Monumento a Cervantes. Foto: Wikipedia
El filósofo francés-lituano Emanuel Levinas, sostiene, que la auténtica existencia de los seres humanos no es la de ser o existir-para-sí, sino, la de ser o existir-para-otro. Una persona que existe para sí adopta una actitud natural que es sostenida por la razón. Pero, sin embargo, tiene dos graves problemas. Por un lado, el de en ese momento esa persona deja de ser un auténtico, y, por lo tanto, valioso ser humano. Y, por otro, que es una actitud egoísta, en la que se halla una fuente importante del mal, una raíz del obrar anti-ético de los seres humanos, como lo señaló muy bien Kant. Por eso, cuando una persona decide existir-para-otro, se libra de estos dos graves riesgos, que, en el fondo, deshumanizan los hombres. El Quijote de la Mancha, es uno de los personajes literarios, que mejor expone y ejemplifica, este valioso y humano existir-para-otro, que Levinas, expuso como el verdadero existir humano.
En efecto, El Quijote, un hidalgo empobrecido, Alonso Quijano, que perdió la razón, que se enloqueció, de leer tantas historias imaginarias de caballeros andantes, y, que, por ese motivo, decidió volverse uno de ellos, imitarlos a todos, en toda su extensión. Y, salió, a recorrer el mundo con su caballo Rocinante, y, con la única compañía, de su escudero Sancho, para combatir a todos los que consideraba agentes del mal, a los molinos de viento, que creía gigantes perversos, y, a defender y proteger con todas sus fuerzas a todos los débiles y desprotegidos del mundo, comenzando por las bellas mujeres, y, aquellos que carecían del bien supremo de la libertad. Su existencia-para-el-Otro, se manifestó en la entrega y la lucha desinteresada e incondicional, por lograr el bien de sus vidas, en especial, de quienes más lo necesitaban.
Este rasgo de la personalidad y la vida de El Quijote, nos muestra, que, el hecho, de que haya perdido la razón, no significa solamente que haya enloquecido, al confundir unas cosas con otras totalmente diferentes u opuestas, como la de ver en una humilde y sencilla posada un refinado castillo, o, la de ver a los molinos de viento como peligrosos gigantes enemigos. También, indica con claridad, que, al existir-para-otro, deja de existir para sí, es decir, deja de obrar guiado por sus propios intereses o fines personales, que la fría razón calculadora sostiene.
En efecto, este ejemplo inmortal de El Quijote nos confirma, que quienes existen para otros, adoptan una actitud ajena a esa razón centrada en sí mismos, pero, que tiene, sin embargo, el gran valor ético de que los reconoce como sujetos humanos vivos, que merecen una ayuda solidaria, que les ayude salir o superar esa existencia caída y frágil, llena de carencias humanas-afectivas y materiales, que los hacen sufrir.
En cambio, si obran con respectos a los otros, centrando ese obrar, en sus exclusivos intereses o fines personales, los convierten, o, los pueden convertir en simples medios para obtener esos fines, o, en objetos, que se pueden manipular, maltratar, explotar u oprimir. Pierden o debilitan, por lo tanto, la condición de seres humanos morales.
Pero, además, El Quijote, al combatir, arriesgando su vida, para ayudar a otros a alcanzar los bienes de la libertad y la justicia, de los que carecen, o, de los que han sido despojados por los poderosos, no solo existe para ellos, sino también superó el miedo natural de origen animal a morir, como Hegel, lo sostuvo en su famoso texto La dialéctica del amo y el esclavo que hace parte de su libro Fenomenología del espíritu. Pues, Hegel pensó, que cuando un individuo toma conciencia de sí mismo, de su existencia como ser humano, le brota el deseo poderoso de elevarse por encima de su naturaleza original-animal, de superarla o dejarla atrás. Y, este deseo solo lo puede realizar, si consigue librarse del miedo natural a morir, que siente, y, del que adquirió conciencia, cuando precisamente adquirió conciencia de sí mismo. El único modo tiene cada individuo de liberase de este temor natural a morir, es enfrentarse en un combate con otro, en el que arriesgue o ponga en peligro su vida. Pues, un individuo que expone conscientemente su vida en un combate de estos, se librará del dominio de ese temor que lo ata a la naturaleza. Solo, si un individuo es capaz de arriesgar su vida de manera consciente y deliberada en una lucha a muerte contra otro u otros, podrá vencer este miedo que posee inscrito en su naturaleza.
Sin embargo, este no es el único modo de superar el miedo natural a morir que tienen todos los seres humanos, como pretende Hegel. Los estoicos en la Antigüedad enseñaron otro igualmente válido, el de asumir la muerte con entera naturalidad como el destino natural de la vida, preparándose mental o filosóficamente para su llegada. “Filosofar es un modo de preparase para la muerte”, sentenció el escritor y tribuno romano Cicerón, contemporáneo y adversario de las pretensiones imperiales de Julio César, resumiendo el modo propuesto por los estoicos de superar el miedo de morir, que tienen todos los seres humanos. Aprender a aceptar con naturalidad la llegada de la muerte con ayuda del saber filosófico cuando esta se anuncia en el horizonte de la vida, es el modo más natural de evitar la angustia y la tensión que nos provoca su anuncio. Y, por su parte Epicuro también propuso y explicó con claridad otra manera de liberarse de este miedo natural a morir, al sostener que el morir dejamos de sentir; y, por lo tanto, no sentimos ni miedo, ni dolor, ni angustia. Los hombres no deben temer a la muerte porque mientras viven no están muertos, y, cuando mueran no estarán vivos para sentir nada. De ahí, que al morir los seres humanos no sufrirán nada porque simplemente no serán. Al saber y comprender esta realidad podrán liberarse de ese temor natural que tienen a morir. Y, libres de este temor se harán libres, se tornarán capaces de vivir con plenitud los instantes felices y placenteros que esa vida naturalmente les ofrece.
Pero, el modo propuesto y expuesto por Hegel, aunque, es un modo extremo, que ocurre excepcionalmente en la existencia cotidiana de los seres humanos, tiene indudable validez porque, un individuo que expone a conciencia su vida, combatiendo a muerte contra otro, supera necesariamente en ese instante, el miedo a morir. Este es un fenómeno más o menos evidente y contrastable en la realidad. Y, fue este modo, el que ejemplificó, como ya dijimos, con inmenso valor y valentía, este personaje literario imaginario de El Quijote. Y, que, inexplicablemente Hegel, un filósofo inmensamente erudito y de un saber enciclopédico, no mencionó para ilustrar su concepción.
El Quijote, entonces, existió para otros, obró para otros, haciendo de ese obrar un combate a muerte para defender el bien de los débiles y desprotegidos, para darles la libertad y justicia que merecían, y, de las que carecían, o, de las que habían sido despojados por los más fuertes y poderosos. Y, al hacerlo, se forjó a sí mismo, seguramente, sin proponérselo o quererlo, la inmensa humanidad de su ser. Pues, cumplió dos condiciones válidas, que estos filósofos expusieron, que se deben cumplir para llegar a ser un auténtico ser humano. Por eso, El Quijote se convirtió, desde su nacimiento en un gran ejemplo y modelo para toda la humanidad que nunca morirá.
Etiquetas:Camilo García Giraldo Don Quijote El Quijote Emanuel Levinas Hegel Portada