Migrantes valientes

"Regresó cojeando, con el rictus triste en la mirada, pero volvió a intentarlo, y en la segunda prueba sí pasó”.

Méndez Vides

abril 3, 2025 - Actualizado abril 2, 2025
Méndez Vides

Hace 30 años, un albañil partió, con la ayuda de un coyote, hacia el sueño americano, para ganar más.   Dejó su propiedad condicionada a un pago de 30 mil quetzales, con derecho a dos intentos.  Tardó un mes en atravesar México y la frontera norte, con números de teléfono aprendidos de memoria, sin papeles ni señas de identidad, depositando la confianza en desconocidos.   Lo mantuvieron por semanas en un cuarto oscuro, en una casa calurosa, esperando la señal, y cuando por fin se pudo, atravesó de madrugada el muro e ingresó a la tierra prometida, y caminó por el desierto como Moisés, donde sólo lagartijas, culebras y arañas sobreviven. Tras caminar unos 50 kilómetros los encontró la migra, así que se dispersaron, y apenas él y un amigo agricultor lograron escabullirse.   El albañil era un gran luchador, incansable, capaz de subir varios niveles por gradas con cargas pesadas en la espalda, y caminó, caminó, escondiéndose entre los arbustos secos cuando sonaban las aspas de los helicópteros.   El sol quemaba, anduvo sedientos esperando que cayera el maná, y de noche bajó la temperatura hasta congelarles las lágrimas, temblando de frío.  Su amigo quería morir.  Después de 3 días sin porvenir, confundidos y desesperados, los dos migrantes caminaron directo a donde sabían estaba el campamento de migración y se entregaron voluntariamente.   El albañil llevaba rota la pierna, cojeaba, y el agricultor tenía clavadas espinas por todo el cuerpo, como San Sebastián.   Los metieron a la cárcel, trapearon pisos hasta que brillaban, y fueron devueltos en avión.  

El de las espinas se quedó quieto en casa mientras su esposa retiraba del cuerpo herido las flechas.   No quedó convidado para repetir, y cedió su lugar a un primo que sí logró llegar, pero no pagó la deuda como correspondía, así que perdió su tierra.   Pero los coyotes son cosa seria, se quedaron con la propiedad, y al primo incumplido lo delataron con migración y fue repatriado para sentar un precedente.

El albañil nunca se rindió.  Regresó con el rictus triste en la mirada, medio sanó su pierna y volvió a intentarlo, y esa vez sí pasó, y allá se quedó, y mandó a traer gradualmente a sus hijos que había dejado niños.   Aquí sólo quedan las mujeres.  Una vez le pregunté cuántos hijos tenía y me contestó que tres, ante lo que yo sentí cierto alivio, pero luego me aclaró que además tenía cinco hijas.     

El hijo de quien no se atrevió a repetir el viaje, narra que el último varón del otro acaba de lanzarse a la aventura, a pesar de las nuevas restricciones, que pagó al coyote 180 mil, y que pudieron pagar el paso porque su padre y hermanos vivían en la tierra prometida.   De no haber sido por las espinas, quizá él también estuviera por allá.

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