Los tiempos confusos que actualmente se viven escriben un signo de interrogación sobre el mismo futuro de la humanidad. Tal hecho no debe ocultar, empero, que un tiempo de crisis es algo más que una época de naufragio: una crisis también implica identificar nuevos caminos porque conlleva la decisión de no retornar a prácticas e ideas que no contribuyen a nuestra sobrevivencia justa. Se trata de cuestionarnos para liberarnos de ideas que se han establecido en nuestro para justificar la injusticia.
Por esta razón, en los momentos de crisis suelen replantearse las preguntas fundamentales acerca de nuestra existencia. La exploración de estas preguntas suele evidenciar los pre-juicios que atan a la humanidad a creencias que, como la idea de que la Naturaleza es un simple stock infinito de recursos, ahora constituyen el nudo de nuestras incertidumbres. La reflexión más profunda surge en momentos de crisis, en tiempos que requieren nuevas coordenadas para orientar la vida en común.
Este esfuerzo puede llevar al ser humano a auto comprenderse de una manera más plena. En este proceso, es necesario cuestionar la creencia de que el ser humano es una entidad informacional y computable —¿no se habla que seremos sustituidos por la inteligencia artificial? Frente a este violento reduccionismo se debe recordar que somos también seres capaces de esperanza y futuro. Por eso no se trata tan solo de pensar “racionalmente” sino también de sentir. El sentipensar, siempre imaginación vinculada a lo que somos, constituye una manera de reinterpretar creativamente nuestras raíces. Las visiones indígenas del Universo constituyen un camino abierto para tal misión porque señalan un sentido renovado de nuestro estar-en-el-mundo, un sentido relacional que toma en cuenta el tejido de la vida.
Pero más allá, debe cuestionarse la forma en que se ha concebido al ser humano, el cual ya no puede ser visto como una entidad que se enfoca tan solo en los derechos individuales. Pensarnos como individuos abstractos —como lo suele hacer el liberalismo tradicional– lleva a un distanciamiento progresivo del mundo, de nuestros congéneres y de la naturaleza. Esta visión desvincula al ser humano del entorno en que se consolida su existencia.
Durante varios siglos la cultura occidental ha visto al mundo como recurso a ser explotado, olvidando que formamos parte de la naturaleza. Sin embargo, no podemos distanciarnos del todo del que formamos parte. Y aquí entra el hecho de que en la búsqueda del mundo no debemos olvidar la trama de relaciones que constituye la realidad. Reconocernos en nuestro ser más básico es un paso requerido para abordar las crisis. El teólogo brasileño Leonardo Boff cita a Karl Gustav Jung quien decía que cuanto “más inseguro me siento acerca de mí mismo, más crece en mí el sentimiento del parentesco que me une con todas las cosas”.
Se debe evitar el error de creer, sin embargo, que la cultura occidental es un todo que se puede arrojar sin mayores miramientos. Lo que ahora se llama de manera poco riguroso “Occidente” constituye una matriz civilizacional en que desembocan las contribuciones de muchas culturas. Siempre existirá “otro” occidente que recoge el sentir crítico de siglos de reflexión y experiencias históricas.
Desde esta perspectiva de recuperación creativa de lo que ha sido desplazado por el poder, se hace necesario recuperar las dimensiones de sentido del pensamiento indígena. La idea de la Madre Tierra, por ejemplo, ofrece un referente de sentido que no puede desdeñarse. Solo imaginemos cómo este referente de sentido plantea un acceso de la naturaleza que se aleja de las prácticas depredadoras de la naturaleza, la cual constituye la matriz de vida en la que se constituye nuestra existencia.
No podemos destruir el mundo vivo sin condenarnos a la extinción. En los últimos años han aparecido contribuciones científicas que cuestionan nuestra idea de un Universo inerte. El científico italiano Stefano Mancuso ha desarrollado la noción de inteligencia vegetal, llegando a deducir consecuencias políticas de este hecho. Pero el sentido se hace más claro con las preguntas elementales. ¿No es más reconfortante pensar que a la hora de la muerte regresamos al seno de la Madre Tierra en vez de decir simplemente que nos disolvemos en la nada? Ser ciudadanos del mundo implica una intimidad emancipadora con la realidad de la que formamos parte y no una sujeción del todo a los caprichos infinitos del dominio y el poder que articulamos en nuestras relaciones con el prójimo. La llave del futuro consiste en reconocernos como seres que habitamos una Naturaleza que se convierte en nuestro horizonte político de vida.
Etiquetas:Karl Gustav Jung Leonardo Boff Madre Tierra Mancuso tiempos confusos