La poesía como una forma de diálogo

... el sentido que abren los poetas con sus poemas, ayuda a quienes los leen a tomar conciencia clara de la temporalidad finita de sus existencias.

Camilo García Giraldo

marzo 16, 2025 - Actualizado marzo 15, 2025

La capacidad de hablar o del lenguaje es una capacidad esencial de los seres humanos; una capacidad que nos define como tales, y, que nos diferencia de nuestros antepasados animales. Una capacidad que, al usarla, nos permite no solo comunicar a nuestros congéneres, nuestros pensamientos, valores, vivencias y emociones, sino también, darle sentido a nuestra existencia, y a las cosas del mundo. Pues, al nombrar y comunicar con las palabras del lenguaje algo con sentido, le damos un sentido determinado a nuestra propia existencia, si ese sentido que nombramos es un sentido profundo esencial y permanente. En este momento, esas palabras adquieren, necesariamente, una forma poética. Por eso, la palabra poética, como lo mostró y comprendió muy bien Hölderlin, instaura, o, abre un mundo nuevo de sentido, que tendrá una duración permanente en la existencia de los hombres: “Lo que permanece está confiado al cuidado y servicio de los poetas”.

Pero, para que el auténtico poeta nombre con sus palabras el sentido esencial de algo en el mundo, se necesita que lo vea con sus ojos, como lo señaló Rimbaud, que sea un gran vidente capaz de ver y percibir esa esencia, que subyace, por debajo o más allá, de sus apariencias exteriores. En su bello y genial poema, Genio, nos descubrió esta cualidad auténtica del poeta, la de ver por detrás de las cosas aparentes y externas, la realidad profunda, la otra realidad, que escapa, habitualmente, a la percepción natural de los demás hombres. El genio, es el poeta que abre con las palabras ese mundo de sentido, que está más allá de lo que vemos y sentimos en las horas despiertas de nuestra vida cotidiana. Por eso, tenemos la necesidad vital de ir en busca de él, para que él nos encuentre, y, de esa manera, poder ver lo que él ve por nosotros, y, para nosotros. Dice Rimbaud “Él nos ha conocido a todos y a todos nos ha amado. Sepamos, esta noche de invierno, de cabo en cabo, del polo tumultuoso al castillo, de la muchedumbre a la playa, de mirada en mirada, fuerzas y sentimientos cansados; llamarlo y verlo, y enviarlo de nuevo, y bajo las mareas y en lo alto de los desiertos de nieve, seguir sus miradas, sus soplos, su cuerpo, su día”. (Ver su libro Illuminations. La traducción del francés es mía).

Y, así el poeta, después de verlo, sea capaz de darle el nombre más justo y apropiado a esa esencia que ve, sea capaz, de darle el nombre que coincida con ella, para que ésta, efectivamente se manifieste. Paso complementario e indispensable porque el poeta al ver lo que los demás no ven lo que hace en el fondo es oír su presencia a través de los sonidos de las palabras que las nombran o las invocan; y al oírlas, logra verlas en imágenes originales, que las hacen transparentes a su espíritu.

Sin embargo, esta condición tampoco es suficiente para que se pueda crear un auténtico poema, un conjunto de palabras que merezcan de verdad este nombre y esta calidad. Se requiere, además, que el poeta sea capaz de dialogar con las palabras mismas que forman el lenguaje, que todos usamos, o, del que hacemos parte como nuestra propia casa, como diría Heidegger. Es decir, que sean capaces de interrogarlas por sus profundos sentidos, para que les contesten, para que les hablen y les digan lo que “sienten” o significan en su interior y su fondo.

Pero, ocurre que no siempre, el sentido de las palabras del lenguaje habitual que usan los seres humanos, es el más adecuado para nombrar algo esencial del mundo. Ese lenguaje no ofrece las palabras y expresiones suficientes para decir o expresar, con propiedad y profundidad, algo esencial del mundo. De ahí, que le resulte muchas veces esencial para el poeta, traer palabras de otros idiomas y lenguajes, o, revivir algunas antiguas casi desaparecidas por su falta de uso cotidiano, como lo hizo, con maestría el poeta colombiano León de Greiff, o, crear nuevas, como lo hicieron el gran poeta peruano César Vallejo en su libro Trilce, y, el poeta chileno Vicente Huidobro en su poema Altazor.

Huidobro, expone en este poema el proceso de su creación; vuelve la palabra sobre sí misma, para mostrarnos, el modo en que se crea el poema mismo. Y, al hacerlo así, nos presenta un paradigma de transformación de una palabra convencional, en múltiples otras, que nos dicen algo totalmente nuevo y diferente. Huidobro pensó, en contraposición a Baudelaire, que, en los tiempos modernos, el lenguaje natural que sirve para la comunicación diaria de los seres humanos, es inservible para los fines de la poesía. Por eso, es necesario someterlo a un acto de “violencia creadora”, es imprescindible destruir cada palabra para que la poesía tenga de nuevo una posibilidad. Así, efectivamente, por el camino de dividir o fragmentar una palabra para reunir después sus partes con otras palabras diferentes, el poeta engendró un nuevo lenguaje sonoro y rico en imágenes sensibles. De esta manera se logra vencer las limitaciones del lenguaje habitual o natural que tienen a su disposición.  Y, al vencerlas sienten que saltan por encima de ellas para alcanzar la esencia del ser de algo de la existencia humana, y de su mundo.

Al hablar o dialogar con las palabras, el poeta, entonces, consagra el lenguaje como su interlocutor esencial, que le ofrece la posibilidad inagotable de ser la fuente de los sentidos de las cosas de la vida y del mundo que busca con ahínco y empeño. Cuando cada ser humano habla o dialoga consigo mismo, piensa, como lo señaló con toda razón, Platón. Y, cuando habla o dialoga con otro u otros piensa en común, transmitiéndose o comunicándose sus ideas, valores, vivencias y sentimientos. De ahí, que el ejercicio de este diálogo les proporciona un sentido profundo a sus vidas, porque les permite integrarse entre sí, es decir, las permite compartir algo de sí y de sus vidas, y, así sostenerlas vivas y en pie durante el tiempo en que duran. Pero, cuando alguien habla con el lenguaje, y desvela un sentido profundo y esencial de algo que los demás no habían percibido o captado en el ejercicio del diálogo habitual que sostienen, se vuelve poeta.  Un sentido, que les permite ver y comprender ese algo del mundo al que se refiere

Ahora bien, el sentido profundo e “invisible” de las cosas o entes de la vida y del mundo que abre el poeta con las palabras del lenguaje, con su poesía, contribuye a que los seres humanos tomen conciencia del tiempo en el que están inscritas sus vidas, de que se comprendan como los seres finitos y temporales que en realidad son. Pues, al captar ese sentido que abre la poesía de algo de sus vidas o del mundo sienten que ese algo tiene que tener una existencia permanente; es decir, una existencia siempre presente que no pasa, que no deja de ser en el pasado, y, que tampoco dejará de serlo en el futuro. Y, lo sienten así, porque precisamente su existencia real y fáctica no tiene esa permanencia duradera y permanente en el tiempo. Los seres solo pueden captar o comprender el sentido permanente de algo en la medida que sus existencias son finitas y no permanentes.  

Pero, además, pueden comprender el sentido permanente que abren o desvelan los poetas con sus poemas por una segunda razón, la de que también está inscrito en el tiempo. Es un sentido temporalmente permanente. Es decir, es un sentido que aparece gracias a que un poeta lo desvela, pero, que después, con el paso del tiempo, desaparece o es olvidado por lo seres humanos. Por estas dos razones, el sentido que abren los poetas con sus poemas, ayuda a quienes los leen a tomar conciencia clara de la temporalidad finita de sus existencias.

El filósofo pre-socrático Parménides en la Antigüedad griega, sostuvo, en su fundamental poema filosófico De la naturaleza, que todo lo que es, que el Ser, es permanente, invariable e incorruptible. Por eso, existe necesariamente por fuera o más allá del tiempo. Sin embargo, como acabamos decir, toda obra poética valiosa, desde siempre, ha puesto de presente la existencia de otro modo de relación entre el ser y el tiempo diferente al que han imperado en la comprensión filosófica de los hombres occidentales desde los tiempos de Parménides. Una relación en que el ser, lo que es permanente, no existe por fuera del tiempo, sino, que está inscrito profundamente en él. Es decir, una relación en la que el ser se temporaliza. Y, fue también Hölderlin, “El poeta de los poetas que poetiza sobre la poesía”, como dijera Heidegger, en su texto Hölderlin y la esencia de la poesía, el que comprendió y puso en evidencia con enorme claridad, esta relación diferente que la poesía siempre ha forjado entre el ser y el tiempo.  

Ilustración: Freepik

Y, lo hizo, recurriendo a la figura de Dionisos, el dios mítico griego del vino y de la fiesta. Dios, que fue perseguido por Hera, la esposa de Zeus, hasta volverlo loco y obligarlo a peregrinar con una salvaje cohorte de sátiros y bacantes por el norte de África y de Asia menor. Desde ese momento del pasado se volvió en un dios ausente o “extranjero” para los hombres griegos y accidentales que con su ausencia les despierta el deseo y la añoranza siempre presente en sus vidas de su regreso un día en el futuro para vivir intensa y plenamente, para ser uno con la vida. De ahí, que este dios simbolice y represente para el romántico poeta alemán el sentido verdadero y auténtico del tiempo que abre el sentido de toda obra poética como lo dice en la séptima estrofa de su Elegía Pan y vino citada por Heidegger:

“Pero ¡amigo! Venimos demasiado tarde. 

En verdad viven los dioses

pero sobre nuestra cabeza, arriba en otro mundo 

trabajan eternamente y parecen preocuparse poco 

de si vivimos. Tanto se cuidan los celestes de no herirnos.

Pues nunca pudiera contenerlos una débil vasija,

sólo a veces soporta el hombre la plenitud divina. 

La vida es un sueño de ellos.

Pero el error nos ayuda como un adormecimiento.

Y nos hace fuertes la necesidad y la noche.

Hasta que los héroes crecidos en cuna de bronce,

como en otros tiempos sus corazones son parecidos en fuerza a los celestes.

Ellos vienen entre truenos.

Me parece a veces mejor dormir, que estar sin compañero

Al esperar así, qué hacer o decir que no lo sé.

Y ¿para qué poetas en tiempos aciagos?

Pero, son dices tú, como los sacerdotes sagrados del Dios del vino,

que erraban de tierra en tierra, en la noche sagrada”.

De ahí, que Heidegger, encontrara en este hallazgo de Hölderlin sobre la capacidad del lenguaje poético, simbolizada por Dionisos, de crear una imagen del ser temporalizado, la “prueba” excepcional, que valida y encarna, al mismo tiempo, su concepción general del ser que había elaborado analítica y discursivamente en su gran obra Ser y tiempo. Concepción con la que pretendió superar el olvido que la metafísica, que la filosofía tradicional desde los griegos, instauró de la diferencia ontológica entre el ser y el ente. Diferencia, que, a pesar, de haber sido olvidada, nunca dejó de existir como tal, y, que, consiste en que el ser no se manifiesta o no está presente en los entes del mundo, el ser no comparece ante el ente, precisamente, debido a la dimensión primordial del tiempo en que está inscrita su existencia. Pues, en el preciso momento en que el ser comparece ante al ente, se retira, deja de estar presente en él, a causa del paso inexorable del tiempo.

Pero, se retira, sin desaparecer del todo, sin ausentarse de modo absoluto y definitivo. Y, esta ausencia, despierta e incita el deseo de los hombres de traerlo de nuevo ante sí, de hacerlo presente de nuevo, ante los entes del mundo, para revelarlo, y, mostrarlo tal como es, en verdad. Por eso, al ser le ocurre con respecto a las cosas y entes del mundo, lo mismo que le ocurrió a Dionisos ante el mundo socio-cultural de su época. Dionisos es el personaje mitológico que representa y simboliza el Ser impersonal y anónimo, que brota, y, hace brotar, como lo hace la poesía, el sentido profundo de la existencia temporal de los seres humanos. Pues, todo lo que ES tiene o abre un sentido en el tiempo de vida de los hombres; y, todo lo que tiene sentido ES y existe en el tiempo, lo abren o fundan los poetas hablando o dialogando con las palabras, con el lenguaje. 

(De mi libro Cultura y humanismo)

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