Cualquier rumbo sonaba bien, nos alentaba a dejar la rutina de los volcanes, alejarnos de las copas cenizas de las gravileas que dan sombra a los cafetales y de las ruinas. Era tiempo de partir o perecer soterrados debajo de un muro de adobe. La Tierra acababa de abrir sus fauces, y nos había perdonado la vida.
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