Un colega antropólogo que conoce mi interés por la historia de las mujeres me recomendó un libro recién publicado en 2024, A Voice Came Down The Mountain (Una voz bajó de la montaña), que se presenta como “La verdadera historia de una mujer guerrera a quien descubrí en un volcán”, la vida de la capitana de la ORPA, Ana. El autor, Terry Winckler llegó como voluntario a Guatemala y colaboró con una organización que apoyaba a la gente de la comunidad en Cunén. Conoció a la guerrillera mucho tiempo después, en una visita que realizó al volcán Tolimán, donde convivió con un pequeño grupo de insurgentes en sus refugios itinerantes en barrancos y montañas.
El relato personal del autor se puede dividir en los viajes que hizo en diferentes momentos, el primero en 1972, cuando vino como voluntario en el tiempo en que la guerrilla hacía sus primeras incursiones en las montañas ixiles; el segundo 1985, cuando la violencia contrainsurgente había provocado masacres, desapariciones, exilio. Las víctimas se contabilizan en más de 250 mil, pero el daño fue devastador para todas las comunidades. Y el viaje de 2019, cuando regresa para visitar el sitio donde se depositaron las cenizas de la capitana cuyas palabras eran “más poderosas que las balas”.
Muchos extranjeros, gringos y europeos estuvieron en Guatemala en los años setenta y la recuerdan como un lugar maravilloso, con montañas y ríos cristalinos, habitadas por pueblos mayas sumamente empobrecidos y enormemente hospitalarios. El autor habla de Nebaj, la describe como el edén, y la compara con Shangri-La, el mítico sitio del Himalaya que aparece en la novela Horizontes perdidos, llevada al cine por Frank Capra en 1937.
Se ha escrito mucho sobre la violencia que asoló al país, como política de Estado, bajo el mando de generales asesorados por el departamento de Estado de los EEUU, apoyados por sectores de empresarios anticomunistas. Es innegable que hubo un intento de exterminar a la población indígena que se suponía apoyaba a la guerrilla, aplicando la política de quitarle el agua al pez, y matando de raíz cualquier insubordinación. De todo ello habla el autor, como un referente ineludible.
Winckler, que vuelve a la comunidad donde estuvo de joven, encuentra múltiples testimonios de lo que padeció la población, que -como dice él y han dicho muchos analistas- quedó entre el ejército y la guerrilla. Cuando habla de lo que pasó en la zona, destaca que la guerrilla también cometió abusos y asesinatos, aunque no en la misma medida que el ejército. La mirada del autor, narrada en primera persona, nos deja imágenes de campesinos luchando día a día por sobrevivir, de mujeres y niñez descalza, y recurre a la escalera como una figura que explica las desigualdades y la falta de oportunidades.
A mediados de los ochenta, el gobierno afirmaba que la guerrilla estaba extinguida, que ya no quedaban más que algunas bandas dispersas en las montañas. Para muchos periodistas, Guatemala seguía teniendo atractivos muy grandes. Ya Galeano había publicado Guatemala, Clave de Latinoamérica, en 1967, donde entrevistó al comandante César Montes en las montañas de oriente donde aquella guerrilla operaba. La idea de Guatemala como un laboratorio donde la CIA experimentó las operaciones que pusieron fin a la Revolución que había iniciado sus pasos hacia la modernidad, llamaron la atención de antropólogos, historiadores y aventureros de allí en adelante, hasta la fecha.
La parte más interesante del libro y la que yo buscaba desde el inicio, es la relacionada con esta joven mujer, procedente de una familia acomodada, cuyo padre era un militar de alto rango, y quien luego de estudiar en un colegio de monjas, ingresa a la carrera de agronomía en la USAC (que hoy no tiene rector), y luego se incorpora a las filas de la Organización del Pueblo en Armas, convencida de su lucha por la justicia.
El autor reconstruye la historia de la capitana con base en sus propios recuerdos durante los pocos días de estancia en el seno del volcán, y en los de la hija mayor, quien de niña la vio partir a la montaña y hoy es madre de un bebé, y del hombre que fue pareja y compañero de la capitana, Pancho, quien después de la firma de los acuerdos de Paz, fue diputado por el partido de Ríos Mont, general condenado por genocidio en 2013. Seguramente la grabación que guardó hasta entregársela a la familia, donde Ana repite un discurso con el que buscaba penetrar las conciencias para llevar a cabo una revolución, siguen resonando en su memoria. El libro incluye varias fotos de la capitana, guerrera que dirigió combates con valentía y tenacidad, según relatos de sus propios compañeros.
Para mi gusto, al texto le faltó más elaboración sobre la capitana, sobre sus orígenes, sus sentires y sus quehaceres. El relato termina con una escueta descripción del asesinato del que fue víctima en México, hecho que nunca se esclareció. Lo más significativo son las palabras que dedicó a su hija: “Búscame en los lugares donde he estado, si me encuentras allí, sabrás que hice lo correcto.”
Las mujeres que se alzaron, incorporándose a las organizaciones políticas y militares que lucharon contra los regímenes impuestos después de 1954 son muchas, aunque no todas conocidas. Existen libros autobiográficos, testimonios, interpretaciones de las vidas de las mujeres insurgentes. Chiqui Ramírez, Yolanda Colom, Mirna Paiz, Aura Marina Arriola son unas de las muchas que estuvieron dispuestas a dar su vida por transformar las injusticias y conseguir vida digna para toda la población. La capitana Ana, es integrante de ese panteón de mujeres luchadoras, cuyas herederas siguen levantando la bandera de la dignidad y luchan hoy por lo que fueron sueños de sus ancestras.
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