Fragmento de la portada de La Cueva sin quietud, de Mario Monteforte Toledo.
El 13 de septiembre de 1949, dos días antes de que Mario Monteforte Toledo cumpliera 38 años, la Editorial del Ministerio de Educación Pública del gobierno de la Revolución guatemalteca entregó la publicación de su libro La cueva sin quietud, conteniendo 15 cuentos escritos a lo largo de una febril temporada que el autor atribuye en el prefacio a su “entraña” y resume como una “aglutinación sombría y sumario ingenuo” de quien entonces ya se percibía un poco viejo.
El primer ejemplar, con la tinta fresca de la imprenta, fue su regalo de cumpleaños, porque le entregaron un ejemplar recién empastado el 15 de septiembre, impreso bajo el cuidado de Bartolomé de Costa-Amic, el editor anarquista catalán que revolucionó el mercado editorial guatemalteco en la década de la Primavera.

El libro fue una de sus obras más queridas y acariciadas, con grabados de sus amigos artistas, quienes se marcharon en esos días a París buscando la veleidosa fama: Arturo Martínez, Jacobo Rodríguez Padilla y Adalberto de León (quien se suicidó desesperanzado en el zoológico de la ciudad luz siete años más tarde), entre otros. Figuras que pasaron a la historia junto a Monteforte, como generación nacional ilustre. Pero especialmente debía su júbilo a la mancha en la portada realizada por su hija mestiza, Morena, quien motivó particularmente la ficción del cuento titulado Dos caminos salen del pueblo, y que se repite en la novela Donde acaban los caminos, obra que el escritor llevó al cine haciendo gala y demostración de energía joven pero que no logró ver realizada y proyectada en la pantalla grande.
Monteforte recorrió con los artistas, productores y director los espacios de su aventura memoriosa, San Pedro la Laguna y Sololá, y le pareció todo tan feo y deteriorado entonces, que se subieron de inmediato a los vehículos y optaron por realizar la filmación en los escenarios naturales de la Antigua, satisfechos con la ciudad en ruinas, rodeada por el río Pensativo, que es un hilo de agua y eventualmente acarrea la corriente devastadora. El paisaje del volcán Atitlán y del lago no ayudaban al propósito. Mario se decepcionó de la locación real por el tierrero, anuncios comerciales, casas de tres y cuatro niveles con balcones y balaustradas junto al alambrado tupido, aunque estaba el lago y los volcanes, los cerros de arena, las lanchas desafiando la fuerza del Xocomil, ese remolino legendario que traga naves y absorbió la cenizas de Mario Monteforte Toledo cuando fueron esparcidas por sus amigos en el punto donde él depositó las cenizas de su hija Morena.
El cuento inicia con la maldición del hechicero, que impresiona y confunde al protagonista, y necesita conversar con un abogado amigo en velada que lo trastorna aún más. El narrador es un médico confundido ante un hecho fantástico increíble, que conversa con el amigo abogado “vivaz, filudo, terriblemente inteligente”, deshilvanando y disipando dudas. Dos profesionales conviven en las entrañas de San Pedro la Laguna, en un pueblo que concideran congelado en el siglo XVI, ante lo que está en contradicción con la ciencia de la “civilización más vieja que los árboles”. ¿En qué se puede creer? Ya todo le parece controvertido, desde “la geodesia hasta el atomismo” y la magia experimentada lo hace dudar de los axiomas.
En Dos caminos salen del pueblo el autor narra por primera vez la experiencia real del rito de pedido de muerte de un agresor que había despojado de su mujer infiel a otro. El ofendido reclamó aplicar el castigo capital para el culpable, porque quería matarlo, pero sin enfrentar a la justicia de los blancos. Pidió al brujo que le hiciera crecer un sapo en el vientre hasta estallar “desparramando veneno por todas la mucosas, los vasos y las glándulas”, sabiendo que cuando el médico lo abriera para la autopsia no encontraría nada “ni siquiera el miedo, que no tenía forma ni ponzoña y sin embargo mataba”.
El novelista escéptico presenció la acción sin poder creer en tal cosa, y contempló absorto el rito, hasta escuchar la fecha exacta del fallecimiento del agresor, y como el brujo procedió a solicitar el cobro respectivo de sus honorarios.
Mario Monteforte Toledo relató la misma anécdota en su novela Entre la piedra y la cruz, y también en Donde acaban los caminos, con ligeros cambios. Así como la contaba coloquialmente en reuniones con amigos, porque fue testigo y quedó dramáticamente convencido cuando se cumplió lo enunciado por el brujo. El agresor falleció exactamente la fecha prometida y no se pudo explicar médicamente la causa. Fue tal el impacto, que de allí en adelante el novelista sufrió insomnio y tembló ante la posibilidad de tener que admitir la existencia de los poderes ocultos, que luego resumió en su leitmotiv: “Aparte son los ladinos, aparte los naturales”.
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