La Semana Santa, en su dimensión religiosa y cultural, es un período marcado por profundas reflexiones sobre la vida, la muerte y la esperanza de la resurrección en diversas tradiciones cristianas. Sin embargo, desde una perspectiva crítica basada en una teología para la vida, este periodo litúrgico puede ser interpretado como una poderosa oportunidad para denunciar los ídolos de muerte presentes en las estructuras socioeconómicas y políticas contemporáneas, reivindicando a su vez el Dios de la vida.
Karl Kautsky, ya a principios del siglo XX, se dio a la tarea de explorar las raíces materiales e históricas del cristianismo en sus escritos. En su obra Los orígenes del cristianismo (1908), Kautsky ofreció una perspectiva histórica, materialista y política particularmente rigurosa sobre la figura de Jesús y los primeros movimientos cristianos. En este trabajo, Kautsky intenta entender a Jesús no como una figura puramente religiosa o sobrenatural, sino como un líder popular cuyo mensaje respondía directamente a condiciones materiales, económicas y políticas específicas de su tiempo. Kautsky nos ofrece una exegesis rigurosamente historicista de la figura de Jesús.
Según Kautsky, Jesús fue esencialmente un líder político y moral propio de su tiempo y cuya predicación estuvo profundamente arraigada en la resistencia contra las injusticias y la dominación económica de la élite sacerdotal judía y la ocupación imperial romana. Así, el cristianismo primitivo se originó como un movimiento social compuesto principalmente por las clases populares empobrecidas y subalternas de Palestina, que experimentaban opresión económica y exclusión política bajo la dominación romana. Darle a César lo que es del César era, en realidad, hacer un llamado a darle nada puesto que la figura del César aspiraba a una divinidad y una soberanía que la figura de Jesús le negaba.
Kautsky enfatizó la centralidad del contexto material palestino: el cristianismo temprano representó una lucha contra la explotación económica, la desigualdad social y la dominación política imperial. Jesús, desde esta perspectiva, fue crucificado como una amenaza directa al orden socioeconómico existente y el poder de las élites judías que se beneficiaban del colonialismo romano. Desafiar las autoridades del Templo era, de hecho, desafiar el orden político existente, aunque fuera hecho de modo no violento. Al enfatizar el contexto histórico-político de Jesús, Kautsky planteó la base para posteriores análisis críticos sobre la religión, el colonialismo y el imperialismo en estudios como los de Franz Hinkelammert, Marcus Borg y John Dominic Crossan.
Hinkelammert ofrece en Las armas ideológicas de la muerte (1977) una crítica radical sobre cómo ciertos discursos religiosos son instrumentalizados para legitimar la muerte y la violencia estructural. Para Hinkelammert, un teólogo y economista alemán radicado en Latinoamérica desde fines de los años 60, la insistencia en la muerte de Cristo, separada del mensaje central de vida y liberación que representa el simbolismo de su resurrección, ha sido convertida en una ideología que ha perpetuado sufrimientos sociales e injusticias, legitimando así prácticas económicas y políticas opresivas que sacrifican vidas humanas, incluyendo el planeta mismo, en nombre del mercado o del poder. Este enfoque exhorta a una reorientación teológica que enfatice la vida, desafiando la lógica sacrificial inherente al capitalismo moderno. Para Hinkelammert, de hecho, es posible plantearnos la reorganización de la economía desde el principio de la vida misma.
Complementando esta crítica, el teólogo y sacerdote católico chileno Pablo Richard reintroduce la idea de recuperar el Jesús histórico y desarrollar una crítica contra los «ídolos de la opresión» (1989). Según Richard, muchas sociedades contemporáneas están dominadas por idolatrías que exaltan la muerte en formas diversas, desde el culto al mercado y al dinero hasta la violencia del militarismo y el extractivismo económico. Para Richard, la verdadera fe cristiana implica una toma de postura frontal contra estos ídolos mortíferos, promoviendo una espiritualidad y praxis comprometidas con la justicia, la equidad y la preservación ecológica.
Richard propone entender que «en el principio la Palabra estaba junto a Dios y la Palabra era Dios. Y la Palabra se hizo carne y puso su Morada entre nosotros (cf. Jn 1, 1-14) Carne significa humanidad en condición de debilidad y mortalidad. Cuando Dios se hace humano todos los dioses se derrumban. El dios dinero, el dios mercado, con su fuerza el neoliberalismo». Por extensión lógica, para Richard la Semana Santa se convierte así en un momento propicio para denunciar estos ídolos y afirmar radicalmente la opción por la vida plena y abundante que Jesús encarna en el poder simbólico de su resurrección. Por ello escribió El Movimiento de Jesús después de la Resurrección y antes de la Iglesia. Una interpretación liberadora de los Hechos de los Apóstoles (1998).
Por otro lado, el teólogo estadunidense Marcus Borg y el ex sacerdote católico John Dominic Crossan, en sus investigaciones sobre el Jesús histórico (1994), resaltan cómo el mensaje y las acciones de Jesús deben entenderse dentro del contexto de la lucha contra el colonialismo e imperialismo romano. Al igual que la lectura que Gustavo Gutiérrez hizo una vez de la historia del éxodo israelí de la esclavitud en Egipto como una historia de emancipación real y no meramente simbólica, para Borg y Crossan el Jesús histórico no representó una opción espiritual individualista, sino una resistencia activa frente al imperialismo romano y las estructuras coloniales que imponían sufrimiento, explotación y marginación a pueblos enteros. La crucifixión, desde esta perspectiva histórica, no es simplemente un acto de redención teológica abstracta, sino una ejecución política diseñada para silenciar un mensaje de liberación integral contra la opresión económica y política del imperio.
Integrando estas perspectivas, la reflexión crítica sobre la Cuaresma y Semana Santa adquiere una dimensión profundamente política y económica. Las procesiones y ritos tradicionales pueden interpretarse como oportunidades para recordar y cuestionar la complicidad de los sistemas actuales con los «ídolos de la muerte»: la explotación económica, la desigualdad extrema, el racismo estructural, la violencia estatal y el extractivismo ecológicamente destructivo. En países como Guatemala, donde la economía agro-exportadora y extractivista reproduce ciclos profundos de violencia ecológica y social, estos ídolos de muerte son visibles en el despojo territorial, la persecución de defensores ambientales e indígenas y en la sistemática degradación ecológica. La Semana Santa nos recuerda el imperativo de velar por nuestra «casa común».
La Semana Santa, interpretada desde estas perspectivas críticas, se transforma en una oportunidad para articular públicamente un proyecto político y teológico contrahegemónico y centrado en la defensa de la vida. En lugar de reforzar discursos sacrificiales y de resignación ante el sufrimiento, la celebración puede resaltar el poder simbólico de la resurrección, un significante poderoso de luchas por la justicia, como una praxis activa de resistencia frente a los ídolos de muerte contemporáneos, exigiendo cambios estructurales profundos hacia sistemas económicos, políticos y sociales verdaderamente vivificantes.
Las ideas combinadas de Kautsky, Hinkelammert, Richard, Borg, Crossan y otros/as ofrecen una crítica integral al sistema farisaico actual de muerte que el capitalismo y el imperialismo sostienen apelando a una teología del egoísmo, el sometimiento y la obediencia, a la vez que proporcionan marcos teóricos robustos para que la gente cristiana con un mínimo de consciencia se de a la tarea de reimaginar y construir sociedades más justas, equitativas y ecológicamente sustentables. Esta Semana Santa es una invitación a renovar la esperanza activa en un proyecto que supere la idolatría de la muerte en favor de la vida, la justicia, la dignidad humana y el cuidado ecológico.
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