Ese día no cayó en domingo

Marcos Melchor Palencia

abril 5, 2025 - Actualizado abril 4, 2025
Marcos Melchor Palencia

Querido lector, sé perfectamente que hoy no es domingo, mañana en cambio, sí será un día violento y aparatoso. La intención es que usted lea este texto mañana, no hoy, y si «hoy» es domingo, léalo hoy, ¿Me explico?, es todo un trabalenguas.

Hay una violencia que no aparece en los noticieros ni en las estadísticas gubernamentales. El Ministro de Gobernación no sabe ni siquiera de ella. Es la de los domingos a la tarde. Por eso dicen, yo no quiero domingos por la tarde, y tampoco quiero un amor civilizado. Esa hora en que la luz se vuelve densa, y el cielo, incluso si está limpio, parece tener algo de amenaza.

No es un golpe de Estado, no es una guerra, no es una dictadura. ¡Todo menos eso!

Es algo más íntimo. Una nostalgia que se transforma en filo. Los domingos a las seis hay un silencio espeso. No es el silencio apacible del descanso, sino el que llega después de una pelea, cuando nadie se atreve a hablar. Un silencio vergonzoso. Es el silencio de lo que se termina antes de empezar. De las promesas incumplidas del fin de semana, de las listas de pendientes que se miran con desprecio. Y la televisión ayuda poco: repeticiones de noticias, películas de hace 15 años, reportajes innecesarios.

De niños, los domingos eran de helado y paseo por el parque. Luego vinieron los deberes escolares, las mochilas listas, los zapatos recién lustrados, la ropa planchada para el lunes. El ritual de la preparación para el tedio. Y después, de adultos, se volvió peor: ya no hay nadie que planche por uno. La vida misma se transforma en ese domingo constante, donde uno está siempre por empezar algo que no quiere del todo.

Alguna vez leí en internet que la melancolía de los domingos es producto de una niñez sin domingos llenos de alegría. No estoy seguro.  Podría ser.  Es posible que esa hora agrupe todas las horas grises de la semana, reunidas en un único momento. O que simplemente nos recuerde que el tiempo transcurre sin cuestionarnos nada.

Que comienza la semana y no nos ha consultado.

¡Lo está haciendo sin mi consentimiento!

Existen personas que lo llenan con música a todo volumen, con paseos matutinos, con vino, tratando de negarlo. Sin embargo, él regresa. ¡Siempre está ahí! Cada semana, en el momento adecuado, como una sanción. Y entonces se comprende que existen tristezas que no requieren de razón. Es suficiente con existir, con permanecer ahí, callados, escuchando cómo la tarde se desvanece como si cayera un telón.

¿No cree repetido mucho la palabra «domingo»? Espero que no le traiga mala suerte.

Feliz domingo, querido lector. Y no olvide el rehilete.

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