eduardo Villalobos no son solo un homenaje. Pintan a un hombre generoso, en el árido contexto de una Guatemala casi siempre indiferente y hasta cruel con sus autores. También ofrecen una perspectiva de su perseverante humor aún en los tiempos difíciles. Además, de brindar una respuesta al origen de su icónico comisario Wenceslao Pérez Chanan, un detective con el que, admitía, tenía mucho en común.

Novato

Por Álvaro Sánchez (Artista visual y escritor)

En algún punto del 2017, la publicación Del Blog a la Revista de la Universidad de San Carlos me comisionó una portada para uno de sus números próximos a circular. Acepté, por supuesto, sabiendo que tendría la libertad absoluta de crear lo que se me antojara; y solo eso, ese pequeño refugio de soberanía creativa, ya era suficiente para mí. La propuesta gráfica no tuvo ningún inconveniente para ser aprobada por el consejo editorial, lo cual ya era un milagro en sí mismo. Quedaron en avisarme cuando estuviera lista la versión física; a veces eso nunca sucede y el trabajo se queda flotando en el limbo digital, pero en esta ocasión, afortunadamente, el objeto sí llegó a materializarse. Me alegré mucho, no voy a engañar a nadie; siempre se siente maravilloso ver el resultado final en papel. “El fetiche del objeto”, diría algún intelectual trasnochado por ahí, y yo, en mi vanidad de diseñador, no podía estar más de acuerdo.

A pocos días del lanzamiento, recibí una invitación de los encargados del proyecto para integrar un conversatorio sobre literatura y medios. Ciertamente, no era la primera vez que participaba en una charla colectiva, y supuse, con una mezcla de lógica y ego publicitario, que me habían convocado por temas estéticos, obviamente, pero también por mi trayectoria en el mundo de los anuncios. Dije que sí sin pensarlo mucho, con la ligereza de quien llega puntual a un banquete, sin sospechar que esa noche el plato principal sería él mismo. En ese instante no sabía quiénes serían los otros panelistas; no fue hasta el día de la presentación que descubrí, con un escalofrío, de quiénes se trataba. Uno de ellos era el buen Paco Méndez. Para entonces, hacía un buen tiempo que no lo veía y, sin embargo, nos saludamos con esa naturalidad de los viejos conocidos, como si nos hubiésemos cruzado el día anterior en cualquier esquina de esta ciudad. Si bien, no éramos cercanos en esa época, siempre existió una cordialidad genuina entre ambos cada vez que coincidíamos. Todo empezó con una normalidad engañosa, pero el surrealismo guatemalteco no tardaría en irrumpir en aquella sala.

De pronto, un pequeño comité de gente vestida de blanco entró al recinto. Lo que parecía ser un thobe y un kufi musulmán a primera vista dominaban la escena, rompiendo la sobria estética académica de la San Carlos. —As-salamu alaykum wa rahmatullahi wa barakatuh— fueron las primeras palabras que escuché resonar con autoridad en el aire. Fue en ese preciso segundo que empecé a dudar seriamente si no había asistido, por un error del destino o de mi propia distracción, a un evento totalmente distinto al que me habían planteado. Luego descubrí que alguna asociación musulmana de Guatemala —de la cual no recuerdo el nombre ahora, quizá por un bloqueo postraumático— fungía como patrocinadora de la edición. “Perfecto, ningún problema con eso”, me dije a mí mismo en un intento de autoconvencimiento; dejé cualquier clase de prejuicio a un lado y traté de concentrarme en no parecer un idiota.

Conforme avanzaba la plática, el discurso se fue desviando poco a poco a terrenos que me eran totalmente ajenos: es decir, el periodismo puro y duro. En ese punto, volví a cuestionar mi presencia en el lugar de forma casi existencial. Mi paso por el mundo de la prensa se limitaba, en aquel entonces, a leer un diario impreso con un café de mala calidad por la mañana en alguna cafetería del centro. Estaba fuera de mi elemento, totalmente desencajado. Estoy seguro de que Paco notó mi expresión: un rostro pálido, sudando frío, preguntándose qué carajos iba a decir o qué hacía hablando delante de una sala llena de estudiantes hambrientos de conocimiento. Por mi mente pasaban preguntas como: “¿Por qué chingados había aceptado?”. Yo solo era un tipo que quería ver su obra impresa en una portada, no un analista de la comunicación. Al notar mi nerviosismo evidente, Paco me miró de nuevo y murmuró algo que no entendí debido al eco del salón, pero aprovechando que el otro panelista seguía enfrascado en su relato, me acerqué y le solté en un susurro desesperado:

—Maestro, no sé qué chingados estoy haciendo aquí. Pensé que esto iba por otro lado, pero ya me di cuenta de que no.

Él esbozó una sonrisa de esas que se le hacen a alguien cuando se sabe que se metió en un problema por arrogante o por incauto. Se volvió hacia mí, diciéndome en voz baja que no me preocupara, que él se encargaba de la situación y que me daría el pie para intervenir de forma segura. Yo solo pude asentir con mi cara de novato imbécil y dejar que la suerte dictara mi destino en esa mesa.

Minutos después fue su turno. Y como si hubiera regresado a los tiempos de los filósofos de la antigua Grecia, el público presente cayó bajo el embrujo de sus crónicas periodísticas. Una anécdota tras otra. El resultado: una audiencia cautivada por su carisma.

Cuando me tocó hablar, lo único sensato parecía ser desaparecer rápido. Balbuceé algunas ideas sobre la composición gráfica para luego desear meter la cara en la tierra, metafóricamente hablando. Luego de escuchar a Paco, todo lo que yo pudiera aportar era tan prescindible como una de las cervezas que me tomé al final del evento.

Creo que ese día entendí dos cosas: con quién había compartido mesa… y quién era él. Pero también descubrí a un hombre con mucha empatía. Le agradecí; le dije que me había salvado de hacer un ridículo mucho peor. A lo que él solo me contestó:

—No pasa nada, maestro, todo bien.

Algunos años después, y luego de varias colaboraciones con el arte de portadas para algunas de sus novelas, nos encontramos en un evento literario. Y como suele pasar, la noche dictó el rumbo y paramos con Paco y otros escritores en la Avenida Elena, comiendo hamburguesas alrededor de la medianoche. En esa ocasión hablamos sobre la posibilidad de que él escribiera algo sobre mi obra plástica. Nos volvimos a juntar luego para una serie de entrevistas para seguir profundizando en mi trabajo. La vida y las agendas no permitieron que nos reuniéramos de nuevo.

Nos volvimos a encontrar a finales de febrero de este año en el Pasaje Rubio. Como siempre, me dio mucho gusto saludarlo. Lo primero que me dijo fue:

—Maestro, estamos pendientes con tu texto, sé que te lo debo.

A lo que yo le respondí que no había problema, que aún había tiempo. Al final no lo hubo. Nunca lo hay. Cometí el error de pensar que, de alguna manera, tenemos siempre toda la eternidad para juntarnos, tomarnos un bourbon y seguir con esas entrevistas. Supongo que los dioses decidieron que sigo siendo un novato, y que las letras de Paco eran algo que no merecía aún. No tengo problema con eso. Quién soy yo para cuestionar los designios divinos.

Ahora que ya no está con nosotros, espero que estas humildes palabras sirvan como un pequeño tributo a su memoria y a su legado. El próximo bourbon es a tu salud, maestro. Que tu viaje sea en paz. Por aquí te seguiremos leyendo.

Francisco Alejandro Méndez junto a Álvaro Sánchez. Foto: Cortesía Álvaro Sánchez

Perdimos a Paco, lo demás es silencio

Por Gabriel Arana Fuentes (periodista cultural y escritor)

El resuello de Paco reventaba el salón, sonaba como un motor viejo forzado en subida. Tres niveles a pulso, bastón en mano, sin ascensores, sin tregua y su respiración penetrante. Edad, sobrepeso, noches largas, alcohol, libros, redacciones, madrugadas sin redención. Todo eso le caía encima al cuerpo y aun así llegó. Martes, siete de la mañana. Llegó a dar la ponencia. Como tantas veces. Como tantos favores que ya no se pueden cobrar luego de más de 20 años de amistad.

Primero fue mi fuente, y quiero creer que luego mi amigo, y desde el principio me trató como igual, como colega. Yo, estudiante de segundo año de la U, empezaba como periodista allá en 2002.

«Hola, Francisco Méndez, su número me lo dio Juan…

–me interrumpió– Decime Paco. Francisco Méndez era mi abuelo. ¿En qué te puedo ayudar?»

Ahí se acabó la distancia. No hubo pedestal, hubo trato de iguales.

Pero este evento del que hablo pasó en 2019. Invité a Paco a dar una charla sobre Miguel Ángel Asturias. Yo impartía redacción en la Licenciatura de Ciencias de la Comunicación. Quería meterle pólvora a la clase.

«¿Pero puedo hablar de otras cosas?» —me dijo—. «Hay mucho qué decir de Asturias».

«Dale, lo que querrás. Entonces metele también el tema del racismo».

«Ahhh esa mierda… la gente que dice eso no lo ha leído. Que lean la tesis. Luego hablamos, te aseguro que Ak’abal no lo ha leído», dijo con sorna.

Ese día llegó desarmado por la subida, respirando como un animal herido. Antes de presentarlo se inclinó y soltó al abrazarlo en el saludo:

«Putos jesuitas vos, no ponen ascensores… con lo que les cobran a los estudiantes…»

Me reí antes de poder contenerme. La clase no supo por qué. Ahí empezó todo.

Paco hablaba y el salón desaparecía entre su historia. No explicaba, te envolvía en el relato, metía a Asturias en la mesa, lo sentaba con vos, te contaba Mulata de tal como si él la hubiera escrito. Convertía la literatura en un animal vivo. Eso no se aprende. Eso se trae o no se trae.

Podría rememorar noches infinitas, botellas vacías, excesos. Y aunque las hubo, no es lo que define esto. Lo nuestro fue otra cosa. Fue un oficio. Fue llamada tras llamada con preguntas que él nunca rechazó.

Cuando murió, no dudé en lo que tenía que decir: mentor, amigo, escucha. Un tipo que no usaba la experiencia como garrote. Te trataba como si tu duda importara. Como si tu torpeza inicial no fuera un estorbo sino materia prima.

Y sí, lloré con la llamada de su muerte. Porque en este triste país cada muerte así no es solo un deceso. Es una biblioteca de inéditos que se quema. Se pierde una forma de narrar. Se pierde memoria. Se pierde una voz que sabía separar la mierda del dato. Metase a Facebook y mire lo que la gente que lo conoció escribe de él.

Una vez me mandó su libro, La zona intersticial. Entrevistas. El género que defendía como El príncipe de los géneros periodísticos.

«Evalualo», me dijo. Quizá te sirva.

¿Evaluarlo yo? ¿A él?

Así operaba, sin ego inflado. El libro funcionaba tan bien que en la facultad lo aprobaron. Una semana después, la típica escena chapina: una estudiante fotografió todo el libro y lo subió al grupo de gratis, de iniciativa propia.

Pocos compraron el ejemplar.

Sentí vergüenza. Lo llamé.

«Vos, le dije, una estudiante fotografió todo el libro y lo compartió en el chat».

Silencio breve.

«Ala puta vos… así son. Se cagan en uno y ni cuenta se dan. No pasa nada. Que pierda el curso y con eso estamos».

Se rió.

El que lo conoció sabe: no era enojo, era diagnóstico. Un país que consume sin pagar. Que aplaude el talento mientras lo deja sin comer y que lo considera útil después de muerto. A veces creo que Paco era un Hemingway tropical buena onda sin guerra que lo quebrara. Lo nuestro, esto que llamamos Guate, ya venía quebrado de fábrica. Él solo intentó escribirlo sin mentirse, hablar de su cultura y sus actores. Meter a Wenceslao Pérez Chanan, el detective que inventó, en las calles de Guatemala a resolver crímenes.

Años después vino la llamada.

«Ando por tu casa, dijo un amigo. Paso por vos. Quizá sea la última vez que veamos a Paco».

Colgó.

En el carro, la frase cayó como piedra:

«Tiene orden de captura».

No lo procesé. Me enojé.

«¿Pero, cómo putas?»

«Es en serio».

Llegamos a una cafetería en zona 10. Ahí estaba. Más delgado. La caída le había cambiado el cuerpo. La rodilla ya no respondía igual. El peso tampoco. Pero la sonrisa seguía. La actitud seguía. Algo, sin embargo, se había corrido de lugar.

«Me quiero despedir de ustedes. Me voy de Guate».

No dio detalles. No hacía falta. En este país las historias legales casi siempre tienen algo podrido debajo, o una razón nauseabunda y cobarde… o no, no quiero que se me confunda de hacer juicios que no me competen. Hablamos de cualquier cosa. Nos reímos del gremio. De nosotros mismos. Ahí estuvimos los tres un tiempo, luego se fue.

A los meses, solo se sabían rumores. San Salvador. Nicaragua. Costa Rica. Bajista en una banda. Vendiendo quesos. Sus amados perros y el deseo de revivir su criadero Canes del Olimpo. Solo información dispersa, nada concreto y sin tener cómo ayudarlo. Cuando volvió, ya no era el mismo. No puedo probarlo. Pero se sentía.

Y entonces llegó la noche de su velorio, el 29 de marzo de 2026. Casi medianoche.

Ahí estaba yo, frente al ataúd. Pero no bastaba con estar. No bastaba con asumir. Tenía que verlo. Confirmar. Verificación de fuente.

Abrí la tapa un poco. Lo justo para cerciorarme.

Ahí estaba, parecía dormido, en silencio total.

Esta vez no había resuello. No había risas, ni notas al pie. No había país que le cobrara peaje por existir. La SAT no podía cobrarle los omisos.

Solo el cuerpo. Quieto.

Lo miré. No mucho. Lo suficiente y entendí algo que no enseñan en ninguna facultad: hay gente que se adelanta incluso al final. Abre brecha hasta para morirse y quedarse con la primicia.

Cerré. Y por primera vez, respiré yo.

En 2017, Francisco Alejandro Méndez con su diploma del Premio Nacional de Literatura Miguel Ángel Asturias y Gabriel Arana Fuentes con el Premio Nacional de Periodismo Cultural Enrique Gómez Carrillo por periodismo digital. Foto: Cortesía Gabriel Arana Fuentes

WC

Por Javier Payeras (poeta, novelista y artista visual)

Luego de una fuerte depresión decidí comenzar a regalar mis libros, mis ganas de vivir se habían acabado y llamé a Pancho para pedirle que viniera por todas mis novelas policiacas. Llegó en el carro de un amigo escritor, me dio un abrazo, abrió la caja y me dijo: “Todo tiene solución, pero hay que quedarse vivo para amargarle la vida a toda esa gente mierda que nos odia… yo te cuido los libros y me los pedís si los querés de vuelta”. Francisco sabía que los libros leídos tienen un valor extraordinario, así, subrayados son como embriones de algo que puede convertirse en una futura novela o algún relato.

Cerca del dos mil cinco hicimos una suerte de pacto con Francisco Alejandro Méndez, construir un detective protagonista. Como requisito tendría que poseer una idiosincrasia magnética, tics especiales, una manera de hablar, vestir y un gusto particular por la música o la literatura; algo sumamente difícil eso de hacer un policía guatemalteco —con todo el estigma que cae sobre esta profesión en el país centroamericano—, dotarlo de una integridad desafiante que, en un país racista y clasista, es muy difícil de atribuir a una persona de la clase trabajadora que además de uniforme usa pistola. Pactamos que nuestro personaje tendría dos letras iniciales: W y CH. Al poco tiempo me entregó el manuscrito de Saga de libélulas con ese impresionante arquetipo que había creado, el comisario Wenceslao Pérez Chanán. Por entonces yo había hecho mi tarea con una novela Días amarillos, en la que aparece un detective al que bauticé Washington Chicas, según la norma establecida. Ambos policías crecieron juntos a lo largo de los años, yo abandoné la novela de ese tipo y me dediqué a escribir menos relatos, pero Méndez alcanzó un nivel de maestría y conocimiento del género como nadie en la región centroamericana. Su enorme voracidad para la lectura de la novela negra de cualquier país del mundo y las circunstancias surrealistas en las que su personaje se veía envuelto hacían que uno descubriera una genialidad sorprendente.

Cuando se entrecruzan los caminos entre la disciplina académica de un erudito en literatura hispanoamericana, con la de un apasionado escritor de narrativa, ensayos y poesía, junto al escritor flâneur con andanzas por varios países, uno encuentra al verdadero creador mítico. Francisco Alejandro Méndez les dio todo su tiempo y generosidad a sus alumnos; presentó libros a autores desconocidos, fue catedrático de catedráticos, fue uno de esos aciertos que tuvo el Premio Nacional Miguel Ángel Asturias y un académico respetable. Impartió clases prácticamente en todas las universidades guatemaltecas y escribió diccionarios de autores, monografías, prólogos y se dedicó a perseguir el legado de la vanguardia centroamericana; hizo entrevistas a muchos escritores y todo esto en el plazo breve que le dio la vida. Sobra decir que dejó muchísimo a una sociedad acostumbrada a golpear como piñatas a quienes les damos dulces.

Hoy pienso en cómo será el mundo sin mi amigo. En treinta años no recuerdo un día en que no estuviera cerca de mi vida. Hoy pienso que Wenceslao y Washington crecieron juntos. Hace dos años hice un relato llamado La Sirenita, donde aparece de nuevo mi personaje policiaco y se encuentra con el comisario Chanán en un restaurante del centro de la ciudad de Guatemala, le pedí a Pancho que hiciéramos un chat para que yo hablara como mi personaje y él como el suyo para darle realismo al relato. Al final de mi cuento puse una dedicatoria: A Francisco Alejandro Méndez y a José Milla y Vidaurre… Hoy que ya no está Pancho pienso que hoy forma parte de un océano más grande y que ve nuestra pequeñez desde muy alto, allí donde este pequeño punto del planeta, tan lleno de volcanes, lagos y árboles, se parece mucho a un Jardín del Edén.

Cerrito del Carmen, 30 de marzo 2026

Javier Payeras junto a Francisco Alejandro Méndez, con el libro «Puede que no sean ángeles», uno de los más recientes de Méndez. Foto: Cortesía Javier Payeras

Una obra: todas las noches

Por Eduardo Villalobos (poeta y narrador)

Alguna vez fuimos juntos a Chiapas, invitados a un encuentro de escritores. Una noche, en Tuxtla Gutiérrez, encontramos un lugar donde se presentaba un imitador de José José y fue la locura. Pedíamos y pedíamos canciones que acompañábamos a viva voz. Pasamos de ser los amigos de la mesa allá al fondo, a los amigos de Guatemala, a nuestros queridos Paco y Eduardo. Al final aconteció algo que no esperábamos: nos pasaron la cuenta de las canciones. Terminamos sin pisto e indignados. Fue en ese viaje que conocimos a José Saramago, con quien nos tomamos una foto.

Ácido y tierno a partes iguales, Francisco Alejandro Méndez podía arribar a la madrugada contando chistes o cantando desaforadamente.

El dato no es banal. Paco tenía una enorme curiosidad por la vida, por el delirio de vivir, y se sentía atraído por los personajes distintos, inclinados al fracaso, a la sobrevivencia o a la autodestrucción. Además, estaba el escenario, a veces insólito o absurdo, a veces cruel y violento, que es Guatemala.

De ahí, de esa reflexión que hacía de manera espontánea en las largas noches con los amigos, de ese recuento de la memoria y el ingenio, de las muchas cosas que presenció como peatón o como periodista y que traía a la charla en que se encontrara una noche cualquiera, provienen muchas de sus historias. Escucharlo era asistir, de alguna manera, a un anticipo de un relato o de una novela futura.

Es quizás por esto que en sus libros confluyen la vida, el lenguaje, la ironía y un humor ácido de manera muy natural. No hay falsos artificios en su obra sino la vida misma, la retorcida forma del ser latinoamericano (y guatemalteco sobre todo), y el gusto, el deleite de un espectador que siempre sobrevivió para contarnos el mundo.

Francisco Méndez, Eduardo Villalobos, José Saramago, Adelaida Loukota y Concepción Avendaño. Foto: Cortesía Eduardo Villalobos

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