Hoy en la maƱana murió mi abuelo William Aiza Trabulci, el Ćŗltimo de mis abuelos. Dentro de un mes iba a cumplir 94 aƱos. Hoy quedĆ© huĆ©rfano de abuelos, y me cuesta creerlo. Lo veo acostadito, parece que estĆ” dormido y que en cualquier momento abrirĆ” los ojos para decirme con su voz cansada: āĀæCómo estĆ”s, AndrĆ©s? ĀæYa terminaste tu segundo libro, donde cuentas nuestras anĆ©cdotas?ā
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HuĆ©rfana solitaria desde los quince aƱos, a mi bisabuela MarĆa la sedujo la estampa barbada del gigante descalzo que de tiempo en tiempo cruzaba el pueblo en las maƱanas de neblina arreando su recua.
El tiempo ha pasado y ella ya casi no va al mercado conmigo. Sin embargo, en ocasiones, todavĆa me acompaƱa y observo con asombro que los papeles se han cambiado. Yo llevo las canastas mĆ”s pesadas y el monedero, leo la lista de la compra y guĆo nuestros pasos. Ella me sigue de cerca, tomada de mi mano, juega con el maĆz salpor, los frijoles, los piloyes o el arroz, como yo solĆa hacerlo.
Las antiguas planchadoras de casa trabajaban durĆsimo y, al finalizar el dĆa, debĆan dejar sacada la tarea: canastos repletos de ropa nĆtidamente lavada, blanqueada, enyuquillada y planchada.
Caminaba a tientas, guiada por el misterio de las llamitas azules de los cuatro quemadores de la estufa de gas y la luz chispeante e indecisa de la veladora del altarcito del SeƱor de Esquipulas. Era el mundo del reuma, las articulaciones crujientes y los paƱuelos amarrados en la cabeza para mitigar el dolor.
No sĆ© si estaba demasiado consciente de ello, pero aquella maestra de literatura nos enseƱaba sobre la vida, y sus ejemplos venĆan del arte. Por esa razón fue mĆ”s fĆ”cil que se fijaran en nuestra conciencia.






