El gran filósofo alemán Gottfried Wilhelm Leibniz, publicó en 1710 su obra La teodicea, en la que se propuso demostrar que Dios creó el mundo como el mejor mundo posible como testimonio no solo de su perfección sino también de su bondad. Y es el mejor de los mundos posibles porque, si bien es un mundo imperfecto compuesto por seres limitados e imperfectos como los hombres, era la mejor opción que tenía Dios en sus manos si no quería crear un mundo compuesto por seres perfectos como Él, un mundo de dioses. Esta opción no tenía ningún sentido o fundamento lógico porque lo único que haría Dios sería solo duplicarse o multiplicarse a sí mismo. De tal manera, que la única válida y posible que le quedaba o que contemplaba era esta que finalmente ejecutó: crear a partir de la nada un mundo compuesto por seres humanos limitados e imperfectos diferentes por naturaleza a Él que, sin embargo, expresaban o contenían en su interior espiritual algo de su presencia, una leve imagen de su perfección. Dice Leibniz: “Se sigue también que las criaturas tienen sus perfecciones por la influencia de Dios, pero que tienen sus imperfecciones por su propia naturaleza, incapaz de existir sin límites, por eso es por lo que se distinguen de Dios”.
Pero, al crear seres limitados e imperfectos creó seres que carecían o estaban privados precisamente de la perfección, seres privados de la plenitud completa de su ser. Eran seres que, por lo tanto, les faltaba o carecían de algo esencial. Y esta falta o carencia -la nada que portan en sí mismos como prueba y testimonio de la nada de la que provienen- es para Leibniz el origen del mal, tal como fue concebido también desde el medioevo por San Agustín, Santo Tomás de Aquino y finalmente por Descartes. Por esa razón Dios al crear a los hombres en el mundo como la mejor opción que tuvo para ejercer su infinita capacidad creadora engendró con ellos también la posibilidad del mal. Posibilidad que los hombres realizan continua e inevitablemente porque son precisamente imperfectos, porque llevan en su ser la raíz o la fuente del mal. Los hombres engendran el mal en sus vidas y en el mundo con sus actos porque están abocados de manera ineludible a engendrarlo debido a su naturaleza imperfecta.
Pero, también porque usan mal la libertad que también Dios les dio; y, al hacerlo, reafirman su imperfección constitutiva, la carencia de ser completo y perfecto que los caracteriza, forjando con sus actos y palabras el mal en sus vidas y en el mundo. Pero si, al contrario, deciden usar bien su libertad obrando bien con respecto a sus semejantes, es decir, si obedecen los mandatos morales que Dios también transmitió, pueden limitar la existencia del mal, y así, lograr acercarse a la perfección divina. Por eso, para él si bien Dios no quiere el mal porque contradice su propia “naturaleza” o esencia bondadosa, permite que los hombres lo realicen con sus actos en el mundo. Es el hecho que tiene que admitir cuando decidió crear el mejor de los mundos posibles habitados por los hombres como sus principales creaturas.
Voltaire, años después en 1759 en su novela filosófica Cándido se propuso refutar esta concepción del mundo expuesta por el filósofo alemán. Pero no lo hizo exponiendo razones o argumentos que pusieran en evidencia su falsedad, sino narrando lo que vive y le ocurre a una persona, a un personaje como Cándido que cree ingenuamente en la verdad de esta concepción que le enseñó su maestro llamado el doctor Pangloss que presenta como un discípulo de Leibniz. Y, lo que vive y le ocurre, son males y desgracias: sufre persecuciones, asiste y participa en cruentas y sanguinarias guerras en donde los hombres se matan y mutilan a granel unos a otros, contempla la devastación que ocasionan las fuerzas naturales como el maremoto que destruyó a Lisboa en 1755 y que dejó más de 60,000 muertos, se entera por los relatos de “La vieja” de los oprobios e injusticias que sufren las mujeres por su condición, etc. En el andar de su vida que es también y al mismo tiempo el andar por el mundo, por varios países europeos y por tierras americanas, principalmente guaranís-paraguayas, Cándido descubre y aprende que “en el mejor de los mundos posibles” creado por Dios impera primordialmente el mal que los hombres se ocasionan unos a otros con sus actos o el que sufren por la acción de la naturaleza indómita y poderosa.

Estos hechos demuestran con claridad y contundencia para Voltaire, que el esfuerzo filosófico-teológico de Leibniz por justificar la existencia de este mundo creado por Dios fracasa. No es posible aceptar que este mundo sea el mejor de los mundos posibles creado por Él ante la evidencia de la existencia abrumadora y extensa del mal en su seno. Pues, en rigor lógico, ese rigor que tanto apreció Leibniz, no es posible aceptar que un ser absolutamente bondadoso como Dios creé un mundo como el mejor posible donde reina lo contrario, donde domina el mal. Esta es una contradicción lógica flagrante que los argumentos expuestos por el filósofo alemán no logran disipar. Por eso, Voltaire consideró, no sin razón, que el mejor argumento contra esa concepción leibniziana fue el de relatar y poner de presente un sinnúmero de hechos malos existentes en el mundo real a través de la narración de la vida de un personaje imaginario para mostrar la completa insostenibilidad lógica y racional de esta concepción.
La importancia y el valor filosófico y cultural de esta novela de Voltaire radica, entonces, precisamente en esto: en recurrir a los hechos y estados de cosas de la realidad para refutar, o por lo menos, para cuestionar o criticar una tesis o concepción filosófica general, o por lo menos, para poner en evidencia su carácter especulativo. Y, al hacerlo así, contribuyó a enseñar a los hombres modernos que se proponen hacer filosófica, que quieren interpretar el mundo, la obligación cognoscitiva que tienen de atenerse o sujetarse a los hechos; o mejor, el deber que tienen de argumentar y discurrir racionalmente tal como lo hizo con maestría Leibniz, pero fundándose en hechos reales ocurridos del mundo para que ese discurso sobre el mundo tenga la posibilidad de ser no solo válido en sí mismo sino también reconocido como tal.
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