Para nadie fue sorpresa que las primeras semanas del segundo mandato del presidente Trump fueran vertiginosas. Por el contrario, se sabía que la personalidad del nuevo inquilino de la Casa Blanca se vería reflejada en sus primeras acciones. La dinámica que le ha impuesto a la política norteamericana demuestra que busca ser un reformador, que lucha contra el tiempo y el sistema. La velocidad de sus decisiones se debe a que cada día que pasa es uno menos en su carrera presidencial.
Desde la campaña de 2016 impulsó el mensaje de MAGA. Que se fundamentaba en volver a la nostálgica “grandeza americana”. Es por ello que no ha tenido empacho en tomar como ejemplo la presidencia de Mckingley, que sentó las bases de la hegemonía norteamericana. Que según él y sus partidarios ha perdido su país en los últimos años por la debilidad mostrada por el gobierno de Biden y el por el “estado profundo”.
Retomar el control del Canal de Panamá, la anexión de Groenlandia e incluso de Canadá ha dado mucho qué hablar, especialmente entre sus detractores. De igual forma, la amenaza e imposición de barreras arancelarias también le han granjeado animosidad en el plano internacional. Estos son paralelismos con el gobierno de su antecesor de principios del siglo XX. Sin embargo, es aún muy pronto para poder determinar las consecuencias en la actual economía de su país.
La negociación de un alto al fuego en la guerra de Ucrania es aún más polémica. Luego de decir durante meses que le bastaba con una llamada de teléfono al Presidente ruso y veinticuatro horas para poner fin a la masacre ucraniana. Estas semanas han demostrado que no era tan fácil como él lo vaticinaba.
Luego de tres años la guerra continúa con su cauda de cientos de miles de muertos y heridos. Así como, millones de desplazados y refugiados. En estas semanas ha sido evidente su esfuerzo por solucionar este conflicto que tanto le incomoda. Sin embargo, las formas empleadas por Washington han sido, no en pocos casos, ofensivas. El trato que le ha dado al presidente Zelenski ha sido, cuando menos, hostil. Mientras, para Putin siempre usa los mejores adjetivos.
Para Trump es evidente que el mundo ha cambiado, mejor dicho que él lo está cambiando. En ese sentido Rusia ya no representa, a su criterio, una amenaza para su país. Considera que debe ser Europa quien se ocupe de ese tema. Esperando que el otrora enemigo de la “Guerra Fría” se convierta en un aliado en el futuro. Es por eso, que desea finiquitar el conflicto ucraniano cuanto antes. No importándole el precio que se deba pagar por ello. Para el, en esas latitudes, una mala paz será siempre mejor que una buena guerra.
Europa ha recibido a regañadientes el mensaje y comprende que hay nueva dinámica en la política internacional. Sus principales líderes saben que inevitablemente deberán conformar una fuerza de defensa. Esto no significa necesariamente que la OTAN desaparezca. Por el momento la integridad del pacto atlántico no está en discusión. Solamente que en materia de defensa del viejo continente serán ellos mismos quienes tendrán la mayor carga.
Francia, Alemania, Polonia, España, Gran Bretaña e Italia son los llamados a comandar esta nueva alianza. Marcaran sin duda las directrices que deberán seguir el resto de países de esa región. La gran pregunta es si seguirán comprando material bélico a los EE.UU. o si por el contrario esta será la oportunidad de, seguir el ejemplo que De Gaulle dio en Francia, y desarrollar una industria militar propia capaz de auto proveerse. Este último escenario, si bien es cierto, es mucho más complejo de materializar, les otorgaría una autonomía de intervención mucho mayor. Ya que no requerirían de la autorización americana para usar el material bélico.
Donald Trump ha manifestado en múltiples ocasiones que busca devolverle la grandeza a su país. Esto significa que, genuinamente considera que su nación, dejó de serlo en los últimos años. Culpa de ello a una burocracia que se ha dedicado a gestionar el “softpower” y que descuidó sus fronteras. En su forma de ver los hechos devela un divorcio entre la “mayoría silenciosa” fiel a unos valores tradicionales y las elites norteamericanas impulsoras de nuevas costumbres y agendas que le son extrañas, que debilitan el tejido social de su nación. Tomando como “cabeza de turco” la malograda agencia de cooperación internacional USAID.
En repetidas ocasiones ha manifestado que una nueva “edad de oro” se avecina para los EE.UU. Sin definir exactamente a que se refiere con esto. Se ancla en las antiguas lógicas de las doctrinas “Monroe”, y del “Gran Garrote”. En las que el gobierno norteamericano se imponía a las demás naciones del continente por la razón o la fuerza. Garantizándose así, el acceso a las materias primas que le servirían para que sus empresas florecieran. Todo esto, claro, en detrimento principalmente de las naciones hispanoamericanas quienes pagaron con la sangre de sus patriotas esa “grandeza”.
Él sabe bien que tarde o temprano su nación tendrá que enfrentarse con China. Espera dejar a su país en la mejor posición para hacerlo. Es por ello, que tiende puentes de plata a Moscú con la esperanza de alejarlos de Pekín. A cambio de poder disfrutar las tierras raras ucranianas. Fiel a su personalidad apuesta, al todo o nada, a que en caso de esta hipotética conflagración, sus movimientos le garanticen acceso seguro a los recursos naturales de los países vecinos; y disponer de una industria relocalizada en este hemisferio y principalmente adentro de sus fronteras. Para ello no está dudando en imponerle sus condiciones a quien se cruce en su camino. El tiempo dirá si logra tener éxito en sus objetivos. Lo que es seguro, es que para bien o para mal, se vive el inicio de una nueva era en la geopolítica.
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