En Guatemala estamos acostumbrados a los temblores de la Tierra y a los bloqueos durante las crisis políticas que tienen sus picos, seguidos por cierta calma engañosa, previo a que retornen las bullas. Una semana nos agitó el asunto de la clasificación forzada de la basura y ahora el control de los motoristas, esa nueva casta cuyo transporte es símbolo de rebeldía y libertad. El miércoles, mientras en las calles se enfrentaban las fuerzas de seguridad con los bloqueadores (aspirando el humo de bombas lacrimógenas) falleció en su hogar, lentamente y en silencio uno de los actores más destacados de la Época de Oro del teatro guatemalteco, Julio Díaz Aldana, quien en su momento más activo gozó del sonido de los aplausos.
Julio Díaz fue soñador y quijote, porque destinó su vida al escenario tardío. Nació en Zacapa, y casi inmediatamente vino a la ciudad de Guatemala, donde sus padres lograron radicarse después de toda una hazaña novelesca gracias a un golpe de suerte durante sus días viviendo en El Salvador: se ganaron la lotería, en el sentido real, no metafórico, con lo cual compraron una vivienda en la Avenida Bolívar. Su vida giró de allí en adelante alrededor del barrio de Santa Cecilia, donde se le terminó el tiempo.
Desde muy joven tuvo que ganarse la vida, mientras continuaba estudiando para maestro en la nocturna. Encontró empleo de contador, fue funcionario público, de lo que vivió mientras en la noche brillaba como artista. Salía del empleo y empezaba su faceta de artista, hasta la medianoche, ensayando y actuando en temporada.
A los 20 años se unió al TAU (Teatro de Arte Universitario) que dirigía Carlos Mencos Deká, donde le brotó la vocación y pudo conocer mundo llevando un montaje del Popol Vuh por diversos países, como Inglaterra, Italia, Francia, Turquía y más. Luego, un grupo de diez amigos fundaron el Grupo Diez, que actuaba en el Teatro Gadem, donde montaron más de 25 producciones memorables, que lograron atraer a los capitalinos al espectáculo y el escándalo, desbordando emoción y asombro.
Pero como todo termina, la gran época del teatro nacional fue sustituida por la imposición audiovisual, así que Julio se adaptó y en su etapa de madurez participó en dos películas clave, El silencio de Neto de Luis Argueta en 1994, y La Llorona de Jayro Bustamante un año antes de la pandemia.
La combinación de una vida en Guatemala, siendo funcionario de día y artista de noche, fue ejemplar por la perseverancia. Sus presentaciones en el teatro fueron fugaces, apenas queda presente en la vivencia de quienes vieron subir y caer el telón, que ahora fue definitivo, una pantalla negra con la última palabra que cierra el espectáculo: fin.
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