En agosto de 1989, experimenté la ola represiva que se desató en contra del movimiento estudiantil de la Universidad de San Carlos de Guatemala. En mi mente quedó marcada la imagen del líder estudiantil Carlos Cabrera cuando en 1986 manifestaba su esperanza de que la violencia estatal en contra de la USAC había quedado en el paso. Fue la época en la que muchas personas que habían vivido el exilio se animaban a regresar a este dulce país en la que, para recordar al telúrico Pablo Neruda, cada losa de su historia lleva una “gota de sangre antigua devorada por el hocico de los tigres”.
Esa ola de represión había sido organizada por miembros de las fuerzas armadas y, como siempre, supimos que esta institución poco honrada por sus miembros, actuaba bajo la complicidad de esa rancia oligarquía que añora sus fantasías golpistas. Nunca hemos sido ajenos a esa violencia extrema que añoran los partidarios de la ultraderecha, herederos de ese odio y tamaña desvergüenza.
No podemos olvidar los asesinatos de universitarios dignos como Oliverio Castañeda, Manuel Colom Argueta y Alberto Fuentes Mohr. Tenerlos en la memoria no es un ejercicio vano de querer vivir en el pasado; solo podemos ignorar el pasado a nuestras expensas. Por el contrario, es hora de exigir a la comunidad universitaria que honre, con sus actitudes y, si es posible, con algún sacrificio la memoria de aquellos que dieron todo por los ideales transformativos que son inherentes a la misma práctica del conocimiento.
La historia es maestra de vida y, si no pasamos por alto sus lecciones, nos permite encontrar guías para el presente. Los mártires de nuestra universidad nacional siguen vivos porque la esperanza de sus luchas mantiene vigente en una sociedad horadada por la desvergüenza como lo es la nuestra. Los miembros de la comunidad sancarlista que han ofrendado su vida se enfrentaron a problemas que aún nos amordazan.
Solo se puede abandonar el pasado si se mutila la vida. Uno de los sentimientos que acarrea la vida perdida es la insistencia en que nada se sumerja en el olvido definitivo, que nada sea en vano. Cualquiera que haya experimentado el duelo podrá dar testimonio de ese sentimiento. Ese sentimiento de la pérdida se ve contrarrestado por el recuerdo que forjamos una alianza con los que sacrificaron su vida. El pensador judío alemán Walter Benjamin sabía que ni los muertos “estarán seguros ante el enemigo cuando este venza”.
Tener cierto pasado impone ciertas obligaciones. Y cabe preguntarse, en este momento, si somos fieles a la memoria que le da su identidad dolorosa a nuestra amada universidad nacional. ¿Cómo puede cualquier sancarlista decente que se sienta orgulloso de su universidad hacer caso omiso de los imperativos morales que impone la memoria de esa casa que nos recogió en sus aulas para que le diéramos esperanza a un pueblo aherrojado por la injusticia más atroz?
Es válido llamar entonces a la sociedad guatemalteca a que defienda el legado de la Usac. El mismo gobierno no puede pasar por alto su obligación de salvar a esta universidad, precisamente porque la llegada al poder del nuevo gobierno se alimentó de esa memoria que sigue viva en la sociedad guatemalteca.
Los universitarios verdaderos somos herederos de una lucha que se extiende a través de los siglos. Es la lucha del conocimiento, siempre tan temido por el poder. Por esta razón, las actuales autoridades de la Usac son todo, menos universitarios. Y lo saben. La falta de principios demuestra de hecho la miseria de sus vidas.
Por eso la necesidad de eliminar su memoria, bajo el triste pretexto de que hay que olvidar y ver siempre para adelante. Negar el pasado equivale a decir que no existe posibilidad de cambiar la mentalidad de los dominadores del pasado, el presente y el futuro. ¿Cómo saber a dónde vamos si no recordamos de dónde venimos?
Exhorto a mis colegas universitarios a rememorar el sacrificio de aquellos que dieron su vida a una institución a la cual le estamos volteando la espalda. La indiferencia y el cinismo no caben en el sentimiento universitario. Lo menos que podemos hacer es oponernos a las maniobras asquerosas que las espurias “autoridades” de la USAC están llevando a cabo para convertir a nuestra casa espiritual en una cueva de ladrones. Nuestra principal tarea es que tal escoria no se perpetúe en el poder. La luz debe seguir circulando en nuestra amada USAC.
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