El anuncio de la implementación del seguro obligatorio para todos los vehículos se convirtió en un factor de crisis para el Ejecutivo. Lo que debió ser una decisión acertada, porque responde (parcialmente) a un problema público, se convirtió, rápidamente, es la espada de Damocles. El peso de lo sucedido es tal, que probablemente, de no plantearse una estrategia rápida, de recuperación y manejo rápido, podría parquear al gobierno central de manera temprana (recién se cumplieron 14 meses de la administración).
¿Qué no vieron los implementadores de la medida? ¿Qué partes del escenario estaban ocultos, o no se vieron con la magnitud del caso? Dos de las preguntas necesarias. Es importante acercarnos a ellas a partir del análisis de la obviedad.
Una característica de los gobernantes consiste en ensimismarse (concentrarse en los propios pensamientos). Eso se traduce en creer que lo saben todo, que su posición los coloca en un plano superior de conocimientos y soluciones. Por ello, tienden a rodearse de quienes solo están cerca para incrementar ese rasgo. En tal escenario, las decisiones corren el riesgo de asumirse sin medir la temperatura, sin precisar a los actores que están directa o indirectamente relacionados, y lo que es peor: cómo pueden actuar a partir de la decisión a tomar (análisis de reacciones).
¿Todas las decisiones se deben analizar previamente a ser implementadas? Lo ideal es que sí, más cuando son abarcadoras (seguro obligatorio para todos), en un contexto de escasa educación financiera, donde la mayoría de los ciudadanos sabe poco o nada de seguros, y donde en especial, están los buitres a la casa interesados en torpedear todo lo que esté al alcance para fines de destruir, más si se trata de un gobierno cuyas condiciones de llegada han sido complicadas, pero que les ganó la contienda final en 2023.
No considerar este último factor, su incidencia y su capacidad de movilizar rápidamente a operadores de terreno, se convirtió en el error táctico. Si bien ese actor (UNE) no reviste de legitimidad y sus acciones son producto de manipulación y clientelismo, omitirlos de la ecuación no es una opción, más si sus acciones podían amplificar las corrientes de opinión pública adversas a la medida.
A la lista de errores se debe sumar la pobre presencia mediática de los operadores del gobierno. Dos conferencias de prensa manejadas de manera precaria. Sin estrategia de comunicación previa (para crear expectativas), sin la presencia de los actores que respaldaban la medida y que previamente sabían de la decisión en curso, la decisión fue tomada por sorpresa. Además, la medida implicaba erosionar los magros ingresos de muchas familias. Sabemos que toda decisión que pasa por el factor económico es adversada con facilidad, más si no se presentan opciones, facilidades, mecanismos para disminuir el peso que implica el gasto adicional. Esa es otra parte de la obviedad.
Al no tomar en cuenta o subestimar las reacciones, la medida anunciada se constituyó en la única alternativa. No se contaba con planes b, c u otras. El ensimismamiento nubló la vista, y convirtió una positiva intención en un pasadizo angosto y oscuro, del cual queda por verse si podrán reponerse o no.
Para complicar la ecuación, la decisión fue de carácter general. Una medida así se toma cuando de tiene un margen de autoridad alta, cuando el escenario es estable, cuando los actores de respaldo son varios, cuando previamente se ha medido las profundidades (reacciones). Pero al obviar esos pasos o restarle importancia, la totalidad implica inviabilizar la decisión. Todo o nada, representa suma 0. Da por sentado, erróneamente, a considerar que la audiencia es una y que estará a favor solo porque sí. Frecuentemente se asume que los demás comprenden nuestras expectativas sin necesidad de explicarlas, pero la realidad es distinta. Ese golpe al esternón fue dado y aprovechado por los detractores o saboteadores, pero estos siempre estarán dando vuelta, esperando la oportunidad. Obviarlos de la lectura ha pasado una importante factura.
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