Un rasgo de los relatos de Jorge Luis Borges

A los cuarenta años de su muerte.

Camilo García Giraldo

junio 28, 2026 - Actualizado junio 26, 2026

Jorge Luis Borges, en varios de sus relatos más significativos, nos muestra o revela la incoherencia e inconsistencia lógica que tienen algunas ideas, que muchos seres humanos aceptan, como verdaderas.  Son relatos, en los que, no solo nos narra episodios ficticios protagonizados por personajes ficticios, sino, en los que, además, se proponen mostrar con claridad, la inconsistencia e incoherencia lógica de algunas ideas aparentemente verdaderas. La importancia universal de su obra literaria está, en otras cosas, en que muestra con una imagen viva, lo que ocurre, cuando los seres humanos creen en la pretendida verdad de una idea, sin preguntarse y cerciorarse con rigor lógico, si, en realidad lo es. 


De ahí, que sus relatos, ejerzan sobre estas ideas una función crítica, igual o superior, a la que desempeña el puro discurso racional. La fuerza viva de las imágenes que revelan la falta de rigor racional de esas ideas es, generalmente, más poderosa e incisiva que la exposición fría de argumentos abstractos. El relato de Las tres versiones de Judas, que comento aquí brevemente, constituye, a mi juicio, uno de los que mejor y más claramente ejemplifica esta operación crítica-literaria borgiana. Y, en el que, además, le rinde un tributo no solo a Suecia, sino, sobre todo, al mundo cultural nórdico, que tanto apreció y tan bien conoció.

En este relato, aparece la figura de un profesor sueco de la Universidad de Lund, llamado Nils Runeberg, que, en la última obra que escribió Den Hemilge Frälsaren –El salvador secreto –, publicada en 1909, mostró, apoyándose en rigurosos razonamientos, que la verdadera y desconocida identidad de Cristo, era la de Judas Iscariote. El punto de partida de su argumentación, es la aceptación, como creyente que era, del dogma religioso central del cristianismo, de que Dios, se encarnó en un hombre, para salvar y redimir a todo el género humano. Pero, en el momento en que Dios se convierte en ser humano, dice Runeberg, pierde inevitablemente el atributo de la perfección que lo define e identifica, y, adquiere, en cambio, el defecto, de la imperfección que caracteriza a todos los hombres. O sea, que, al encarnarse en un hombre, Dios, se vuelve obligatoriamente un ser imperfecto. La libertad absoluta para decidir y obrar, que los creyentes le atribuyen, estaba en este caso limitada: si quería ser hombre, tendría que ser necesariamente un ser igual a los hombres, es decir, un ser imperfecto. De ahí, que quien verdaderamente lo encarna, sea el prototipo de un hombre imperfecto como lo fue Judas Iscariote. Su traición a Cristo, su maestro, puso en evidencia su falta absoluta de moral, es decir, se mostró, como el símbolo mismo, de la imperfección humana. Por eso Dios, al hacerse hombre, no podía dejar de ser algún día, un Judas.

¿Qué significado tiene esta interpretación ofrecida por Borges, representado en este caso por el profesor y teólogo sueco, de este acontecimiento de la encarnación humana de Dios, sobre el que gira el contenido de todo el relato religioso del cristianismo? Existen dos respuestas o alternativas posibles. La primera, consiste en que esta transformación de lo divino en lo humano, postulada por el dogma, es en realidad imposible. Pues, es una transformación, que supone, despojar a Dios, de su identidad, de la cualidad de perfección, que lo define como tal, para atribuirle o darle la contraria de imperfección, que caracteriza la existencia de todos los seres humanos. El hecho de que Dios se encarne en una persona, en Judas Iscariote, es un hecho perfectamente posible en el marco de la idea de encarnación de Dios en el hombre. Como el hombre es un concepto general, todos sus miembros particulares, son, o, pueden ser “objetos” o destinatarios de este acto divino. Pero, como en este caso Judas, niega, con su conducta práctica, el atributo de perfección del ser que se encarna en él, no hay más remedio, que rechazar, como no verdadera o falsa la idea misma de la encarnación. La incoherencia lógica que encierra, es suficientemente clara, como para mostrar, que no se pueda seguir sosteniendo, su pretensión de verdad.

Ahora bien, si, por lo contrario, se niega de partida, la verdad de esta idea, por el carácter ilógico que encierra sería, entonces, necesario negar la verdad de la encarnación de Dios en Jesús, que los Evangelios, relatan. Este relato sobre la vida, pasión y muerte de Jesús, sería en esencia, un relato falso, en tanto sostiene y afirma la verdad de un hecho falso. Pues, como Dios no pudo haberse encarnado en ningún hombre por el peligro inevitable de perder su identidad divina, los Evangelios al afirmarlo, no hacen otra cosa, que inventar un hecho inexistente. Si esto es así, entonces, el carácter divino que le atribuyen a Jesús, se cae irremediablemente. Al no ser sujeto de la encarnación del Verbo, de Dios, Jesús, no, es, o, no puede ser, en ningún caso, Dios.

Por esta razón, los creyentes viven sin darse cuenta, inconscientemente, en medio de una poderosa ironía y paradoja. Como, aceptan, como verdadera, la afirmación de que Dios se encarnó en el ser humano Jesús, tendrían que aceptar, lógica y necesariamente, la posibilidad inevitable, de que, Dios, se encarne en un ser humano como Judas. Sin embargo, como esta posibilidad, les parece insostenible e inaceptable, por el carácter inmoral de esta traición, se verían obligados, en términos estrictamente lógicos también, a rechazar la idea misma de la encarnación. Pero, como esta idea, es la que fundamenta carácter divino de Jesús, sostenido por los Evangelios, descartan de plano esta posibilidad de rechazarla o cuestionarla. Y, al no hacerlo, quedan de hecho, entonces, condenados a vivir afirmando y repitiendo la “verdad” de una idea, que no es verdadera.

Esta crítica literaria-filosófica de esta idea central de la religión cristiana, es una crítica original y novedosa elaborada por el escritor argentino, que, complementa y enriquece, la crítica que los pensadores ilustrados franceses le hicieron a esta religión en el siglo XVIII. Pues, es una crítica que no se sustenta en mostrar y señalar la falta de hechos o estados de cosas reales que prueben la pretendida verdad de muchos de los relatos contenidos en la Biblia, sino, de poner en evidencia, como hemos reiterado, la falta de coherencia y rigor lógico del relato más importante de la religión cristiana. 

Ahora bien, es posible que muchos creyentes cristianos no se hayan percatado en el pasado, y, no se percaten, aún ahora en los tiempos modernos, de esta incoherencia e inconsistencia lógica de este relato de los Evangelios.  Y, aunque, se den cuenta de ella, es también, bastante probable, que, una parte importante de ellos, no aceptarían la validez de esta rigurosa argumentación lógica-racional sobre la inconsistencia lógica de su creencia de la encarnación de lo divino en lo humano, como tampoco, muchos de ellos, han aceptado la crítica ilustrada, fundada en los conocimientos alcanzados por las ciencias naturales, de sus creencias religiosas.

Y, es que estas dos críticas, perfectamente válidas y necesarias, pasan por alto u olvidan, sin embargo, un fenómeno o experiencia humana muy importante, la de que estos creyentes religiosos cristianos, como, en general, todos los creyentes en cualquier religión, sienten en su interior que esas creencias son, de todas maneras, verdaderas, por el hecho, de sentirlas como tales. Por más fuertes y consistentes que sean las razones que indican la falsedad o incoherencia lógica de sus creencias, no las aceptan como verdaderas, porque sienten en su interior que no lo son, o mejor, porque no les afectan para nada, o, muy poco, el poderoso sentimiento que tiene sobre su verdad.

En este sentido, el personaje del relato de Borges, el teólogo cristiano sueco Nils Runeberg, después de descubrir esa aterradora verdad, de que la identidad de Jesús era la de Judas Iscariote, sintió, en contraposición a muchos de los demás creyentes cristianos que se enteran de la misma posibilidad lógica, una enorme conmoción interior, que le provocó un aneurisma, conduciéndolo a la muerte. Pues, comprendió con claridad, que, sus creencias religiosas, que hasta ese momento sentía como verdaderas, firmes y seguras, se desmoronaron en pedazos, y, con ellas, su propia vida.      

Tags:
0 Comentarios

Comentarios de la comunidad

Todos los derechos reservados © eP Investiga 2024

Inicia Sesión con tu Usuario y Contraseña

¿Olvidó sus datos?