El actor británico Dominic West en el papel de Jean Valjean en la versión de Los Miserables de 2019.
Eduardo Galeano mostró muy bien, en sus relatos históricos, como Espejos, Memorias del fuego, Los hijos de los días, y por supuesto, Las venas abiertas de América Latina que los seres humanos adquieren valor y calidad moral cuando realizan actos justos, y, al contrario, pierden valor cuando llevan a cabo actos injustos con sus semejantes. De tal modo, que el valor de una persona es proporcional a la cantidad y calidad de actos justos que realice en su vida. Entre más y mejores, sean sus actos justos, más valioso será su ser. Y, a la inversa, perderá valor en proporción a la cantidad de actos injustos que lleve a cabo; entre más actos injustos realice, mayor será la pérdida de su valor como ser humano. Por eso, para él, los personajes de la historia no se deben juzgar o valorar en función de los triunfos militares que lograron o de las acciones que realizaron en el ejercicio de su poder, sino, en función, precisamente, de los actos justos o injustos que realizaron con esos medios de poder que tuvieron. Criterio, que es válido para juzgar las grandes personalidades de la historia, y, por supuesto, también al común de los seres humanos.
Sin embargo, los seres humanos no solo son o no son valiosos por esta razón. También adquieren valor, cuando sufren acciones injustas de otro u otros, cuando son víctimas de actos injustos que otros cometen. El hecho de que alguien sea víctima de un acto injusto de otro, lo convierte en un ser mucho más valioso que él. Pues, al convertirlo en víctima, le transfiere o le da, sin darse cuenta o de manera involuntaria, el valor que tenía hasta ese momento, perdiéndolo. Este hecho, casi sorprendente, no significa, por supuesto, que debamos convertirnos voluntariamente en víctimas de otros para acrecentar nuestro valor como seres humanos. Solo nos revela con claridad que cuando alguien comete un acto injusto contra otro, no solo pierde su valor como ser humano sino, además, ese valor lo pierde porque se lo transfiere a su víctima.
Así, entonces, los seres humanos, adquirimos el valor de lo justo, nos volvemos seres justos, cuando obramos con frecuencia y regularidad con justicia con respeto a los demás. Y perdemos este valor cuando obramos con frecuencia de manera injusta. Pero, como somos seres imperfectos y limitados, no podemos evitar de ninguna manera, así tengamos la férrea voluntad moral de obrar con justicia siempre, actuar injustamente, por lo menos, una vez, en nuestras vidas. De ahí, que nunca lograremos ser seres completamente justos, por más que nos lo propongamos. Y, por otro, el que obra con frecuencia injustamente, no dejará, por lo menos, una vez en su vida, obrar con justicia, no podrá evitar ser justo alguna vez así no sea este el propósito que tenga. Esta es una especie de ley invariable que marca la realidad de la vida práctica de los seres humanos.
Además, cada acto justo que realiza una persona tiene el poder extraordinario de borrar o eliminar los actos injustos que ha cometido antes, o por lo menos, de disminuir o debilitar el contenido injusto que tienen. Y, al ocurrir esto, recupera, en parte, el valor que había perdido de su ser, recobra una porción de la condición valiosa de su existencia. Recuperación, que se incrementará progresivamente en la medida que continúe realizando actos justos o valiosos. Por eso, cuando una persona, que ha realizado actos injustos, decide realizar en un momento de su vida actos justos se redime ante sí mismo, y, ante los demás, que lo rodean, en tanto, recupera algo del valor que había perdido como ser humano.
Esto lo mostró muy bien el gran escritor Víctor Hugo, en su inmortal novela Los miserables, a través de la vida de su personaje principal Jean Valjean. En efecto, la vida de este personaje representa o encarna perfectamente esta verdad de la existencia humana. Primero, es condenado en los años siguientes de la revolución, a finales del siglo XVIII, a la pena de prisión por haber cometido el delito de haber robado un pan para alimentar a su familia. Y, como intentó varias veces fugarse de las autoridades le prolongaron la pena hasta 19 años. Tiempo de encierro carcelario totalmente desproporcionada y excesivo para castigar la pequeña falta que cometió, el pequeño acto injusto que realizó con el dueño del pan. Y, después de obtener su libertad volvió robar de nuevo: primero, una vajilla de plata al obispo Myriel en su casa, y después a un niño de nombre Petit Gervais 40 monedas en un camino. Dos robos, en apariencia no tan graves que, sin embargo, fueron profundamente injustos, porque, los cometió con una persona, como el obispo, que le había, generosamente, abierto su casa para hospedarlo y con un niño incapaz de defenderse, y proteger esas monedas que poseía.
Pero, Jean Valjean, se percata o comprende con claridad, en una especie de epifanía, después de haber cometido estas graves injusticias, que, en efecto, son tales. Es decir, que son actos injustos que no debía haber realizado. Decide, entonces, volverse otra persona, otro ser humano, adoptando un nuevo nombre, el de el señor Madeleine, y comenzar una nueva vida con el propósito de no volver a cometer semejantes injusticias. Se instala en la ciudad de Montreuil-Sur-Mer en la que abre un taller de tejidos, y, en donde es nombrado alcalde.
Al cabo del tiempo despide de su taller a una joven trabajadora Fantine por el hecho de haberle negado que tenía una pequeña hija llamada Cosette, que había dejado bajo la custodia de la familia Thenardier, en una población cercana. Despido, que deja a la joven sin el dinero que todos los meses le mandaba a esta familia para cubrir los gastos de su mantenimiento. Desesperada y miserable, decide prostituirse para tratar de conseguir así ese dinero que tanto necesitaba. Y, en medio de esa vida, enferma gravemente, y muere. En ese momento, Jean Valjean, se percata o toma conciencia, por segunda vez, que ha cometido, como una nueva y diferente persona, una nueva y diferente injusticia, de las que había cometido en el pasado, al dejar sin trabajo a esta joven, por un motivo irrisorio e insignificante. Hecho, que la condenó a su degradación, y a la muerte. Ante esa nueva epifanía, esta nueva luz que ilumina su mente, le promete a la joven Fantine en su lecho de muerte, que buscará a su hija para traérsela. Pero, como, al poco tiempo muere, trata de reparar esa injusticia que cometió con ella, comprándola a la familia, que la tenía en pésimas condiciones, y, encargándose de criarla, cuidarla y rodearla de afecto.
Así, este personaje, es uno de los grandes ejemplos literarios, que nos muestra una realidad trascendental de nuestra existencia, la de que solo llegamos a comprender el deber o imperativo moral de obrar con justicia con respecto a los demás, después de haber realizado uno o varios actos injustos. Aprendemos y comprendemos el sentido y valor de la justicia, solo después, que captamos de modo consciente, un acto injusto que hemos cometido. Pues, en este caso, ocurre lo mismo, que, con todos los demás hechos y fenómenos de nuestra realidad humana: captamos y comprendemos bien el significado de cada uno de ellos solo a través de la existencia de sus contrarios, que, se presentan vivamente en nuestra mente. Esto es así, porque, como ya dijimos, somos seres imperfectos y finitos, y, por lo tanto, contradictorios, que al vivir y actuar plasmamos en la realidad esa contradicción, que, en esencia, somos. Contradicción, de la que no podemos escapar a pesar de todos los esfuerzos que hagamos en nuestras vidas por lograrlo. Siempre, subsistirá, con, y, en nosotros, hasta la llegada de la muerte, como un testimonio palpable y elocuente de nuestro ser.
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