Encuentro entre Pétain y Adolfo Hitler en octubre de 1940. Foto: Wikipedia
En la privilegiada tumba anónima de la cobardía se erigen las memorias de los crímenes más obscenos e inexpiables. ¿No les parece injusto que hoy Pétain goce de la infamia absoluta de una entrega cómplice y rastrera mientras que los nombres de sus habilitadores –eternos buscadores de consenso y de célebre vocación democrática– permanezcan enterrados en libros empolvados de autores crípticos?
Resulta difícil en la contemporaneidad de tragedias en ciernes la crítica de mediocridades evidentes cuando estas se fundamentan en sordas y arrogantes convicciones de superioridad moral. Tales eran los fundamentos ideológicos que aceleraron la esclerotización y obsolescencia del ejército francés posterior a la victoria de 1918, que les imposibilitaron ver, por ejemplo, que desde 1933 los nazis reinventaban la ofensiva militar basada en divisiones de tanques con apoyo aéreo. “Ni siquiera los tanques más modernos,” se escribía en Francia en 1938, “pueden liderar la batalla por ellos y para ellos. Siempre necesitarán de infantería armada y a lo sumo, su uso es para fines auxiliares.” La supuesta alteza moral en la línea Maginot era aquella que les permitiría disuadir guerras sin necesidad de desplegar soldados en el campo de batalla. El pacifismo y el diálogo.
Sería una injusticia también sobrestimar la audacia de los nazis en evadir la línea Maginot. Con mucha facilidad uno podría responsabilizar la extrema fragmentación del sistema político francés bajo la Tercera República, que debilitaba los mandatos del poder ejecutivo y dificultaba el proceso de toma de decisión, especialmente sensible de cara a coyunturas críticas como la guerra o las impostergables transformaciones políticas. Fueron estas las condiciones bajo las que asumió el mando del poder ejecutivo Paul Reynaud, una trágica figura tecnocrática, ajedrecista podríamos decir, que antes había fungido como ministro de finanzas.
Sin embargo, a Reynaud le tomó meses destituir al visiblemente incompetente general Maurice Gamelin, el ideólogo de la fracasada estrategia defensiva de Francia. Fue hasta que los alemanes cruzaron el Sedán cuando el cargo de Maurice Gamelin era insostenible. Reynaud no tuvo la audacia política de saber cuándo tomar decisiones ejecutivas, incluso a la luz de que estas indecisiones minaran su credibilidad para la toma de decisiones futuras más radicales.
Pero siempre queda registro en la historia de estadistas que tenían claridad contemporánea. Charles de Gaulle, siendo coronel, fue uno de los pocos que señaló la estupidez y la incoherencia de los fundamentos ideológicos de la armada francesa. Solicitó a Reynaud, cuando aún era ministro de finanzas, acelerar la construcción de tanques a la luz de informes de inteligencia militar sobre las actividades de rearme de los nazis. La ceguera ante la transformación de la guerra no era solo un problema técnico, sino un síntoma del letargo de una dirigencia que, incluso con información clara, prefirió la comodidad de la inacción.
La indecisión de Reynaud no puede justificarse únicamente en la complejidad del sistema político francés. A diferencia de otros líderes atrapados en los mismos obstáculos institucionales, él tenía el conocimiento, las advertencias y la oportunidad para actuar con mayor determinación. Pero su vocación por el consenso y su temor a desafiar frontalmente a los sectores que defendían la inercia lo llevaron a decisiones tardías y a medias tintas. En lugar de forjar su propia coalición de apoyo en la crisis, se dejó arrastrar por las mismas fuerzas que terminarían entregando Francia sin resistencia real. La suya no fue solo una tragedia institucional, sino la de un hombre que, aún viendo el desastre venir, se paralizó cuando su país más necesitaba decisión.
Cuando finalmente se declaró la guerra, la indecisión seguía dominando las cúpulas del poder. La «Drôle de Guerre», aquella extraña guerra de meses sin acción, no fue una casualidad, sino la manifestación de políticos aterrorizados ante la idea de actuar. Cuando llegó el momento decisivo, no hubo unidad, no hubo voluntad, no hubo liderazgo. Lo que hubo fue una rendición disfrazada de fatalismo histórico.
Así, cuando Reynaud cayó y Pétain tomó el control, no lo hizo como un usurpador, sino como el heredero natural de una estructura que se había negado a defenderse a sí misma. La historia suele recordar con horror a quienes sellan los pactos con los verdugos, pero rara vez se detiene en quienes, con su inacción, los hicieron inevitables.
Ya no recuerdo dónde leí esto: la política de paz a todo precio es también una política de guerra.
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