Se escuchan repiques de campanas, el caminar de los mendigos y la bulla de las regatonas del Mercado Central. La cadencia de las oraciones largas y la mofa chistosa y juguetona del que ya no aguanta tanta súplica, tanto Padre nuestro o tanto “por mi culpa, por mi culpa”.
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El modesto librito rojo, con un portón de madera agrietado en la portada, con cabezas de clavos que mantienen unidas las tablas y un candado oxidado del que cuelga un alambre de púas, se ha reproducido despacito, caminando de mil en mil, lo que con el tiempo va sumando.
‘El nombre de la rosa’ es una novela sobre el temor casi inconfesado de aquellos que siempre creen tener la verdad, hacia todo relato cómico que los convierta en protagonistas, porque saben bien, o por lo menos intuyen, que si eso llega a ocurrir perderán de modo infalible una parte de la pretendida verdad que pronuncian.
Bien podría decirse que Asturias amó París y la cultura francesa, porque allí encontró a Latinoamérica y, más allá de toda expectativa, también encontró a Guatemala.
Sobre El Señor Presidente, el crítico Otto María Carpeaux dice que el conjunto de la obra y el estilo son los de un nuevo tipo de novela poética, a lo ‘Ulises’ de Joyce, afirmando la riqueza en metáforas, expresiones idiomáticas, onomatopéyicas y neologismos.
Entre Miguel Ángel Asturias y Kirk Douglas había un lazo democrático y humanista. Los unía su rechazo al macartismo y sus imposiciones destructivas. Y el encuentro en Cannes no estuvo libre de problemas. Ante todo, por los intereses políticos que se jugaban detrás de bambalinas.
Mientras veía el mar rememoraba su casa en el barrio de la Candelaria, a sus padres, Ernesto y María, y a su hermano Marco Antonio. La bruma del día no impedía el recuerdo de su novia Zoila Gálvez.
‘El Señor Presidente’ no sólo inaugura el ciclo de las grandes novelas de dictadores latinoamericanos, sino también una versión innovadora de la novela urbana en América Latina.
Miguel Ángel Asturias nos inventó como país, y sus novelas son un espejo que continúa fresco y admirable, que nos muestra como sociedad complicada, divididos y en tinieblas.
La inteligencia artificial puede ya generar textos coherentes y convincentes en diferentes estilos literarios. ¿Podrá substituir a los escritores? O imitarlos tanto que sea difícil diferenciar lo que es un producto netamente humano de uno hecho por computadoras y algoritmos.










