El reptil, descendiente de los dinosaurios, era de color verde musgo, como el que convirtió en prendedor de esmeraldas el Hermanito Pedro para salvar de la enfermedad a un desesperado. Los niños le raspaban la barriga con ramas arrancadas de los limonares, como para que brotara agua o luces.
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Al medio de la cancha nos enfrentamos los dos hermanos. El mayor con ojos que echaban lenguas de fuego, porque le parecía una insolencia de mi parte que me atreviera a retarlo, advirtiéndome que no dudaría en lanzarme una patada violenta en las canillas.
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Ya era tarde y regresé solo caminando por la Calle de los Pasos. A pesar del bullicio en Belén, afuera reinaba el silencio. La luz tenue de los postes, las piedras con el resplandor plateado de la luna llena, y mientras pensaba en la obra acabada de gozar sentí que la realidad era una maravilla.
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Esa noche lo juzgamos y planteamos la solución, porque su presencia nos arruinaba los paseos, los ejercicios deportivos, nos agotaba y aburría. Echamos sapos y culebras y consentimos en que no lo queríamos más en la patrulla, pero ¿cómo hacer para que se retirara si no reaccionaba ante la crueldad natural?
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El corazón de plástico se deslizó chirriando sobre el tablero hacia la esquina del no, moviéndose libremente, aterrorizándonos, porque los cuatro sentimos la presencia extraña, casi respirándonos en el pescuezo.
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La abuela me permitía entrar a la biblioteca a mi antojo, hojear los libros, tijeretear imágenes, buscar sentido en palabras ininteligibles. Me subía en la escalera de dos bandas, especial para alcanzar los tomos de geografía y botánica en las alturas.
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Él se sentaba en un sillón que parecía trono y dirigía los colores, revisaba los moldes y mantenía despiertos a los artistas circulando octavos de aguardiente, que cada quien cuidaba en el bolsillo trasero hasta solicitar cambio.
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Caminamos toda la noche, haciendo breves descansos para sentarnos en las piedras o en la tierra a contemplar el firmamento, buscando entre las ramas de los árboles las escasas luces de la ciudad en ruinas.
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El piano estaba ubicado en un rincón de la sala pequeña, junto a la ventana que daba a la primera avenida, por donde ingresaba el chorro de luz y el sonido de la gran campana desafinada de San Francisco.
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Recuerdo que fui personalmente a comprobar la noticia de la destrucción del arco a la mañana siguiente y sentí un profundo malestar. El valor se aplaude y el riesgo no es nada.
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