Durante aƱos, el eMePĆ© pareció entender la transparencia como una molestia, una impertinencia ciudadana, una especie de curiosidad maleducada. Preguntar cuĆ”nto ganaban sus mĆ”ximas autoridades no era, segĆŗn esa lógica, un derecho: era casi una amenaza a la seguridad nacional. Hay secretos de Estado y secretos de escritorio. Los primeros se justifican con solemnidad; losā¦
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