Es comprensible que exista frustración con el orden comercial que ha regido durante décadas. Muchos países, industrias y trabajadores han sentido que, incluso cumpliendo las reglas, quedaron fuera de los beneficios. Esa crítica merece ser escuchada. Pero la respuesta no puede ser desarmar el tablero cada vez que las piezas no caen donde uno quiere. En 1977, Kydland y Prescott (Premios Nobel de Economía, 2004) advirtieron que los gobiernos tienden a obtener peores resultados cuando actúan con discrecionalidad, ajustando políticas según la coyuntura, que cuando se comprometen de manera creíble a seguir reglas estables. Esta tesis —la ahora famosa necesidad de consistencia en la política económica— nació en el terreno de la política monetaria, pero hoy adquiere plena vigencia frente al resurgimiento de estrategias comerciales fundadas más en impulsos coyunturales que en reglas generales y predecibles. La alternativa, el proteccionismo discrecional basado en decisiones de corto plazo, genera exactamente lo que más temen empresarios y trabajadores: incertidumbre.
El uso de los aranceles como instrumento estratégico que hoy está en práctica es una versión distinta a la que usaron algunos países asiáticos para desarrollarse y la que proponía la teoría estratégica del comercio a finales del siglo pasado. En estos dos casos, el objetivo del uso estratégico de los aranceles era desarrollar capacidades productivas, proteger industrias con potencial competitivo y posicionar sectores estratégicos en el largo plazo. Los aranceles eran parte de una estrategia estructurada, dentro de una política industrial más amplia: subsidios, investigación, transferencia tecnológica, entrenamiento laboral, etcétera. Aranceles temporales, con criterios claros de salida, y enfocados a crear condiciones para que las industrias llegaran a competir internacionalmente sin protección.
En esta ocasión, la premisa —simple pero seductora— es que el proteccionismo permite recuperar empleos, revitalizar industrias locales y corregir desequilibrios comerciales. La discrecionalidad —imponer aranceles según la relación existente con cada país o según sus políticas internas— se celebra hoy como una forma de negociación pragmática, al servicio de los intereses nacionales. Sin embargo, el comercio internacional no es como una jugada rápida en un partido de fútbol, donde un pase o un regate puede cambiar todo en segundos. El comercio internacional es un juego de confianza, compromiso y reputación. Los llamados “aranceles estratégicos”, definidos no por reglas generales, sino por decisiones circunstanciales, son ejemplo de lo contrario. Hoy se impone un arancel como mecanismo de presión; mañana se levanta como gesto político; al día siguiente se vuelve a imponer con otra justificación. El problema no es solo la medida en sí, sino su naturaleza cambiante. Cuando las políticas comerciales pierden coherencia en el tiempo, dejan de ser señales y se vuelven ruidos. Y en un entorno ruidoso, nadie invierte con confianza.
El comercio internacional es un juego a largo plazo, donde lo que hoy parece una victoria momentánea —como subir un arancel para proteger una industria— puede traer consecuencias negativas mañana: menos inversión, pérdida de confianza o represalias. Los países, como los socios en un negocio, necesitan reglas claras y estables para planificar, invertir, producir. Si las condiciones cambian cada vez que surge una incomodidad, nadie sabe a qué atenerse, y el comercio deja de ser un motor de desarrollo y se vuelve una fuente de incertidumbre. Negociar condiciones arancelarias fuera de un marco previamente establecido y reconocido por todas las partes erosiona la certidumbre sobre la que se construye el comercio moderno. Las decisiones que afectan el acceso a los mercados deberían basarse en reglas explícitas, no en correlaciones de fuerza coyunturales. De lo contrario, las empresas —tanto exportadoras como importadoras— ajustan sus expectativas, postergan decisiones o se repliegan a entornos menos volátiles. El resultado es menos inversión, menor integración y un comercio más defensivo.
Los beneficios del comercio no dependen únicamente de los términos, sino también de la confianza en que esos términos no cambiarán arbitrariamente. Por eso, lo que genera prosperidad no es la astucia de aplicar aranceles a tiempo, sino la estabilidad que permite que los agentes económicos tomen decisiones de largo plazo. Kydland y Prescott lo dijeron con claridad: el compromiso creíble supera a la discrecionalidad, porque sin reglas claras, todo se convierte en un juego de expectativas volátiles y decisiones defensivas.
Ralf Dahrendorf, en Las clases sociales y su conflicto en la sociedad industrial, recordaba que “las reglas del juego no son negociables cada vez que se juega; son las condiciones mismas que hacen posible jugar”. Toda sociedad libre necesita un marco de normas que limite el uso del poder, no solo en la esfera política, sino también en la económica. Las decisiones que se toman fuera de las reglas existentes —decisiones discrecionales, motivadas por la fuerza del momento— pueden parecer funcionales, pero minan la base de la legitimidad institucional. En materia comercial, actuar sin ese marco compartido no conduce a mayor eficacia estratégica, sino a la erosión progresiva del orden económico. Porque donde todo puede cambiar, ya nada vale.
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