La migración es una experiencia humana fundamental que siempre adquiere rasgos específicos según su tiempo y lugar. La experiencia de ser un inmigrante en los Estados Unidos hoy en día no es la misma que la de hace treinta años. Las posibilidades de conseguir un trabajo y una vivienda en ese país son más lejanas ahora que en aquellos tiempos, cuando los números de quienes buscaban una mejor vida eran menores.
A medida que la falta de oportunidades en los llamados países del “tercer mundo” se fueron reduciendo, acrecentando la pobreza y la desigualdad, el fenómeno migratorio fue incrementado sus números a gran escala. Este crecimiento fue cubriendo la demanda de mano de obra no calificada y barata en los Estados Unidos, la cual la proveen inmigrantes que están en situación migratoria irregular. Sin embargo, esta demanda se ha visto afectada por el hecho de que la economía ha venido en un declive progresivo haciendo que grandes sectores de la sociedad enfrenten precarios niveles de vida, llegando en muchos casos a condiciones de vulnerabilidad extrema. La pobreza y la desigualdad en el país de Norte también han afectado a la clase media.
Esta dinámica de descenso social se refleja en las perspectivas de vida de quien busca su subsistencia. La migración irregular provoca que muchas personas terminen en situaciones adversas que no suelen identificarse en toda su radical desnudez. Cuando se trabaja en el campo respectivo es común identificar gente que vive en la calle, porque ni aún los refugios ofrecen la protección que se busca en tales situaciones de desamparo.
Esto sucede con algunos los trabajadores jornaleros, personas que se ven obligados a subsistir con base en el pago por día de trabajo. Estos suelen encontrarse en determinadas esquinas de las ciudades para ser recogidos por personas que necesitan ayuda de corta duración. Estos trabajos son en su mayoría de duración temporal, como es el caso de la construcción, pintura, carpintería, jardinería y mudanzas entre otros. Muchas de estas personas vienen de un ambiente tan vulnerable, que aun estas condiciones de extrema precariedad no les hace perder ese imaginario social que impulsa al migrante a buscar el sueño americano. Siempre se mantiene la esperanza de salir adelante y ayudar a sus familias en sus países de origen.
Las y los jornaleros son uno de los grupos más vulnerables de la comunidad migrante. Los niveles de escolaridad de este grupo, en su gran mayoría de sexo masculino, son bajos. Un gran número no han terminado la primaria, muchos no pueden leer y escribir, y un grupo muy reducido pudo terminar una carrera de educación media. En cuestiones de salud, no tienen un seguro médico que les ayude a mantener una salud física y mental aceptable. Casi siempre usan los servicios públicos, y las muchas veces que no los usan es por no tener que pagar facturas caras, porque aún lo público se paga, si no se cuenta con un seguro médico que cubra los costos.
Si se aspira a entender la migración, se debe verla siempre como algo más que una decisión de racionalidad económica. Sabemos que los mecanismos de inestabilidad del país son tan profundos que a veces se desarrollan percepciones que alimentan la motivación de salir adelante a toda costa. En ese sentido, el sueño del migrante se basa en la construcción del imaginario que siempre funciona como el pilar de los impulsos hacia el cambio social. Pero se debe reconocer que la situación actual del inmigrante hace que el imaginario de una vida mejor se desvanezca. Para muchos inmigrantes, el sueño americano resulta ser la pesadilla americana.
En cuanto a la vivienda, los jornaleros tienden a hacinarse para disminuir gastos, y cuando no tienen trabajo, tienen que buscar un espacio en los llamados shelters o refugios, los cuales no necesariamente los protegen, sino que en muchos casos limitan su autonomía y los colocan en una situación de estrés. Muchos de los problemas en los refugios giran alrededor de robos y violencia física, situaciones que se agudizan debido a la multiplicación de los problemas de salud mental de los que acuden a dichos lugares. Desde luego, abandonar esa estresante situación significa quedar en la intemperie, en regiones en donde las temperaturas suelen ser extremas.
Como cualquier ser humano, el jornalero no está exento del dolor, no digamos el jornalero que se convierte en una figura extrema de la desdicha. Nunca se acostumbrarán a su desnudez humana: en sus ojos se puede notar que la humillación es más grande que su soledad. En ellos se refleja la vergüenza y el abandono del Estado, de la familia, del amigo y de la organización comunitaria que debería proveer para su bienestar. Cuando reconocemos la aportación económica del migrante a nuestro país, no debemos olvidar a aquel ser en el que el imaginario migrante se convirtió en pesadilla. No comer y no poder dormir con tranquilidad nunca debe ser el destino que merece alguien que dejó su tierra para conquistar un sueño.
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